Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 22: La dama perfecta no llora
Prudence Vale no lloraba.
Las damas educadas correctamente no lloraban ante una observación desagradable, una derrota social ni una madre que consideraba el matrimonio una forma de contabilidad familiar.
Las damas educadas correctamente sonreían.
Aceptaban.
Ajustaban los guantes y si el mundo era particularmente cruel, pedían té.
Prudence llevaba diecinueve años aprendiendo aquello con notable éxito.
Por eso resultaba tan irritante que, aquella noche, al volver de la reunión en casa de los Wexford, sintiera una presión incómoda detrás de los ojos.
No era llanto, naturalmente era cansancio o polvo.
O una reacción desafortunada al exceso de flores en el salón Wexford.
Cualquier cosa antes que llanto.
—Estuviste torpe —dijo su madre.
Prudence se quitó un guante dedo por dedo.
—Buenas noches a usted también, madre.
Lady Vale estaba de pie junto a la chimenea del salón familiar, con la espalda recta, el rostro sereno y esa expresión que Prudence había aprendido a temer desde niña: decepción vestida de calma.
—No uses el ingenio conmigo. No te queda bien cuando pierdes.
Prudence dejó el guante sobre la mesa.
—No sabía que la velada fuera una competencia.
—Todo es una competencia, Prudence. Lo sabes mejor que nadie.
Sí.
Lo sabía.
Lo había sabido desde que tenía edad suficiente para sentarse derecha, bajar la voz, no reír demasiado, no mirar demasiado, no desear demasiado.
Lord Ashford era respetable. Lord Ashford era conveniente. Lord Ashford habría sido una elección impecable.
Y, lo peor de todo, Lord Ashford había elegido mirar a Beatrice Montclair como si la conveniencia fuera una palabra aburrida.
—Lord Ashford fue muy claro —dijo Prudence.
—Lord Ashford fue sentimental.
Prudence sintió una punzada de algo que no quiso nombrar.
—No. Fue preciso.
Su madre la miró con frialdad.
—No empieces a admirarlo ahora.
Prudence levantó la barbilla.
—No lo admiro.
Mentira.
Lo admiraba un poco.
No por amar a Beatrice, si eso era lo que estaba haciendo, aunque Valdoria entera parecía contener la respiración esperando el nombre correcto de aquello.
Lo admiraba por haber dicho que no pediría nada por presión.
Lo admiraba porque, en una sala llena de personas capaces de convertir una palabra en cuerda, él había soltado la cuerda.
Prudence había pasado la vida viendo a las personas tirar de ellas.
—Lo arruinaste —dijo Lady Vale.
Prudence cerró los dedos sobre el segundo guante.
—¿Qué arruiné exactamente?
—La oportunidad de recordarle a todos que la virtud social exige reparación. Que una dama correcta no permite ciertas cercanías sin consecuencias.
—La señorita Montclair no permitió nada indebido.
La frase salió antes de que Prudence pudiera detenerla.
Lady Vale se quedó quieta.
—¿Perdón?
Prudence respiró despacio.
—Dije que no permitió nada indebido. Hubo un accidente. Un libro. Una escalera. Y demasiadas personas felices de imaginar el resto.
—Estás repitiendo la defensa de ella.
—Quizá porque era cierta.
Lady Vale avanzó un paso.
—Ten cuidado, Prudence.
Ahí estaba.
La advertencia.
Siempre el cuidado.
Cuidado con hablar demasiado.
Cuidado con no ser elegida.
Cuidado con perder brillo frente a una joven que no parecía esforzarse por ser perfecta y, sin embargo, conseguía que la miraran como si ser imperfecta fuera una clase de libertad.
Prudence dejó el segundo guante junto al primero.
—Estoy cansada.
Lady Vale parpadeó.
La frase no pertenecía al repertorio de Prudence.
—Todas estamos cansadas alguna vez. No por eso descuidamos nuestra posición.
—No hablo de esta noche.
El silencio del salón se volvió más frío.
Prudence miró la chimenea. El fuego ardía con eficiencia. Ni siquiera eso parecía permitirse un exceso.
—Estoy cansada de sonreír antes de saber si quiero hacerlo. De hablar como si cada frase fuera una prueba. De mirar a otras mujeres como enemigas porque si una de ellas gana atención, se supone que yo he perdido valor.
Lady Vale hizo un gesto brusco.
—No seas dramática.
Prudence rio.
Fue un sonido breve, sin alegría.
—Ojalá pudiera. Beatrice Montclair al menos hace del drama algo entretenido.
—No menciones a esa joven como si fuera ejemplo.
—No lo es.
Prudence tragó, la presión detrás de los ojos volvió insistente, insoportable.
—Ese es el problema. No intenta ser ejemplo de nada. Y aun así… parece respirar con más facilidad que yo.
Lady Vale la observó como si acabara de ver una grieta en una porcelana muy cara.
—Te estás dejando afectar por una humillación pasajera.
—No hubo humillación.
—Lord Ashford la defendió delante de todos.
—Sí.
—Y te dejó en ridículo.
Prudence bajó la mirada.
—No. Yo me puse allí.
La verdad fue tan simple que dolió.
Lady Vale se quedó callada.
Prudence tomó aire.
—Usé la palabra honorable porque sabía que podía herirla.
—Porque era conveniente.
—Porque era cruel.
El rostro de Lady Vale se endureció.
—La crueldad, cuando está bien administrada, evita derrotas mayores.
Prudence sintió entonces que se rompía algo pequeño.
No de golpe.
No con escándalo.
Solo una hebra.
Una puntada.
Un hilo cansado de sostener una forma perfecta.
—No quiero convertirme en usted —dijo.
El silencio fue absoluto.
Lady Vale palideció apenas.
Prudence también.
No había querido decirlo.
O quizás sí.
Su madre habló con voz baja.
—Ve a tu habitación.
Prudence recogió sus guantes.
—Con gusto.
Subió las escaleras sin correr.
Las damas correctas no corrían.
Entró a su habitación, cerró la puerta y se quedó de pie en medio de la alfombra, con los guantes en una mano y la garganta apretada.
No lloraría.
Por supuesto que no.
Luego lloró.
No mucho.
Lo justo para arruinar la perfección.
Lo justo para que el espejo dejara de devolverle una dama impecable y le mostrara una muchacha cansada, con los ojos brillantes y demasiadas frases no dichas acumuladas bajo las costillas.
Se secó las mejillas con rabia.
—Patético —murmuró.
Pero la palabra no sonó convincente.
Sobre el escritorio había papel.
Prudence lo miró durante varios minutos.
Después se sentó.
Mojó la pluma.
Tardó más de lo necesario en escribir la primera línea.
“Señorita Montclair:”
La tachó.
Demasiado formal.
Empezó de nuevo.
“Beatrice:”
Tachó eso también.
Demasiado íntimo.
La tercera vez dejó el tratamiento en medio.
“Señorita Montclair:
No escribiré una disculpa extensa, porque sospecho que usted desconfiaría de ella y, en eso, tendría razón.
Lo que dije esta tarde no fue justo.
No prometo volverme amable de inmediato. Sería poco creíble y probablemente agotador para ambas.
Pero no repetiré el rumor de la biblioteca ni permitiré que mi nombre lo alimente.
Eso es todo.
Lady Prudence Vale.”
Prudence leyó la nota.
No era suficiente.
No era una rendición.
No era amistad.
Pero era algo.
Al menos, era una frase que no había sido escogida por su madre.
Dobló el papel.
Lo selló antes de arrepentirse.
A la mañana siguiente, su doncella llevó la nota a la casa Montclair.
Prudence pasó el resto del día fingiendo que no le importaba si recibía respuesta.
A media tarde, llegó una nota.
No era larga.
Eso la hizo más peligrosa.
“Lady Prudence:
Acepto que no haya escrito una disculpa extensa. Habría sido sospechosa.
También acepto su promesa de no repetir el rumor.
No somos amigas. No exagere.
Pero esto fue mejor que otra aguja envuelta en seda.
Beatrice Montclair.
Posdata: Si alguna vez decide dejar de ser perfecta por diez minutos, recomiendo empezar con un pastelillo. Son menos indiscretos que las lágrimas.”
Prudence leyó la posdata dos veces.
Luego una tercera.
Después, contra toda educación, sonrió.
No una sonrisa social.
No una sonrisa útil.
Una pequeña.
Imperfecta.
Suya.
Esa tarde, durante el té, tomó un pastelillo antes de que su madre se lo ofreciera.
Lady Vale la miró.
—¿Desde cuándo comes dulces a esta hora?
Prudence sostuvo el pastelillo con calma.
—Desde hoy.
—Engordan.
Prudence mordió un trozo.
Era de limón.
Demasiado dulce.
Muy inconveniente.
—Sobreviviré —dijo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la frase no sonó como obediencia.
Sonó como una promesa pequeña.
No a Beatrice.
No a Lord Ashford.
Ni siquiera a Valdoria.
A sí misma.