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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La cafetería

El café estaba en una esquina tranquila, lejos del conservatorio y lejos del estadio. Un sitio neutral donde nadie conocía a Mozart y nadie reconocía a Diño. Pidieron dos chocolates calientes con crema y se sentaron en la mesa del fondo, junto a la ventana.

Llevaban dos semanas sin verse. Dos semanas viviendo vidas ajenas. Y ahora, frente a frente, con las manos alrededor de las tazas, se miraron como dos soldados que regresan del frente.

—Cuéntame —dijo Diño—. ¿Qué pasó con la abuela?

Mozart removió el chocolate con la cuchara. Y le contó todo. La cena. Los insultos. El tenedor volando por el aire. La forma en que Emmet se había levantado, frío como una sentencia, y había cortado los lazos con su propia madre. La mudanza a la casa nueva. El panel biométrico. La amenaza de la tía con el detective privado.

Diño escuchó en silencio. Cuando Mozart terminó, asintió lentamente.

—Bien. Papá por fin se puso los pantalones y dejó de ser el juguete de la abuela. —Hizo una pausa—. Bueno, la tía sí es lastimosa.

—¿Lastimosa?

Diño sopló el chocolate antes de responder.

—¿Sabías que ella era la que salía a trabajar y a buscar la comida que papá comía?

Mozart parpadeó.

—No lo sabía. ¿En serio?

—Sí. Y solo le lleva dos años a papá. ¿Te imaginas una niña pequeña caminando por las calles sola por la noche? Buscando pan, buscando monedas, buscando cualquier cosa. Fue un milagro que no le pasara nada.

Mozart dejó la cuchara sobre la mesa.

—No tenía idea.

—La tía tuvo mala suerte —continuó Diño—. Se fijó en un hombre adicto. Pero al menos tuvo la conciencia de separarse de él para que no torturara a sus hijos. Por eso papá la ayuda. Por eso papá es sensible con ella. La tía fue la única madre que conoció hasta que fue adolescente.

Mozart se quedó mirando su taza. La imagen de una niña de diez años caminando sola por calles oscuras, cargando una bolsa de pan para un hermano de ocho, le apretó el pecho.

—Vaya. Voy a ser más respetuoso con ella.

—Deberías. La tía ha sufrido mucho. No es así porque se le antoja. Su vida sí fue muy difícil. Ni siquiera terminó la secundaria por trabajar y darle a papá lo mejor. Para que pudiera presentarse a los entrenamientos con botines y con todo el equipo reglamentario. Porque ya sabes, la abuela estaba por ahí drogándose.

—Cierto.

Mozart sacó el teléfono.

—Voy a llamar a la tía. Le voy a recordar a papá que le mande la manutención.

Diño negó con la cabeza.

—Papá ya lo hizo. Él puede decir que está enojado, pero realmente quiere a la tía. Es una buena persona. Fuera de su sarcasmo, es muy buena gente.

Mozart guardó el teléfono. Asintió. Y después levantó la mirada con una sonrisa.

—¿Y tú? ¿Cómo te fue con el abuelo?

Diño se llevó las manos a la cabeza.

—Ay, el abuelo. Mira.

Se quitó la gorra. Mozart abrió los ojos. El pelo de Diño, que había crecido un poco durante las últimas semanas, estaba cortado al ras. Uniforme. Militar. Sin rastro de las puntas decoloradas.

—¿Qué te pasó?

—Cuando desperté ya tenía el cabello corto. Y cuando le reclamé, se rió y dijo que él no sabía nada. Pero sé que fue él. Estoy seguro. Lo hizo mientras dormía.

Mozart soltó una carcajada.

—Así es el abuelo. Pero lo hace por tu bien.

—Lo sé, lo sé. Es un hombre genial. —Diño se volvió a poner la gorra—. No sabía que tenía un abuelo que era un héroe de guerra. Me mostró su foto. Incluso con la medalla de honor del país. ¡Wow!

Mozart sonrió con orgullo.

—Claro. Nosotros somos una familia respetada en Grecia. Nuestro apellido tiene cierto peso.

Diño dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Rayos. Es mucha carga familiar. Uno tiene que dejar en alto a los ancestros. Ya parecemos una serie de esas asiáticas donde todo es ancestros, linajes, honor. Cuando menos me dé cuenta vamos a tener un salón ancestral y voy a estar arrodillado tres días por haberle faltado el respeto a alguien.

Mozart se rió tanto que casi se atraganta con el chocolate.

—No exageres, Diño. No llega a tanto.

—¿No? ¿Y si me salto una cena familiar?

—Ahí sí el abuelo lo tomará contra ti. Pero no te preocupes. Nos hemos mudado a la casa del barrio este.

Diño levantó la cabeza.

—¿La casa del barrio este? ¿La que está cerca del parque grande?

—Sí. ¿La conoces?

—Ahí vivía yo cuando era niño.

Mozart parpadeó.

—¿Tú? ¿En Manchester?

—Fue una pequeña temporada. Un mes, más o menos. Estuve enfermo. Los médicos recetaron que debía venir a un hospital de esa zona. Recibí el tratamiento, me curé y regresamos a Grecia. Nada del otro mundo.

Diño se quedó mirando por la ventana. Algo se encendió en su mirada. Un recuerdo antiguo, borroso, que estaba empezando a tomar forma.

—Pero sí recuerdo algo —dijo lentamente—. Que mamá me llevó a un partido. Todo el mundo gritaba. Y ella en la tribuna era la que estaba más alocada. Gritaba más que todos. Llevaba una banda roja en la frente.

Mozart dejó la taza sobre la mesa.

—¿Partido? ¿En qué temporada estuviste?

—Creo que fue cuando tenía doce años.

Mozart abrió los ojos. Se quedó completamente inmóvil.

—Mamá te llevó al partido de despedida de papá.

Diño frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cuando yo tenía doce años, papá se retiró oficialmente del fútbol. Y hubo un partido de despedida. Todo el estadio lleno. Todos llevaban bandas rojas en la frente. —Mozart se inclinó hacia delante—. ¿En serio mamá te llevó a ese partido? Dime. ¿Llevaban bandas de color rojo?

—Sí. En la frente. Todos llevaban. Incluso ella me colocó una.

Mozart se recostó en la silla. Miró al techo. Después miró a Diño. Y soltó una risa incrédula.

—Mira tú. Mamá utilizó tu enfermedad de forma estratégica para que vieras el último partido de papá como estrella.

Diño se quedó con la boca abierta.

—¿Qué?

—Piénsalo. Estabas enfermo. Necesitabas tratamiento en Manchester. Y justo en ese mes, papá jugaba su último partido. Mamá no te llevó solo al hospital. Te llevó al estadio. Para que lo vieras. Para que lo recordaras. Aunque no supieras quién era.

Diño sintió un escalofrío. Recordó la tribuna. El rugido. Las bandas rojas. Clara gritando con los ojos llenos de lágrimas mientras un hombre con la camiseta número diez daba la vuelta al campo. Él no sabía quién era. Solo sabía que su madre lloraba y sonreía al mismo tiempo.

—Wow —dijo Diño, levantando un dedo—. Mamá sí que es… pro.

Mozart se rió.

—Mamá es capaz de muchas cosas. Es demasiado hábil. Demasiado astuta. Solo que a veces se hace el angelito que no sabe nada.

Diño se quedó mirando su chocolate. La imagen de Clara en la tribuna, con la banda roja en la frente, gritando por un hombre que había amado una sola noche, se le quedó grabada en el pecho.

—Tu madre es una mujer increíble, Mozart.

—Lo sé. Y la tuya también.

Se miraron. Y por un segundo, los dos vieron lo mismo: una mujer pequeña, terca, desafinada, que había cruzado un continente para llevar a su hijo enfermo a un hospital. Y de paso, le había regalado un recuerdo que él no sabría descifrar hasta dieciséis años después.

Diño levantó su taza.

—Por las madres astutas.

Mozart chocó la suya.

—Por las madres astutas.

Bebieron. Y afuera, Manchester seguía lloviendo. Como siempre. Como la primera noche.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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