En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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16. Y Apenas Empezamos
Cuando Alexander llegó al edificio de la empresa, su fastidio era evidente. Caminaba con el ceño fruncido, la mandíbula tensa. Todavía tenía muy presente a aquella mujer del taxi. Insolente. Impertinente. Un dolor de cabeza innecesario. Al bajar del vehículo, ella incluso le había enseñado el dedo sin el menor pudor. Alexander decidió borrar la escena de su mente. No valía ni un segundo más de su atención.
Apenas cruzó la entrada, hizo una seña a uno de sus empleados.
—Encárgate de que revisen mi auto —ordenó—. Y manda una grúa a recogerlo.
No esperó respuesta. Subió directo a su oficina. En cuanto entró, su secretaria se levantó de inmediato.
—Señor Valcour —dijo—. Ya hice lo que me pidió.
Alexander dejó el maletín sobre el escritorio y la miró con atención.
—¿Y bien?
—Investigamos a Adrián Montoya —continuó ella—. En este momento se encuentra en una empresa constructora, cerrando un contrato. La constructora pertenece a uno de nuestros socios… el mismo que tiene inversiones conjuntas con la familia Valcour.
Alexander respiró hondo. Sus ojos se endurecieron.
Así que ahí estaba. Confiado. Tranquilo. Creyendo que lo ocurrido en la fiesta no tendría consecuencias.
Se recostó levemente en el respaldo de la silla, pensativo. No necesitaba levantar la voz ni hacer escándalos. No funcionaba así. Para alguien como él, las represalias no se gritaban. Se ejecutaban con precisión.
—Comunícame con el socio —dijo finalmente.
La secretaria dudó apenas un segundo.
—¿Desea que…?
—Si ese contrato se firma con Montoya —interrumpió Alexander—, dejaremos de colaborar con ellos. Todas las inversiones conjuntas se congelan. Sin excepciones.
La mujer asintió, entendiendo la gravedad de lo que estaba a punto de suceder.
—Por mi hermana —añadió Alexander, con voz baja pero firme—, haré cualquier cosa.
La secretaria salió de la oficina sin decir nada más.
—¿Qué te pasó, hermano? —preguntó Matteo, apoyándose con toda confianza en el marco de la puerta—. Tienes cara de pocos amigos.
Alexander levantó la vista apenas, lo suficiente para dedicarle una mirada de reojo.
—¿Qué haces aquí? —respondió—. ¿No se supone que estabas en una sesión de fotos?
Matteo sonrió, despreocupado, entrando a la oficina como si fuera suya.
—Cancelada —dijo—. Bueno… no exactamente. Vine a una reunión con una socia. Quiere contratarme como imagen principal para su nueva colección. Aproveché para pasar por aquí.
Alexander resopló con cansancio, volviendo la atención a los documentos sobre su escritorio.
—¿Y eso es todo? —preguntó, sin mirarlo.
Matteo se sentó frente a él, cruzando los brazos.
—No —admitió—. También vine a ver si ya te habías encargado de Adrián Montoya.
Alexander no respondió de inmediato. Ese silencio fue suficiente.
Matteo sonrió con satisfacción.
—Eso pensé —dijo—. Un buen escarmiento nunca está de más. Se lo ganó solito.
Alexander cerró el archivo con calma.
—No se va a olvidar de lo que hizo —respondió—. Eso te lo aseguro.
Matteo asintió, conforme. Luego su expresión cambió, volviéndose más ligera.
—Por cierto —añadió—, estaba pensando en llevar a Isabella a cenar. Mejor aún… ¿por qué no vamos los cinco? Hace tiempo que no estamos juntos como familia. Recuperar un poco el tiempo perdido no estaría mal.
Alexander lo miró esta vez con atención.
—No es mala idea.
—Lo sé —dijo Matteo, orgulloso—. A veces también pienso cosas útiles.
Se levantó y caminó unos pasos por la oficina, mirando alrededor con curiosidad antes de volver a hablar.
—Ah, y hablando de familia… —añadió con una sonrisa burlona—. Papá ya está preguntando cuándo vas a sentar cabeza.
Alexander rodó los ojos.
—No empieces.
—Solo digo —continuó Matteo—. Lucien tiene una prima… pero también una hermana. Quizá alguna pueda soportar tu carácter. Con suerte, hasta tu bipolarismo.
Alexander le lanzó una mirada fulminante.
—Sal de mi oficina.
Matteo soltó una carcajada.
—Piénsalo —dijo mientras se dirigía a la puerta—. Nunca sabes quién podría sobrevivirte.
Salió riendo, dejándolo solo otra vez.
Alexander negó con la cabeza, aunque una leve sonrisa se dibujó en sus labios. A pesar de todo, había algo reconfortante en ese caos familiar. Y más aún, en saber que Isabella ahora estaba en el centro de ese pequeño mundo que, poco a poco, se reorganizaba a su alrededor.
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Ariane le agradeció al taxista con una inclinación de cabeza y entró a la residencia con paso cansado. Aquel día había sido largo, y aunque le gustaba sentirse independiente, a veces admitía para sí misma que vivir con su familia todavía era lo más sensato. Al menos por ahora. Estaba ahorrando para mudarse sola, quería ganarse cada cosa por sus propios méritos, sin depender de nadie. Aunque, claro… una ayudita tampoco caería tan mal, pensó con ironía.
Apenas cruzó la puerta, Élodie apareció como un torbellino.
—¡Ariane! —exclamó, corriendo hacia ella—. Ven, ven, ven. Tenemos algo para ti.
Ariane frunció el ceño, sospechando de inmediato.
—No me gusta cómo suena eso.
Élodie solo sonrió más.
Ariane era una mujer adulta, segura, con la misma edad que Lucien. Nunca se había casado, y no porque no pudiera, sino porque nunca había querido hacerlo por compromiso. Sus padres habían fallecido hacía años, y desde entonces su tío y su tía parecían empeñados en que no terminara sola. Querían verla con pareja, con una vida “estable”, como ellos decían. El problema era que Ariane… bueno, Ariane era un caso aparte.
Nadie entendía muy bien cómo lograba espantar a los hombres con tanta eficacia.
En el jardín, toda la familia estaba reunida disfrutando de un refrigerio. Ariane se sentó con calma, tomando una copa de agua, cuando su tía se acercó con una sonrisa demasiado entusiasta.
—Querida —dijo—, hemos estado pensando en ti.
Ahí estaba. El comienzo de siempre.
La mujer sacó su celular y comenzó a mostrarle fotos.
—Mira —continuó—. Estos hombres podrían interesarte. Son educados, exitosos, con buena familia…
Ariane observó las imágenes con expresión neutra. Uno tras otro. Hasta que algo la hizo detenerse.
Alzó una ceja.
—¿Ese no es…?
Élodie se inclinó para mirar.
—Sí —respondió, divertida—. Alexander Valcour.
Ariane se quedó en silencio unos segundos, recordando al hombre del taxi.
Soltó una risa incrédula.
—¿Están bromeando?
—¿Por qué? —preguntó su tía—. Es un excelente partido.
Ariane negó con la cabeza, todavía riendo.
—Créame —dijo—. Ese hombre y yo jamás funcionaríamos.
Desde el otro lado del jardín, Élodie sonrió con malicia.
—Eso mismo dijeron todos los que terminaron siendo un desastre interesante.
Ariane la miró, entre divertida y alarmada.
—Ni lo sueñes.
Pero algo en su interior, muy a su pesar, recordó aquella discusión absurda en el taxi… y cómo, pese a todo, no había podido ignorarlo del todo.
Sacudió la cabeza.
No.
Definitivamente no.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅