Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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El frío regresa
La noche transcurrió en un silencio glacial y pesado. La mansión, que durante las últimas semanas se había llenado de risas, aromas cálidos y una luz especial, pareció congelarse en cuestión de horas. Las enormes paredes de mármol volvieron a sentirse frías y distantes, como un castillo abandonado en medio de la penumbra.
No pude pegar el ojo en toda la noche. Me la pasé sentada en el borde de mi cama, mirando la puerta comunicante que daba a la recámara del bebé, con las lágrimas secándose sobre mis mejillas y el corazón hecho pedazos.
A las siete de la mañana del sábado, el sonido de unos pasos firmes en el pasillo me avisó que el momento inevitable había llegado.
La puerta de mi suite se abrió. Carlos estaba parado en el umbral. No llevaba el pijama ni la ropa cómoda que solía usar los fines de semana; vestía un traje gris oscuro impecable, con la corbata perfectamente ajustada y el cabello peinado hacia atrás. Había vuelto a ponerse la pesada armadura de CEO implacable, esa coraza de hielo con la que intentaba protegerse del mundo exterior.
En sus manos sostenía mi diario de cuero verde. Sus ojos oscuros estaban rodeados de sombras violetas por la falta de sueño, pero su mirada era fría, distante y completamente inexpresiva.
—Buenos días, Montiel —dijo con una voz helada que me cortó el aire. El uso de mi apellido sonó como un latigazo en el pecho.
—Carlos... por favor, hablemos un minuto —supliqué, poniéndome de pie a toda prisa, con las manos temblorosas—. Por favor, escucha lo que tengo que decirte.
—No hay nada de qué hablar —interrumpió él, colocando la libreta sobre la mesa de entrada con un movimiento seco—. Leí lo suficiente. Me pasé toda la noche pensando en esto y no encuentro ninguna justificación lógica para lo que hiciste.
—¡El bloqueo de mi mente es la prueba, Carlos! —exclamé con voz quebrada, dando un paso hacia él y buscando desesperadamente que me mirara con la ternura de antes—. Cuando entré a esta casa, mi don funcionaba con todo el mundo, incluido tú. Pero el día que nos besamos bajo la lluvia, el canal se cerró. ¡Se apagó por completo! Mi mente se bloqueó para tu cabeza porque te amo de verdad, porque el amor real no necesita trucos ni lecturas de mente. ¡Eso demuestra que mis sentimientos son cien por cien sinceros!
Carlos soltó una risa amarga y corta, negando con la cabeza con una incredulidad terrible.
—¿El amor real? —repitió, mirándome con una frialdad que me congeló las entrañas—. ¿Cómo quieres que crea en tus cuentos de magia y bloqueos mentales, Ariana? Ya me traicionaron una vez en esta vida. Sofía me miraba a los ojos y me decía que me amaba mientras planeaba abandonarme con un recién nacido. Y tú... tú te metiste en mi casa, te ganaste mi confianza, me leíste los pensamientos más oscuros y me manipulaste para que cayera rendido a tus pies.
—¡Yo jamás te manipulé! —lloré, sintiendo que las lágrimas volvían a brotar con fuerza—. Todo lo que hice por ti y por Jonathan fue por cariño puro.
—¡Usaste mis miedos para acercarte a mí! —gritó él con la voz llena de dolor y rabia retenida—. Sabías exactamente qué decirme porque escuchabas lo que yo pensaba en secreto. Me sentí al desnudo frente a ti, Ariana. Violaste mi intimidad de la forma más baja posible. No puedo confiar en alguien que guardó semejante mentira bajo mi propio techo.
Saber que sus heridas del pasado le impedían ver la verdad me producía una desesperación gigante. Sofía lo había dejado ciego de miedo, y mi don —el mismo que había usado para cuidarlo— ahora parecía la confirmación de sus peores pesadillas.
—Te doy una hora para que me entregues las llaves, me firmes el documento de renuncia y abandones la propiedad —sentenció Carlos, dando media vuelta para salir al pasillo—. Ernesto te entregará el cheque con el finiquito de tus días trabajados.
—No quiero tu dinero, Carlos —murmuré con la voz rota.
—Es lo que corresponde por contrato —respondió él sin volverse a mirarme—. Haz tus maletas, Montiel.
Se fue caminando con pasos pesados, dejando la puerta abierta detrás de él.
Me quedé sola en la habitación. El dolor en mi pecho era insoportable, pero no tenía tiempo para lamentarme. Tenía sesenta minutos para empaquetar mi vida en dos maletas y despedirme del ser que más me dolía dejar en ese lugar.
Empaqué mi ropa con torpeza, guardé mis libros y tomé mis inseparables auriculares del escritorio. Cuando terminé de cerrar las maletas, me dirigí con pasos lentos hacia la habitación contigua.
Jonathan estaba despierto en su cuna. Al escucharme entrar, el bebé se giró de inmediato, pataleando con alegría y estirando sus pequeños brazitos hacia mí con un alegre *"¡Baa-baa!"*.
Me acerqué a la cuna, me incliné sobre los barrotes y lo cargué en mis brazos, pegándolo fuertemente a mi pecho. El olor dulce a talco de bebé y la calidez de su cuerpecito me hicieron soltar un sollozo ahogado.
Como los auriculares estaban colgados en mi cuello, la mente de Jonathan se abrió hacia mí de par en par. Pero esta vez, el canal del niño no transmitía colores brillantes ni música alegre.
Al sentir las lágrimas calientes que caían de mis ojos sobre su mejilla y al ver la maleta grande junto a la puerta, el pequeño Jonathan se llenó de una confusión y una tristeza profundas. En su cabecita, las imágenes de flores y soles comenzaron a desteñirse, siendo reemplazadas por una nube gris y oscura.
*«¿A dónde va la humana mágica?»*, pensaba Jonathan con un llanto chiquito que comenzó a asomar en sus ojos negros. El bebé pegó su cara a mi cuello, apretando mi camiseta con sus pequeños puñitos. *«¡No te vayas! Huele a tristeza. Las flores se están yendo. ¡Papá, haz algo! El cielo se puso gris otra vez. ¡No me dejes solo, humana de flores!»*.
—Tranquilo, mi amor... tranquilo, mi vida —le susurré al oído, intentando que mi voz no temblara tanto enquanto le acariciaba su suave cabellera—. Vas a estar bien. Tu papá te ama con todo su corazón y te va a cuidar como al tesoro más grande del mundo.
Le di un beso largo y lleno de amor en la frente. El bebé comenzó a llorar en serio, soltando un gemido desgarrador que me atravesó el alma. Dejar a Jonathan ahí, sabiendo que su pequeña mente sufría por mi partida, fue la prueba más difícil de toda mi vida.
Acomodé a Jonathan de nuevo en su cuna, dejándole su osito de peluche favorito entre los brazos. El niño me miraba con sus ojitos llenos de lágrimas, estirando la mano como si quisiera detenerme.
Tomé mis dos maletas, salí de la habitación y bajé las majestuosas escaleras de mármol de la mansión.
En el recibidor principal, Ernesto estaba parado junto a la puerta. El anciano mayordomo tenía los ojos cristalinos y una expresión de profunda tristeza en el rostro. Sostenía un sobre blanco en las manos.
—Señorita Ariana... no sabe cuánto lamento esto —dijo Ernesto con la voz entrecortada, entregándome el sobre—. Esta casa vuelve a quedar en tinieblas. El señor Carlos está cometiendo el peor error de su vida por culpa del miedo.
—Cuide mucho a Jonathan, Ernesto... y cuide a Carlos también —respondí, dándole un abrazo apretado al sabio anciano—. Él solo está asustado.
—Usted es lo mejor que les ha pasado en años, mi niña. Sé que el destino no dejará las cosas así —susurró Ernesto, abriéndome la gran puerta de madera de la entrada.
Salí a la calle. Un viento frío de mañana me despeinó el cabello. Volteé a mirar la imponente mansión Monterrey por última vez. En el segundo piso, detrás del gran ventanal del despacho, vi la silueta alta de Carlos de pie, observándome partir en silencio, sumido en esa soledad que él mismo había vuelto a elegir.
Giré sobre mis talones, tomé mis maletas y caminé hacia la parada de autobuses con las lágrimas rodando por mi cara y el corazón completamente roto. La prueba había terminado, la historia de amor se había desmoronado, y el frío absoluto había regresado a la vida de la familia Monterrey.