Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 2: Un día en la finca
El canto de los gallos fue lo primero que escuché aquella mañana. Como todos los días, abrí los ojos antes de las cinco. Afuera todavía estaba oscuro y el aire frío de la madrugada entraba por la ventana de mi habitación.
—Mijo, levántese que ya va a amanecer —escuché decir a mi mamá desde la cocina.
Me puse las botas, me lavé la cara y salí al comedor. El aroma del café recién preparado llenaba toda la casa. Mi mamá ya tenía listo el desayuno mientras mi papá revisaba algunas cuentas de la finca.
—Buenos días —saludé mientras me sentaba.
—Buenos días, Hernán —respondió mi papá—. Hoy nos toca revisar el cafetal del lado de la quebrada.
Después de desayunar arepa con queso y chocolate caliente, salí junto a mi papá. El sol apenas comenzaba a aparecer detrás de las montañas del Quindío. La neblina cubría los cultivos y todo parecía tranquilo.
Caminamos varios minutos hasta llegar a los cafetales. Allí comenzamos a revisar las plantas una por una para asegurarnos de que estuvieran en buen estado. Algunas necesitaban limpieza y otras requerían un poco más de cuidado.
A media mañana ya estábamos trabajando bajo el sol. Aunque el trabajo era pesado, yo estaba acostumbrado. Desde niño había aprendido que en el campo las cosas no se consiguen solas.
Mientras trabajábamos apareció mi hermano Felipe montado en una motocicleta.
—¿Cómo va todo por aquí? —preguntó.
—Bien, hermano, aquí trabajando como siempre —respondí.
Felipe bajó y nos ayudó durante un rato. Siempre que podía colaboraba en la finca. Aunque ya tenía algunos proyectos propios, nunca dejaba sola a la familia.
Más tarde llegó Sara con una botella de agua y algunas frutas para todos.
—Les traje algo para que no se me deshidraten —dijo sonriendo.
Yo me reí porque todavía recordaba cuando ella llegó por primera vez a la finca y no sabía distinguir una mata de café de cualquier otra planta.
—Quién la ve ahora —le dije—. Ya parece más campesina que nosotros.
Todos soltaron una carcajada.
Al mediodía regresamos a la casa para almorzar. Mi mamá había preparado fríjoles, arroz, carne y aguacate. Como siempre, Melissa fue la que más habló durante la comida.
—Hoy saqué diez en una tarea —anunció orgullosa.
—Muy bien, princesa —le dijo mi papá.
Después del almuerzo descansamos un momento antes de continuar con las labores de la tarde.
Esa tarde me tocó ayudar con unas cercas que necesitaban reparación. Era un trabajo largo, pero necesario para mantener la finca en buen estado. Mientras trabajaba, observaba las montañas y pensaba en lo rápido que pasaban los años.
A veces me preguntaba cómo sería vivir en una gran ciudad. Veía fotos en internet de edificios enormes y avenidas llenas de luces. Sin embargo, siempre llegaba a la misma conclusión: me gustaba demasiado mi vida en el campo.
Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas. Poco a poco terminamos las tareas del día.
De regreso a la casa encontré a Melissa jugando con unos cachorros.
—Mire qué bonitos están —me dijo emocionada.
Me senté junto a ella durante un rato mientras el cielo se pintaba de colores naranjas y rosados.
Las noches en la finca eran tranquilas. Después de cenar, toda la familia se reunió en el corredor de la casa. Mi papá contó algunas historias antiguas y Felipe habló sobre sus planes para los próximos meses.
Yo escuchaba en silencio mientras observaba las estrellas. En el campo el cielo parece mucho más grande que en cualquier otro lugar.
Cuando llegó la hora de dormir, regresé a mi habitación. Estaba cansado por el trabajo del día, pero satisfecho.
Antes de cerrar los ojos pensé en todo lo que tenía: una familia unida, una finca hermosa y una vida sencilla que me hacía feliz. Lo que no imaginaba era que muy pronto algo inesperado llegaría para cambiar mi rutina y abrir un nuevo capítulo en mi historia.
Pero por ahora, aquel había sido simplemente otro día en la vida de un muchacho campesino de Armenia, Quindío.