La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Actitud de alfa atraído genuinamente
— ¿Dónde están tus supresores del celo?
— Están en el cajón— se siente mareado.
Cesar lo deja un momento solo y abre el gabinete del baño. Nota que el paquete tiene fecha de vencimiento cumplida.
— Esto no sirve. Venció hace una semana. Con razón estás así. No te fijaste que tomabas pastillas vencidas desde hace una semana. No importa que te hayas saltado un día. Más bien te saltaste una semana.
Sigue mirando el blíster a medio usar vencido con horror.
— No sabía.
El Omega se pasa ambas manos por el rostro intentando no perder la cordura.
—Tendrás que desahogarte... manualmente en lo que resuelvo lo de tus supresores del deseo. De lo contrario vas a sentirte extasiado y adolorido.
El Omega mira su parte íntima a punto de explotar abultada por encima de la toalla.
— Ayúdame... No puedo yo solo— lo mira con los ojos aguados.
—¿Estás consciente de lo que me pides? — se cruza de brazos con el corazón a mil— ¿No tienes miedo que te vuele encima?
El Omega lo mira avergonzado.
— Confío en ti... además ya tomaste tus supresores.
— Maldita sea, a lo que me pones. Sabes que me gustas y esto será como una maldita tortura del demonio. Me está costando mantener mi amiguito quieto.
Cesar se remanga la camisa y se agacha frente a él. Le retira un poco la toalla dejándolo al descubierto.
— Mm— el Omega gime al sentir la mano enorme del alfa sobre su piel.
— Me vas a deber una MUY GRANDE...
César lo ayudó a desahogarse allí mismo con ayuda de sus manos. Tuvo que mirar a otro lado mientras lo ayudaba. El Omega nota como la virilidad del alfa crece bajo su ropa pero mantiene la compostura de buen samaritano.
— Me gusta...
El alfa se sonroja hasta las orejas pero sigue bajando y subiendo su mano.
— Solo llega rápido que me estás volviendo loco.
Hamlet no tardó en llegar.
— ¡Si!— respira agitado al terminar.
Las manos del alfa quedaron hechas un desastre y aunque tuvo el impulso de probar aquello, mejor se contuvo. No quería aprovecharse ni pasarse de la raya. Luego de limpiarlo bien, tomó una bata limpia del perchero y, evitando cualquier gesto que pudiera incomodarlo, ayudó a Hamlet a cubrirse. Lo dejó sentado en el borde de la tina del baño.
— Espera aquí. Buscaré algo de ropa. Avisaré a tu hermano que está afuera de tu condición.
— Bien...
Salió del baño y abrió la puerta de la habitación apenas lo suficiente para hablar con Dante.
— ¿Como está?— pregunta cubriéndose la nariz.
—Está consciente, pero necesita descansar y aplicar sus supresores —explicó en voz baja.
—No sé si tiene en casa.
— Si los tiene pero caducaron hace una semana. Le hablaré a alguien para que traiga nuevos. Necesitamos un doctor también.
— Lo dejo en tus manos... Yo no puedo permanecer aquí. Puedo entrar en celo con todas estas feromonas Omega en el apartamento. Será mejor que me vaya. No tengo supresores para mí. Me iré y regresaré en una hora.
— Yo lo cuidaré— cierra la puerta y regresa al baño.
— Aún no me calmo...
— Vamos a tu cama. Te ayudaré con una ducha de mis feromonas. Si te masturbo de nuevo no creo poder controlarme.
— Ok.
Con paciencia, César acompañó a Hamlet hasta la cama. El omega seguía temblando, aunque el calor de la crisis no dejaba de ceder. Se sentó a su lado.
—Voy a dejar salir mis feromonas solo para calmarte un poco, alguien vendrá para ayudarte con supresores—dijo con suavidad.
Hamlet lo observó en silencio. Por primera vez desde su regreso a Italia, no vio en los ojos de un alfa lujuria, ni opresión, ni juicio, sino una calma firme que le permitía respirar.
— Gracias...
— No me agradezcas conejito.
—¿Qué?
—Nada... Nada. Intenta descansar. La ayuda vendrá pronto.
El alfa deja salir sus feromonas que actuaron como un anestésico sobre el Omega al estar controladas. El Omega respiraba profundamente.
— Tú eres mi ayuda... Siento como si mi cuerpo se anestesiara.
— Eso es porque mis feromonas son compatibles contigo. Y las dejo salir poco a poco estando tranquilo.
— No actúes como un héroe.
— No quiero serlo. Tu no seas quisquilloso en este estado. Si fuera cualquier otro alfa ya estuvieras en cuatro patas, atravesado y con la cara sumergida en una almohada llorando a cántaros.
Mientras Hamlet agotado se quedaba dormido, César comprendió que protegerlo ya no era una decisión: era una promesa que pensaba cumplir cada día, hasta que él mismo volviera a creer que merecía ser amado.
Luego de unos minutos su respiración era tranquila, aunque el cansancio se reflejaba en cada una de sus facciones. El alfa se sentó en una silla junto a la cama y permaneció allí un rato, observándolo en silencio, mientras sacaba su móvil y llamaba a su mayordomo.
— Aldo, es urgente. Escuchá con atención.
—Señor, ¿se encuentra bien? No ha regresado.
—Estoy bien, Aldo. Necesito un favor. Traeme ropa cómoda, algunos de mis documentos de mi escritorio del canal y llama a un médico de confianza. Quiero que revise a un amigo. Te enviaré la ubicación.
Menos de una hora después, Aldo llegó acompañado por el doctor Rinaldi, quien examinó a Hamlet con discreción. Confirmó que el celo había sido agravado por la interrupción y vencimiento de los supresores y el estrés. Dejó suero, medicación y una dieta ligera para ayudarlo a recuperarse.
Dante llegó cuando todo estaba controlado y al ver que el alfa lo ayudó prefirió quedarse en un hotel cerca. Si tenían ese tipo de relación no se iba a meter ni a opinar. Igual no le importaba nada de lo que su medio hermano hiciera.
Las horas se convirtieron en un día, y el día en dos. Dante iba y venía del hospital para acompañar a su madre, mientras el chef se quedaba junto a Hamlet. Le cambiaba el suero, le humedecía los labios cuando despertaba apenas unos segundos y volvía a dormir, y se aseguraba de que tomara la medicina en esos breves instantes de lucidez.
La segunda noche terminó vencido por el cansancio. Se acomodó en el viejo sofá de la habitación, demasiado corto para su estatura, y se quedó dormido con la chaqueta doblada bajo la cabeza.
Al segundo día, muy tarde en la noche, Hamlet abrió lentamente los ojos. En la mesita encontró un vaso de agua, las medicinas ordenadas y la bolsa del suero ya vacía. Tardó un instante en comprender dónde estaba y qué había ocurrido.
Entonces giró la cabeza.
Allí estaba él, dormido en aquel sofá gastado, con el cuello torcido y una manta a medio caer al suelo.
El alfa abrió los ojos al sentir movimiento. Sus miradas chocaron y ambos sintieron sus respiraciones y corazones agitarse.
—¿Ya despertaste o aún piensas seguir manteniéndome aquí como tu niñero, conejito?—murmuró, incorporándose con una sonrisa cansada—. Bienvenido de vuelta, Hamlet.