Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 6: Primera movida
La oficina de Gael en el piso treinta y dos permanecía en silencio cuando entraron. Gabriel se había retirado después de entregar la notificación del Grupo Llorente, y solo quedaban ellos dos. Amelia se quitó el bolso y lo dejó sobre una de las sillas, pero no se sentó. Prefería permanecer de pie.
Gael cerró la puerta con calma y se dirigió hacia el escritorio. Abrió la notificación digital y la proyectó sobre la pantalla principal.
—Presentaron la solicitud a las once y catorce —dijo—. Nosotros salimos de la notaría a las diez y cincuenta y tres.
Amelia calculó mentalmente.
—Veintiún minutos. Demasiado rápido para una reacción improvisada.
—Exacto.
Ella se acercó a la pantalla y leyó el documento completo. El lenguaje era técnico, preciso y agresivo. El Grupo Llorente argumentaba que el matrimonio entre Amelia Ferrer y Gael Santoro generaba un conflicto de intereses directo sobre cualquier activo vinculado a Ferrer Desarrollo Estratégico, y solicitaba la suspensión temporal de cualquier movimiento relacionado con el Proyecto Legado hasta que un tribunal revisara la situación.
—Quieren congelar todo —murmuró Amelia—. Comprar tiempo.
Gael apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Y al mismo tiempo enviarnos un mensaje: saben que estamos buscando lo mismo.
Amelia cruzó los brazos.
—Entonces no respondamos con una defensa. Si contestamos a esta solicitud, aceptamos su ritmo.
—¿Qué propones?
Ella miró la pantalla unos segundos más antes de girarse hacia él.
—Presentamos una contrademanda esta misma tarde. No por el matrimonio. Por ocultamiento de información patrimonial y posible apropiación indebida de derechos hereditarios.
Gael la observó con atención.
—Eso es una acusación fuerte.
—Es la verdad. O al menos lo suficientemente cerca de la verdad como para obligarlos a reaccionar.
Él permaneció en silencio un momento. Luego asintió.
—Voy a llamar a mi equipo legal. Quiero que el documento esté listo antes de las cuatro.
Mientras Gael hablaba por teléfono, Amelia se acercó a la ventana. Desde allí se veía, a lo lejos, el edificio del Grupo Llorente. Parecía absurdo que apenas veinticuatro horas atrás todavía creyera que aquel lugar era su segundo hogar.
Cuando Gael terminó la llamada, se acercó a ella.
—Mis abogados trabajarán con la información que ya tenemos. Pero necesitamos más. Específicamente, cualquier documento original de Ferrer Desarrollo Estratégico.
Amelia recordó la libreta negra que había sacado de su escritorio el día anterior y las fotografías que había tomado de los papeles de Esteban.
—Tengo algunas imágenes. No son originales, pero muestran el nombre, el número de registro y la anotación de “Proyecto Legado”.
—Eso ayuda. ¿Dónde están?
—En mi teléfono.
Gael no pidió verlas de inmediato. En cambio, señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate. Vamos a organizar lo que sabemos hasta ahora.
Durante la siguiente hora trabajaron juntos. Amelia compartió cada detalle que recordaba de las conversaciones con Esteban, de los documentos que había visto y de la extraña solicitud de revisión patrimonial que había encontrado en el sistema del Grupo Llorente. Gael, por su parte, le mostró los registros que su equipo había logrado recuperar sobre la antigua sociedad entre Leonardo Ferrer y Alessandro Santoro.
Había lagunas. Muchas.
La sociedad había sido reestructurada al menos tres veces. Algunos archivos parecían haber desaparecido de los registros públicos. Y, lo más sospechoso, existía una mención a un “paquete de derechos estratégicos” que nunca se había liquidado formalmente.
—Ese paquete es el Proyecto Legado —dijo Gael—. Estoy casi seguro.
Amelia señaló una fecha en uno de los documentos.
—Seis meses atrás. Exactamente cuando Esteban empezó a revisar la carpeta de mi padre en secreto.
Gael cerró el archivo.
—Entonces llevaban preparando esto mucho antes de pedirte el divorcio.
La afirmación no la sorprendió. Solo confirmó lo que ya sospechaba.
A las tres y media de la tarde, Gabriel entró con una carpeta nueva.
—El borrador de la contrademanda está listo. Los abogados esperan su revisión.
Gael y Amelia lo leyeron juntos. El documento era directo, técnico y suficientemente agresivo. Acusaba al Grupo Llorente de haber intentado adquirir derechos hereditarios sin notificar a la heredera legítima y de haber ocultado información relevante durante el proceso de divorcio.
Cuando terminaron de revisar, Gael miró a Amelia.
—Si firmamos esto, la guerra se vuelve oficial.
Ella tomó el bolígrafo sin dudar.
—Ya era oficial desde el momento en que hablaron de mi salida a mis espaldas.
Firmó.
Gael firmó después.
Gabriel se retiró con la carpeta.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a instalarse en la oficina. Amelia se pasó una mano por el cabello, sintiendo de pronto el cansancio de las últimas horas.
Gael la observó.
—Deberías comer algo. Llevas el día entero sin detenerte.
—No tengo hambre.
—No era una sugerencia.
Ella lo miró, sorprendida por el tono. No era autoritario. Era práctico.
—Hay un comedor privado dos pisos más abajo —añadió él—. Nadie nos molestará allí.
Amelia dudó un segundo. Luego asintió.
El comedor era pequeño, elegante y completamente vacío. Un asistente dejó dos platos sencillos y se retiró sin hacer preguntas. Comieron en silencio durante varios minutos. Amelia notó que Gael no intentaba llenar los espacios con conversación trivial. Apreciaba eso.
Finalmente, él habló:
—Mi madre va a investigar cada detalle de tu pasado. No por maldad. Porque así opera.
—Que lo haga. No tengo nada que ocultar… excepto lo que todavía no sé sobre mi propio padre.
Gael dejó el cubierto a un lado.
—Leonardo Ferrer no era un hombre sencillo. Mi abuelo lo respetaba, pero también lo temía un poco. Decía que tenía la costumbre de guardar cartas que nadie más veía.
Amelia levantó la vista.
—¿Cartas?
—Figuradas. Información. Acuerdos. Cosas que solo salían a la luz cuando él quería.
Ella guardó silencio. Por primera vez desde que había firmado el divorcio, sintió una punzada de duda sobre el hombre al que había admirado durante toda su vida.
Cuando terminaron de comer, regresaron a la oficina. Gabriel los esperaba con una expresión tensa.
—Acaban de notificar la contrademanda al Grupo Llorente.
—¿Y? —preguntó Gael.
—Respondieron en menos de veinte minutos.
Amelia frunció el ceño.
—Eso es imposible. Ningún equipo legal reacciona tan rápido a menos que…
—A menos que ya estuvieran preparados —completó Gael.
Gabriel entregó una tablet.
En la pantalla aparecía la respuesta del Grupo Llorente. No solo rechazaban la contrademanda. Adjuntaban un documento nuevo: una declaración jurada firmada por Victoria Llorente en la que afirmaba que Amelia había renunciado voluntariamente a cualquier derecho sobre sociedades vinculadas durante el proceso de divorcio, y que cualquier reclamo posterior constituía un intento de extorsión.
Al final del documento había una nota adicional.
Solicitamos medidas cautelares inmediatas contra Amelia Ferrer Santoro por posible uso indebido de información privilegiada obtenida durante su matrimonio anterior.
Amelia leyó la última línea dos veces.
Gael apagó la pantalla con un movimiento preciso.
—Acaban de declarar la guerra en todos los frentes.
Ella levantó la mirada hacia él.
—Entonces es momento de sacar la siguiente carta.
—¿Cuál?
Amelia sacó el teléfono y buscó la fotografía que había tomado el día anterior. Amplió la imagen hasta que se leyera con claridad la anotación manuscrita:
Proyecto Legado.
Debajo, casi ilegible, había un número de registro adicional que hasta ahora no había notado.
Gael lo miró fijamente.
—Ese número no aparece en ninguno de nuestros archivos.
—Exacto —dijo Amelia—. Porque no pertenece a los registros públicos.
Gael sostuvo su mirada.
—¿Dónde crees que está el original?
Amelia guardó el teléfono con calma.
—En el único lugar donde Esteban no habría buscado.
—¿Dónde?
Ella respondió sin dudar:
—En la casa de mi padre.