Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La caída de Julián
Punto de vista de Julián
El estruendo de las palas del helicóptero sacudía los cimientos de la mansión, haciendo que el polvo cayera del techo como una nieve sucia. Las luces azules y rojas, pintaban las paredes de la habitación con un ritmo frenético, convirtiendo la escena en una pesadilla.
—¡Suelte el arma! ¡Policía del Estado! ¡Ponga las manos donde pueda verlas! —el grito amplificado por un megáfono retumbó desde el jardín, pero yo apenas podía escucharlo sobre el rugido de la sangre en mis oídos.
Tenía a Alix Thorne a menos de dos metros. Mi dedo temblaba sobre el gatillo del arma, pero ella no se movía. Su calma era insultante, una bofetada a mi desesperación. Adrián Valenzuela se mantenía a su lado, con una mano en el bolsillo de su saco, observándome con la frialdad de quien mira a un insecto a punto de ser aplastado por una bota.
—Se acabó, Julián —dijo Adrián, y su voz cortó el estruendo exterior como un cuchillo—. Los hombres que trajiste ya están en el suelo. La policía tiene las grabaciones en tiempo real de tu entrada forzada y de tu intento de homicidio. Disparar ahora solo garantizará que no salgas vivo de esta habitación.
—¡Me da igual! —grité, y mi voz sonó quebrada, patética—. ¡Ella me lo quitó todo! ¡Ella y sus malditos documentos! ¡Dime quién eres! ¡Dime por qué me odias tanto!
Alix dio un paso más. Ignoró el cañón del arma que apuntaba directamente a su frente. Adrián hizo un intento por detenerla, pero ella lo frenó con un gesto sutil de la mano. Estaba poseída por una fuerza que yo no comprendía.
—¿Quieres saber quién soy, Julián? —preguntó ella. Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz de los helicópteros con una intensidad que me hizo retroceder un paso, tropezando con un mueble—. ¿De verdad quieres saber por qué conozco cada rincón de tu casa, cada uno de tus pecados y el sabor del miedo que sientes ahora mismo?
En ese instante, la puerta de la habitación fue derribada. El equipo de asalto entró con estruendo, granadas de aturdimiento y ráfagas de luz táctica.
—¡Al suelo! ¡Al suelo ahora! —gritaron las voces de mando.
Sentí el peso de tres hombres cayendo sobre mi espalda antes de que pudiera siquiera procesar el movimiento. El arma salió volando de mi mano, deslizándose por el suelo pulido. Mi rostro fue aplastado contra la alfombra, el sabor a sangre y polvo llenando mi boca. Me pusieron las esposas con una brusquedad que hizo crujir mis hombros, apretando el metal contra mis muñecas hasta que la piel se rompió.
—Julián Ferrara, queda usted arrestado por intento de homicidio, fraude procesal y... —la voz del oficial se volvió un murmullo borroso mientras me ponían de pie a la fuerza.
Estaba en shock. Mi imperio, mis tierras, mi nombre... todo se desvanecía entre el humo y las luces de la policía. Pero lo que me mantenía paralizado no era el arresto. Era ella.
Alix se acercó mientras los oficiales me sujetaban. Los policías intentaron apartarla, pero Adrián intervino, permitiéndole un último momento de cercanía. Ella se detuvo frente a mí. Su rostro, impecable incluso en medio del caos, se inclinó hacia mi oído. Sentí su aliento cálido, el mismo aroma a flores que había sentido en la cena, pero esta vez venía cargado de un frío sepulcral.
—El lago no me quiso, Julián —susurró, y su voz era una caricia de muerte que me heló el alma—. El agua me devolvió para que terminara lo que tú empezaste.
Me quedé petrificado. El aire se escapó de mis pulmones. Esas palabras... ese tono... la forma en que pronunció cada sílaba era una firma que no necesitaba papel.
—No... no es posible... —balbuceé, sintiendo que mis piernas cedían.
—Mírame bien, Julián —continuó ella, alejándose apenas unos centímetros para clavar sus ojos en los míos—. Elena San Román murió esa noche, sí. Pero Alix Thorne nació de sus cenizas para asegurarse de que el infierno te reclame antes de tiempo. Disfruta de la oscuridad de tu celda... porque cada vez que cierres los ojos, me verás a mí bajo el agua, esperando por ti.
El oficial me tironeó del brazo para sacarme de la habitación, pero yo ya no sentía mis pies. Estaba en un estado de catatonia pura. Mi mente repetía sus palabras como un mantra de locura. Elena. Era Elena. La mujer que yo mismo había intentado borrar de la existencia estaba allí, viva, poderosa, y me había destruido con la elegancia de una reina.
Mientras me bajaban por las escaleras, vi a Sofía en el vestíbulo, custodiada por una oficial. Ella me miró con un desprecio absoluto, sosteniendo su teléfono con las fotos que me condenaban. Vi a Rosa al fondo, llorando de alivio mientras Adrián la sujetaba del hombro.
Salimos a la noche de la ciudad. La lluvia caía con fuerza, lavando la sangre de mi rostro, pero no la mancha de mi derrota. Los periodistas ya estaban allí, con sus cámaras captando el momento en que el gran Julián Ferrara era subido a una patrulla como un criminal común.
Justo antes de que cerraran la puerta del vehículo, alcancé a verla una última vez. Alix estaba en la terraza alta, bajo la lluvia, con Adrián a su lado. Se veía majestuosa, una diosa de la venganza contemplando su obra.
La puerta se cerró con un golpe metálico definitivo. La oscuridad de la patrulla fue mi primer encuentro con el destino que ella me había preparado. En ese momento, en el silencio de mi encierro, solté un sollozo ahogado. No por arrepentimiento, sino por el terror de saber que mi verdugo era el único ser que yo había amado y traicionado.
El juego no había terminado. Julián Ferrara estaba tras las rejas, pero el fantasma de Elena San Román apenas comenzaba a cobrar su deuda.