Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 20: La sombra del pasado
Tres meses después, Sofía y Mateo ya vivían en la mansión de Héctor. El viejo director se había convertido en un abuelo adoptivo, llenando la casa de juegos, cuentos y risas. Leo, por su parte, había aprendido a cambiar pañales, a preparar biberones y a leer cuentos antes de dormir. Era un padre improvisado, pero lo daba todo.
—Te ves bien —le dijo Héctor una mañana, mientras veían a los niños jugar en el jardín—. Más tranquilo.
—Me siento mejor —respondió Leo—. Tenerlos aquí me da un propósito. Algo por lo que luchar.
—Eso es bueno. Pero no olvides cuidarte a ti mismo. No puedes dar lo que no tienes.
—Lo sé. Estoy yendo a terapia. Me está ayudando.
—Me alegra oír eso.
Pero la tranquilidad no duraría. Una tarde, mientras Leo revisaba su correo electrónico, encontró un mensaje de una dirección desconocida. El asunto decía: "Tenemos que hablar".
Lo abrió con desconfianza. Era de su madre. No, no podía ser. Valeria había muerto. Pero el correo estaba firmado por ella.
"Leo:
Sé que crees que he muerto. Y en cierto modo, es verdad. La mujer que conociste ya no existe. Pero la mujer que fui antes de conocerte sigue viva. Y necesita tu ayuda.
Fabián salió de la cárcel hace una semana. Me encontró. Me obligó a escribirte esto. Dice que si no le das dinero, va a hacerle daño a los niños. Los tiene vigilados, Leo. Sabe dónde viven. Sabe cuándo van al colegio.
No quiero hacerte esto. Pero no tengo elección. Si no me ayudas, él cumplirá su amenaza.
Perdóname.
Valeria."
Leo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Leyó el correo una y otra vez, buscando algún indicio de que era falso. Pero no lo era. El tono, las palabras, todo era demasiado real.
—Héctor —gritó, corriendo hacia la sala de estar—. ¡Héctor!
El director se levantó sobresaltado al verlo.
—¿Qué pasa?
—Fabián está vivo. Salió de la cárcel. Amenaza con hacerle daño a los niños. Y mi madre… mi madre no está muerta.
El rostro de Héctor palideció.
—¿Qué quieres decir?
—El correo —dijo Leo, mostrándole la pantalla—. Dice que Fabián la obligó a escribirme. Que la tiene controlada. Que si no le doy dinero, va a lastimar a los niños.
Héctor leyó el mensaje en silencio, luego levantó la mirada.
—Esto es una trampa, Leo. Fabián quiere asustarte para que actúes sin pensar.
—Pero si es verdad… si los niños están en peligro…
—Por eso no puedes actuar sin pensar. Vamos a llamar a la policía. Y vamos a contratar seguridad privada para los niños. Pero no le vas a dar dinero. Eso solo empeoraría las cosas.
—¿Y si mi madre está en peligro?
—Leo, tu madre te mintió toda su vida. Esto podría ser otra mentira. Otra forma de manipularte. No caigas en el mismo juego.
Pero Leo no podía ignorar el correo. Porque, aunque su madre le hubiera fallado mil veces, seguía siendo su madre. Y la idea de que Fabián le hiciera daño, de que los niños sufrieran por su culpa, lo desgarraba por dentro.
—Voy a buscarla —dijo—. Voy a encontrarla y voy a traerla aquí.
—Eso es lo que Fabián quiere. Que vayas a buscarla.
—No me importa. Tengo que intentarlo.
Héctor suspiró, sabiendo que no podía detenerlo.
—Entonces al menos no vayas solo. Lleva a alguien. Un guardaespaldas. Alguien que pueda protegerte.
—Está bien —aceptó Leo—. Pero tengo que ir ahora.
Esa misma noche, Leo partió en busca de su madre. Llevaba un teléfono con GPS, un guardaespaldas de confianza y el corazón lleno de miedo. Sabía que podía estar cayendo en una trampa, pero no podía quedarse de brazos cruzados.
El viaje lo llevó a un barrio marginal, a las afueras de la ciudad. Las calles eran oscuras, con farolas rotas y sombras que se movían entre los callejones. El guardaespaldas, un hombre silencioso llamado Ricardo, caminaba a su lado con la mano en el bolsillo.
—¿Está seguro de querer hacer esto? —preguntó Ricardo.
—No —respondió Leo—. Pero lo hago igual.
Llegaron a una casa abandonada, con las ventanas tapiadas y la puerta entreabierta. Leo empujó con cuidado y entró.
Dentro, el olor a humedad y polvo era abrumador. En el centro de la sala, atada a una silla, estaba Valeria. Tenía el rostro amoratado, el cabello enmarañado y los ojos llenos de lágrimas.
—Leo —susurró, con la voz rota—. Te dije que no vinieras.
—No podía quedarme sin hacer nada —respondió él, acercándose a ella.
Pero antes de que pudiera desatarla, una risa fría resonó en la oscuridad.
—Qué bonito reencuentro —dijo Fabián, saliendo de las sombras con un cuchillo en la mano—. Estaba esperando que vinieras.
Leo sintió que el miedo lo paralizaba. Pero entonces recordó las palabras de Héctor: "Ya no eres un niño indefenso. Tienes el control."
—No te tengo miedo, Fabián —dijo, con una voz que sorprendió incluso a él mismo—. No me vas a hacer daño. Y no les vas a hacer daño a los niños.
—¿Ah, no? —respondió Fabián, sonriendo—. ¿Y quién va a detenerme?
En ese momento, el guardaespaldas de Leo sacó su arma.
—Yo —dijo Ricardo, apuntando directamente a Fabián—. Suelta el cuchillo. Ahora.
El rostro de Fabián se torció en una mueca de rabia. Pero no soltó el cuchillo.
—Esto no ha terminado —dijo, mirando a Leo con odio—. Nunca terminará.
Y en un movimiento rápido, saltó hacia la ventana rota y desapareció en la oscuridad.
Leo corrió hacia Valeria y la desató. Ella se desplomó en sus brazos, llorando.
—Lo siento, Leo —sollozó—. Lo siento mucho.
—No hables ahora —dijo él, abrazándola—. Primero te saco de aquí. Luego hablamos.
Y mientras salían de la casa abandonada, Leo supo que, aunque Fabián hubiera escapado, esta vez él no sería la víctima.
Esta vez, él tenía el control.