Ella reencarna en otra época.. y ahora tiene magia.. tiene su destino ya trazado y decidido por su familia.. ¿podrá cambiar su destino? ¿o seguirá siendo la hija obediente que siempre fue?
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Lady Gartner
La mañana llegó demasiado rápido.
Los primeros rayos de sol atravesaron las cortinas de la habitación, tiñendo todo con una luz suave y dorada.
Grace abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Escuchando el silencio.
Y entonces recordó.
La reunión.
La terraza.
La nieve.
Los jardines.
Aaron.
Una sonrisa apareció inevitablemente en sus labios.
A su lado, Aaron parecía mucho menos dispuesto a aceptar que la noche había terminado.
Cuando ella comenzó a incorporarse, él soltó un suspiro exageradamente dramático.
—No.
Grace soltó una pequeña risa.
—¿No?
—No puedes irte.
—Puedo y debo hacerlo.
—Me niego.
—Qué tragedia.
Aaron la observó como si acabara de traicionarlo.
—¿Así de fría eres?
—Estamos en el norte del reino.
—Eso no tiene ninguna relación.
—Creo que sí.
La expresión dolida que puso fue tan exagerada que Grace terminó riendo.
Entonces se inclinó y le dio un beso.
Un beso breve pero cariñoso.
—Debo volver a la realidad.
Aaron apoyó la cabeza contra la almohada.
—La realidad está sobrevalorada.
—Tal vez.
—Definitivamente.
Grace volvió a reír.
Y antes de que él pudiera comenzar otro de sus discursos dramáticos, lo besó una vez más.
Aquello pareció dejarlo temporalmente sin argumentos.
Lo cual era toda una hazaña.
—Eso fue injusto —murmuró él.
—Lo sé.
—Muy injusto.
—Sobrevivirás.
Aaron parecía tener opiniones distintas al respecto.
Pero Grace ya estaba levantándose.
Y antes de que pudiera convencerla de quedarse un poco más, salió de la habitación.
Los pasillos aún estaban tranquilos a esa hora.
Por suerte, casi nadie parecía estar despierto.
Grace caminó rápidamente.
Y cuando finalmente cerró la puerta de su propia habitación, soltó una larga exhalación.
—Dios mío...
Por primera vez sintió algo parecido a la vergüenza.
No por arrepentimiento.
Sino porque todo parecía increíblemente irreal.
Todavía le costaba creer que aquello hubiera sucedido.
Se dirigió directamente al baño.
El agua caliente resultó reconfortante.
Relajante.
Mientras se sumergía en la bañera, sintió cómo desaparecía el cansancio acumulado.
Y por primera vez tuvo tiempo para pensar con calma.
[Realmente ocurrió.]
La idea la hizo sonreír.
Observó su reflejo sobre el agua.
Y recordó fragmentos dispersos de la noche anterior.
Las conversaciones.
Las bromas.
Las caminatas por los jardines.
Las risas.
La cercanía que había nacido entre ellos.
Todo parecía mezclarse en una colección de recuerdos cálidos.
Recuerdos que probablemente conservaría durante mucho tiempo.
Después del baño comenzó a prepararse para el día.
Eligió cuidadosamente su ropa.
Acomodó su cabello.
Y se aseguró de que la elegante capa de invierno cubriera cualquier detalle que pudiera llamar demasiado la atención.
Cuando finalmente estuvo lista, se observó en el espejo.
Y sonrió otra vez.
No podía evitarlo.
Cada vez que recordaba la expresión dramática de Aaron aquella mañana terminaba sonriendo.
Cada vez que recordaba alguna conversación absurda de la noche anterior sonreía de nuevo.
Era una sensación extraña.
Dulce.
Ligera.
Como un secreto que solo le pertenecía a ella.
Porque sabía perfectamente que su vida continuaría.
El templo seguía esperándola.
Las responsabilidades seguían allí.
Nada había cambiado realmente.
Y aun así...
Sentía que había ganado algo.
Un recuerdo.
Una experiencia.
Una parte de su vida que había elegido por sí misma.
Mientras terminaba de colocarse la capa, una idea cruzó por su mente.
[Yo me iré. Y probablemente pasaré años en el templo.]
Miró su reflejo una última vez.
[Pero me llevaré este recuerdo conmigo.]
No sabía qué ocurriría en el futuro.
No sabía cuánto tardaría en volver a ver el mundo exterior.
Ni siquiera sabía si volvería a encontrarse con Aaron alguna vez.
Pero eso no importaba demasiado en aquel momento.
Porque aquella noche ya formaba parte de ella.
Y cuando los años pasaran, cuando las obligaciones del templo ocuparan sus días, estaba segura de que aún recordaría la nieve cayendo sobre los jardines, las risas compartidas y aquella inesperada aventura que había vivido justo antes de que comenzara el resto de su nueva vida.
Grace todavía estaba sonriendo cuando escuchó unos suaves golpes en la puerta.
Inmediatamente se incorporó.
Su corazón dio un pequeño salto.
[¿Nos descubrieron?]
Aquella fue la primera idea que apareció en su mente.
Después de todo, había desaparecido de la fiesta sin avisar.
No había regresado a su habitación durante toda la noche.
Y aunque la mansión Russ era enorme, aquello seguía siendo una imprudencia considerable.
Por un instante imaginó a sus padres preguntándole dónde había estado.
Con quién había estado.
Y por qué.
La sola idea hizo que se pusiera nerviosa.
—¿Grace? —llamó una voz familiar desde el otro lado.
Era su madre.
Grace respiró profundamente.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Lady Gartner entró con una expresión llena de preocupación maternal.
Y aquello hizo que Grace se sintiera un poco culpable.
Porque sus padres realmente la querían.
Su madre se acercó de inmediato.
—¿Te encuentras mejor?
Grace parpadeó.
—¿Mejor?
—Sí.
Lady Gartner tomó asiento junto a ella.
—Anoche desapareciste tan de repente que pensamos que quizás te habías sentido mal.
Grace permaneció inmóvil unos segundos.
Y luego comprendió.
[¿Eso pensaron?]
Por supuesto.
Para ellos era la explicación más lógica.
Grace siempre había sido tranquila.
Responsable.
Obediente.
Jamás había causado problemas.
Nadie sospecharía que había pasado la noche disfrutando de una aventura romántica con el heredero de un ducado.
La situación era tan absurda que tuvo que esforzarse para no reír.
—Estoy bien, madre.
Lady Gartner sonrió aliviada.
—Me alegra escucharlo.
Luego acomodó suavemente un mechón de cabello de su hija.
Un gesto lleno de cariño.
—Tu padre y yo entendimos que seguramente estabas cansada.
Grace asintió.
—Sí.
Técnicamente no era una mentira.
Realmente estaba cansada.
Solo que no por las razones que sus padres imaginaban.
Lady Gartner continuó hablando.
—Siempre has sido una buena hija.
La sonrisa de Grace vaciló ligeramente.
—Madre...
—Es verdad.
La mujer tomó una de sus manos.
—Siempre tan amable. Tan considerada. Tan obediente.
Su voz se volvió más suave.
—Nunca nos has dado preocupaciones.
Grace sintió una extraña mezcla de emociones.
Porque sabía que aquellas palabras eran sinceras.
Y también sabía que si su madre conociera la verdad probablemente se llevaría una enorme sorpresa.
[Obediente...]
Grace bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
[Si supieras dónde estuve anoche.]
La imagen de Aaron apareció inmediatamente en su mente.
Su sonrisa descarada.
Sus bromas.
Sus intentos dramáticos de convencerla de quedarse.
Y aquella expresión casi ofendida cuando ella decidió regresar a la realidad.
Tuvo que contener otra carcajada.
—¿Grace?
—¿Sí?
—Pareces muy feliz esta mañana.
Por un instante Grace estuvo a punto de atragantarse.
—¿Eh?
Lady Gartner sonrió.
—Nada importante.
Simplemente me alegra verte sonreír.
Grace logró mantener la compostura.
—Solo estoy de buen humor.
—Eso es maravilloso.
Su madre parecía genuinamente feliz por ello.
Y aquello hizo que Grace sintiera un pequeño nudo en el pecho.
Porque a pesar de todas las complicaciones de su vida, seguía teniendo una familia que la amaba.
Finalmente, Lady Gartner se levantó.
—Debo reunirme con tu padre.
—De acuerdo.
Su madre le dio un suave beso en la frente antes de dirigirse a la puerta.
—Nos veremos en el almuerzo.
—Sí, madre.
Y entonces se marchó.
La puerta se cerró.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Durante unos segundos Grace permaneció inmóvil.
Luego apoyó una mano sobre su rostro.
Y comenzó a reír sola.
Una risa suave.
Divertida.
Porque la situación era demasiado absurda.
Su madre seguía creyendo que ella era la hija perfectamente obediente que había regresado temprano a descansar.
Mientras que la realidad era completamente diferente.
Cuando la risa desapareció, Grace caminó lentamente hasta la ventana.
La nieve seguía cubriendo los jardines.
Y sin querer volvió a recordar la noche anterior.
Las conversaciones.
Las bromas.
Los paseos.
Los besos.
La manera en que Aaron la hacía reír.
Todo regresó a su mente con una claridad sorprendente.
Una sonrisa volvió a aparecer en sus labios.
Quizás pronto tendría que marcharse al templo.
Quizás pasaría años estudiando magia de luz.
Quizás aquella vida quedaría atrás.
Pero nadie podría quitarle aquel recuerdo.
Y mientras observaba la nieve caer más allá de los cristales, Grace pensó que, pasara lo que pasara después, aquella noche siempre sería una pequeña locura que guardaría con cariño en su corazón.
Mala actitud la de los padres