Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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Vestida para la guerra
El vestido de novia era una obra de arte, pero para Aria se sentía como una armadura pesada.
Frente al espejo del vestidor del hotel más exclusivo de la ciudad, contemplaba el encaje blanco, el corte sirena que ajustaba sus curvas y el velo de tul que caía sobre su espalda. La alta sociedad creía que esta era la boda del año: la unión entre la rancia alcurnia de la familia de Aria y la fortuna emergente e imponente de Dante Volkov.
Para los medios, era un cuento de hadas. Para ella, era el traspaso de un bien inmobiliario.
La puerta de la suite se abrió sin previo aviso. Aria no necesitó girarse para saber quién era; el eco firme de unos zapatos de cuero italiano sobre el mármol y la repentina pesadez en el aire lo delataban.
Dante entró al vestidor. Vestía un esmoquin negro hecho a medida que acentuaba su figura imponente y sus hombros anchos. Se detuvo a dos pasos de ella, observándola a través del espejo. Durante unos segundos, el silencio se apoderó de la habitación. Hubo un destello indescifrable en sus ojos grises —algo parecido a la sorpresa o a una oscura apreciación—, pero desapareció tan rápido como llegó.
—El coche está abajo —dijo él, con su habitual tono frío y distante.
—Aún faltan quince minutos para la hora acordada —respondió Aria, acomodándose un pendiente de diamantes sin mostrar la más mínima alteración.
—Pago por el control del tiempo, no por esperar a nadie —Dante se acercó un paso más. Su reflejo en el espejo ahora quedaba justo detrás de ella, creando un contraste abrumador entre el blanco pulcro de su vestido y la sombra oscura de su presencia—. Última oportunidad para arrepentirte, Aria. Una vez que caminemos hacia esa altar, la prensa, los inversionistas y mis enemigos te tendrán en el radar. Ya no habrá marcha atrás.
Aria se giró despacio para enfrentarlo cara a cara. Tuvo que alzar levemente la barbilla para sostenerle la mirada.
—¿Miedo, Dante? Creí que el gran señor Volkov no le temía a nada.
Una sonrisa amarga y calculadora se dibujó en los labios de Dante.
—No temo por mí. Temo que no tengas el estómago para aguantar la vida a mi lado. Este no es un juego de té de la alta sociedad. Mis enemigos no juegan limpio.
—Y tú tampoco lo haces —replicó ella con suavidad, dando un paso al frente hasta que el borde de su vestido rozó el pantalón de él—. No te preocupes por mi estómago. Preocúpate por mantener tu parte del trato. Mi padre queda libre de sospechas hoy mismo.
Dante la miró fijamente, evaluándola como a un oponente digno en un tablero de ajedrez. Extendió una mano enguantada y, con una lentitud casi provocadora, rozó el velo cerca de la mejilla de Aria. El contacto, aunque indirecto, le provocó a ella una chispa de corriente por todo el cuerpo.
—Tu padre ya tiene los papeles firmados en su mesa. Cumplo mis promesas. Ahora asegúrate de cumplir la tuya: sonríe, sé la esposa perfecta y no hagas preguntas sobre mis negocios.
—Acepto. Pero recuerda nuestra regla privada, Dante —murmuró ella, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del hombre—. Fuera de los flashes, no eres mi dueño.
Dante apretó levemente la mandíbula. En lugar de responder, le ofreció su brazo doblado.
—Las cámaras nos esperan, Sra. Volkov.
La ceremonia fue un despliegue de lujo helado. Luces, fotógrafos, aristócratas con sonrisas falsas y magnates analizando cada movimiento de los novios. Aria interpretó su papel a la perfección: caminó con elegancia, sonrió cuando las cámaras encendieron sus flashes y sostuvo la mano de Dante durante los votos con una soltura que engañó a todos los presentes.
Sin embargo, durante la recepción en el salón principal, el ambiente cambió.
Mientras Dante conversaba a unos metros con un grupo de accionistas, Aria fue abordada por un hombre de mediana edad, de sonrisa socarrona y mirada despectiva: Julián Rossi, uno de los rivales comerciales más agresivos de la familia Volkov.
—Vaya, vaya... la pequeña princesa de la familia en ruinas —dijo Rossi en voz baja, ofreciéndole una copa de champán que ella no aceptó—. Supongo que Dante te compró para limpiar su expediente. ¿O debería decir que te sacrificaron? Es una lástima. Dante destruye todo lo que toca. No le durarás ni seis meses.
Aria no se inmuto. Mantuvo su postura impecable y sostuvo la mirada del hombre.
—Se equivoca de narrativa, Sr. Rossi. A diferencia de sus socios, yo no soy algo que Dante pueda destruir. Y si está buscando utilizarme para encontrar una debilidad en su imperio, le sugiero que se retire antes de que mi esposo note que me está quitando el tiempo.
El hombre borró su sonrisa, sorprendido por la frialdad de la respuesta. Antes de que pudiera contestar, una mano firme y pesada se posó sobre la cintura de Aria.
La presión del brazo de Dante contra la espalda de ella fue posesiva, casi instintiva. El aire a su alrededor pareció congelarse al instante.
—¿Hay algún problema aquí, Rossi? —la voz de Dante descendió a una octava tan peligrosa que dos seguridad cercanos dieron un paso al frente.
—Ninguno, Volkov. Solo felicitaba a la novia —dijo Rossi, dando un paso atrás visiblemente incómodo antes de perderse entre la multitud.
Aria sintió la mano de Dante aún firme en su cintura. Su pulgar rozó imperceptiblemente la tela de su vestido sobre la cadera, enviando una sacudida eléctrica por su piel. Ella se inclinó sutilmente hacia él, manteniendo la fachada ante los invitados.
—Sé cuidarme sola —le murmuró al oído, con voz dulce pero firme.
Dante no soltó su cintura. Su agarre se volvió un poco más firme mientras se inclinaba hacia ella, pegando sus labios a la mejilla de Aria para que pareciera un gesto cariñoso ante la multitud.
—Ese imbécil es un perro rabioso, Aria. Si te acerca de nuevo, no hablas con él. Me lo dices a mí.
—¿Protegiendo a tu inversión? —provocó ella, mirando de reojo sus ojos grises.
—Protegiendo lo que lleva mi apellido —corrigió él con voz rasposa—. A partir de hoy, tocarte a ti es declararme la guerra a mí. Y yo no pierdo guerras.
Sin darle tiempo a responder, Dante la tomó de la mano y la guio fuera del salón de banquetes hacia la limusina privada que los llevaría a su nueva residencia.
Minutos después, la limusina se adentraba en la oscuridad de la noche, alejándose del centro de la ciudad hacia una imponente mansión rodeada de muros altos y portones de hierro fundido.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la entrada principal, Dante bajó primero y le abrió la puerta a Aria. La mansión lucía en penumbras, majestuosa pero solitaria.
—Bienvenida a la Mansión Volkov —dijo él, señalando el interior—. Tu habitación está en el ala oeste. La mía, en el ala este. Justo como querías.
Aria caminó hacia el gran vestíbulo. El eco de sus tacones resonó en las paredes de piedra. Se giró hacia él, quitándose el velo de novia con lentitud.
—Gracias por la hospitalidad, esposo.
Dante la observó detenidamente desde el umbral de la puerta. Una sombra cruzó su rostro.
—No te acomodes demasiado, Aria. Mañana empieza la verdadera prueba. Tu padre creía que estaba a salvo... pero parece que olvidó mencionarte el pequeño detalle de la lista negra en la que dejó metida a tu familia.
Aria se congeló a mitad de paso.
—¿De qué estás hablando?
Dante dio dos pasos lentos hacia ella, sacando un sobre negro de su abrigo y dejándolo caer sobre la mesa del recibidor.
—Alguien pagó para destruirlos a ustedes antes de que yo me cruzara en su camino. Y ahora que eres mi esposa... esa persona vendrá por ti.