Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 22 Sin defenderse
La puerta de la habitación de Marcos se abrió de golpe contra la pared, con un estruendo que hizo temblar hasta el último rincón del salón. Ali apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. El bate de béisbol, grueso y pesado como un tronco viejo, le golpeó de lleno en el costado izquierdo, justo sobre las costillas que aún conservaban las huellas moradas de la paliza que había recibido semanas atrás.
El dolor fue tan agudo, tan blanco y cegador, que por un instante se le nubló la vista. Se le cortó la respiración de golpe, como si le hubieran clavado un hierro candente entre las costillas. Cayó de rodillas al suelo de madera, las manos instintivamente yéndose hacia el costado herido, apretando con fuerza como si eso pudiera detener el daño. La navaja que llevaba en la mano se le escapó de los dedos temblorosos, resbaló por el suelo y desapareció por debajo del sofá, fuera de su alcance.
—Bienvenido a casa, mocoso —dijo la voz de Marcos.
Sonaba satisfecho. Triunfante.
Ali levantó la cabeza, con dificultad. Desde la oscuridad del pasillo su tío salió caminando despacio. Llevaba la camisa desabotonada, manchas oscuras de vino en la tela, el pantalón arrugado y sucio. En las manos agarraba el bate con ambas manos, como un hacha lista para descargar. Su cara estaba hinchada por el alcohol y la ira, las venas del cuello sobresalían, y en sus ojos pequeños brillaba una alegría cruel y salvaje al ver a su sobrino arrodillado en el suelo, sangrando y sin poder respirar bien.
Detrás de Marcos, en la sombra del marco de la puerta, aparecieron dos hombres. Iban vestidos completamente de negro, trajes ajustados, sin ninguna marca ni distintivo. Llevaban las manos cruzadas delante del cuerpo y observaban todo en silencio, sin moverse, sin intervenir. Eran los de Némesis. Ali lo supo en cuanto sus miradas se cruzaron. Habían venido por él. Habían pagado por él. Y ahora estaban allí, dejando que Marcos hiciera el trabajo sucio, asegurándose de que cuando se lo llevaran, estuviera dócil, sin fuerzas, sin capacidad de luchar.
—Sabía que vendrías —continuó Marcos, dando un paso hacia adelante. La punta del bate raspó la madera del suelo, produciendo un sonido seco que heló la sangre de Ali—. Sabía que eras igual de estúpido que tu madre. Que caerías corriendo solo por verla. Que no tenías cerebro para darte cuenta de que te estaba tendiendo una trampa.
Ali apretó los dientes y apoyó una mano en el suelo para intentar levantarse. Sentía el calor subirle por el pecho, familiar y urgente. La Esencia Carmesí. Quería salir. Quía envolverle las manos en luz roja ardiente, crear un escudo, quemar aquel bate, quemar a Marcos, quemarlo todo. Y junto al calor, la Sombra Violeta empezaba a expandirse en su interior, fría y hambrienta, susurrándole que tomara fuerza, que arrancara la vida de aquel hombre que le había hecho tanto daño.
Sus dedos empezaron a brillar. Un resplandor tenue, rojo y violáceo, empezó a filtrarse entre sus nudillos.
Marcos se detuvo. Levantó la cabeza y sonrió más ampliamente. Luego señaló con la punta del bate hacia la puerta cerrada de la habitación de Lena, al fondo del pasillo.
—Ni se te ocurra —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un siseo venenoso—. Antes de que sueltes uno de tus fuegos o lo que sea que haces… te voy a decir una sola cosa. Hay uno de mis hombres dentro de esa habitación, apuntando a la cabeza de tu madre con una pistola. Tiene el dedo en el gatillo. Si ven que brillas, si ven que mueves las manos, si intentas cualquier cosa… le meten una bala entre las cejas antes de que puedas decir ni una palabra. ¿Me he explicado bien?
El brillo se apagó de golpe en las manos de Ali.
Se quedó helado.
Miró la puerta cerrada. Detrás de ella estaba su madre. Atada. Asustada. Sola con un hombre armado que esperaba la orden para disparar.
Si usaba su poder… si perdía el control aunque fuera un segundo… si la energía se desbordaba y los agentes pensaban que iba a atacar… la matarían. La matarían delante de él, y él no podría hacer nada para evitarlo.
—Ahora entiendes la situación, ¿verdad? —continuó Marcos, disfrutando de cada segundo de silencio, de cada sombra de desesperación que cruzaba la cara de su sobrino—. Tú no eres el que manda aquí hoy. Tú haces exactamente lo que yo digo. Te quedas quieto. No usas tus trucos. No te defiendes. Y si lo haces bien… tal vez no le hagan nada. Pero si te portas mal… ella muere. Y será culpa tuya. Solo tuya.
Ali sintió que se le rompía algo por dentro.
Quería gritar. Quería lanzarse sobre Marcos y partirle la cara. Quería romper todas las reglas, destruir todo lo que tenía delante. Pero cada vez que respiraba, cada vez que movía la cabeza, solo podía pensar en una cosa: si se defendía, ella moría. Si usaba su poder, ella moría. Si hacía daño a alguien de los que estaban allí… ella moría.
No tenía elección.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la carne de las palmas hasta hacerle sangrar. Empujó hacia abajo, hacia lo más profundo de sus huesos, todo aquel calor y aquella oscuridad que rugían por salir. Los reprimió con toda la fuerza de voluntad que tenía, luchando contra su propia sangre, contra su propia naturaleza, sintiendo cómo le dolía el cuerpo entero por contener algo que estaba destinado a fluir. Dolía más que cualquier golpe. Dolía como si se estuviera partiendo por dentro.
Bajó la mirada.
Abrió las manos y las dejó caer a los costados.
—Bien —dijo Marcos, satisfecho al ver que el chico no se atrevía a hacer nada—. Así me gusta. Un buen sobrino. Obediente. Ahora quédate quieto. Y no te muevas.
Levantó el bate.
Ali cerró los ojos.
El primer golpe cayó sobre su espalda. Fue tan fuerte que el sonido de la madera contra la carne y el hueso retumbó en todo el salón. Ali cayó boca abajo contra el suelo, el aire escapándosele de los pulmones en un gemido ahogado. Mordió la madera del suelo para no gritar. No le daría el placer de oírle llorar. No le daría la satisfacción de saber que le estaba rompiendo.
—¡Eso es! —gritó Marcos, levantando el bate de nuevo—. ¡Así se queda quieto el monstruo! ¡Sin poderes! ¡Sin fuego! ¡Como lo que eres! ¡Un perro al que hay que enseñar respeto!
El segundo golpe cayó sobre su pierna derecha. Ali sintió algo crujir. Un dolor agudo y desgarrador subió desde la tibia hasta la cadera, haciéndole arquear la espalda y morderse el labio hasta saborear la sangre. Las lágrimas le brotaron a los ojos sin que pudiera evitarlo, pero no soltó ni un grito. Apretó los puños y siguió mordiendo la madera, conteniendo cada quejido, cada respiración entrecortada.
Piensa en ella, se dijo a sí mismo. Piensa en ella. Aguanta. Solo un poco más.
Marcos no paraba.
Golpeaba una y otra vez, con furia acumulada durante años, con el miedo que le había tenido desde la primera vez que vio a Ali brillar con dos colores, con la codicia del dinero que ya imaginaba en su bolsillo. Le golpeó en las costillas, una, dos veces, hasta que Ali perdió la cuenta. Le golpeó en los brazos, en los costados, en la espalda, evitando deliberadamente la cabeza porque los hombres de negro le habían ordenado que el cerebro y el poder debían llegar intactos. Le rompía hueso tras hueso, le destrozaba músculo tras músculo, y Ali no se movía. No se defendía. No levantaba las manos. Solo recibía. Todo por ella.
En una ocasión, el dolor fue tan grande que perdió el control por un instante. Una onda de energía violeta se le escapó del pecho y golpeó la pata de la mesa de centro, que se partió en dos con un estallido seco. Marcos dio un salto hacia atrás, asustado, y levantó el bate señalando la habitación de Lena.
—¡Te dije que quieto! —bramó, furioso—. ¡Una vez más y le disparo! ¡Te lo juro por Dios que le disparo ahora mismo!
Ali se obligó a tragarse las lágrimas. Respiró hondo, aunque cada inhalación era como respirar cristales rotos. Empujó aquella energía rebelde de vuelta al fondo de su ser, encerrándola bajo llave, ignorando el ardor que le quemaba por dentro.
—Lo siento —susurró, con la voz hecha jirones—. No volverá a pasar. Seguiré quieto.
Marcos lo miró unos segundos, jadeando, el pecho subiendo y bajando. Luego asintió con una sonrisa torcida.
—Eso espero. Porque ellos no dudarán. Y tú lo sabes.
Y siguió golpeando.
Ali dejó de sentir los golpes como algo externo. Se convirtieron en una masa continua de dolor que lo envolvía todo, que latía al mismo ritmo que su corazón. Escuchaba los crujidos de su propio cuerpo. Sentía la sangre empapar su camisa y manchar la madera del suelo. Escuchaba los jadeos pesados de su tío y el silencio impasible de los dos hombres de pie en la puerta. Y de vez en cuando, muy bajito, desde la habitación cerrada al fondo… escuchaba los sollozos de su madre.
Ella estaba escuchando todo.
Ella sabía lo que le estaban haciendo.
Y no podía hacer nada para detenerlo.
Ese pensamiento dolía más que todos los golpes juntos. Dolía en un lugar que el bate no podía alcanzar. Le partía el alma en pedazos más pequeños que su cuerpo.
Cuando Marcos finalmente se detuvo, estaba empapado en sudor, respirando con dificultad. Bajó el bate, que ahora tenía manchas oscuras y rojas adheridas a la madera. Miró hacia abajo. Ali yacía de medio lado sobre el suelo, sin moverse, cubierto de moretones que ya se oscurecían, con la cara hinchada y ensangrentada, los ojos entrecerrados y sin fuerzas ni para levantar la cabeza. Seguía consciente, apenas, aferrándose a la vida por los dientes, pero no se movía. No se defendía. No tenía nada con qué hacerlo.
—Bien —dijo Marcos, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Creo que ya está listo.
Se giró hacia los dos hombres de Némesis y asintió. Uno de ellos dio un paso adelante. Sacó de su bolsillo una jeringa con un líquido transparente y se acercó a Ali.
Ali sintió que le tomaban el brazo. No tuvo fuerzas para apartarse. Ni siquiera lo intentó. Sabía que si luchaba, si hacía cualquier movimiento brusco, la matarían. Así que dejó que le inyectaran aquello. Sintió el pinchazo frío y luego una pesadez inmensa empezó a bajarle desde el hombro al resto del cuerpo. El dolor se fue alejando, volviéndose borroso, lejano. Sus párpados pesaban toneladas.
Lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue la voz de Marcos diciendo:
—Lleváoslo. Y dejad a la mujer. El trato era por el chico.
Y luego, nada.
Solo oscuridad.
Un abismo profundo y silencioso donde no dolía nada. Donde no había bates, ni traiciones, ni hombres de negro. Donde no tenía que elegir entre su vida y la de ella.
Pero en el último instante, antes de caer por completo en la nada, una sola idea cruzó su mente, clara y desgarradora:
Lo había hecho por ella.
Había permitido que le rompieran el cuerpo entero por ella.
Había renunciado a defenderse por ella.
Y aun así… mientras estuviera en manos de Némesis… no sabía si volvería a verla jamás.