Luciana Montreal siempre obtuvo lo que quiso.
Incluso a David Balbuena… el único hombre que alguna vez se le resistió.
Pero el deseo no siempre trae victoria.
Entre noches que la consumieron y una verdad que lo cambió todo, Luciana entendió que hay algo más peligroso que no tener a alguien… tenerlo y descubrir quién es en realidad.
Años después, convertida en una mujer poderosa e inalcanzable, ha construido un mundo donde nadie puede tocarla...
Hasta que el pasado regresa... y no viene solo: Un hombre que aún puede hacerla arder. Otro que ya decidió que será suya.
Entre el fuego que la desarma y el control que amenaza con atraparla, Luciana deberá enfrentar la única decisión que nunca pudo dominar: seguir lo que la consume… o no volver a perderse jamás.
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EL COMIENZO DE UN CAPRICHO
NARRADOR
El sonido de las copas de champaña chocando entre si, la música suave y las risas contenidas, muy pocas de ellas verdaderas, los vestidos de gala, los trajes a medida... todo aquello lo conocía muy bien Luciana Montreal.
Aquella noche en particular, ella era el centro de atención. No por su collar de diamantes, ni tampoco por su costoso vestido, mucho menos por su belleza. Era por su presencia después de meses de haber desaparecido del ojo público.
Las preguntas indiscretas disfrazadas de falsa amabilidad llegaron. Ya las esperaba. No fueron una sorpresa. Aquellas personas poderosas, aún más las mujeres, parecían ser más desgraciadas conforme pasaran los años y sus fortunas crecían. La mayor parte de ellas tenían esposos millonarios e infieles, vidas de mentira.
Luciana se movía allí como una experta. Conocía a cada persona, desde su fortuna hasta lo más oscuro de sus vidas. No le interesaban, aunque fingía que sí.
Respondió algunas preguntas sobre su ausencia, mintiendo como una profesional, con naturalidad exquisita. Cómo una dama de la alta sociedad acostumbraba a hacerlo. En ese entorno la debilidad se convierte en blanco de muchas cosas y ella, meses atrás había roto una regla básica.
Hacía seis meses y dieciocho días que Lisandro Montreal había fallecido. Una de las empleadas de la mansión lo encontró sin vida en su propia habitación. Luciana escuchó el grito horrorizado de esa mujer y fue allí cuando lo vio. Sin vida, una botella de licor en el suelo, cerca de su cuerpo. Él colgaba, una soga alrededor de su cuello. Le había gritado, había intentado ayudarlo. Era tarde.
La policía cerró el caso con el informe de la autopsia, suicidio. Ella... siempre creyó que había más.
Lisandro había crecido con ella, como si fuera su hermano, aunque era su primo. Los padres de él habían fallecido y allí el fue llevado a la mansión y recibido con los brazos abiertos. Había sufrido mucho, para tener solamente diez años en aquel momento. Con un año de diferencia había perdido a las dos figuras más importantes de su vida.
Luciana y Lisandro eran inseparables. Mejores amigos, confidentes. Él la aconsejaba tal como lo haría un hermano mayor y también la protegía. Pero se había ido. Sin haber dicho nada. Sin siquiera dejar una carta de despedida. Sin decirle cuánto la quería una vez más.
Aquel fallecimiento fue devastador para Luciana. Ella simplemente no pudo ocultar su dolor. Lloró en el funeral, no usó maquillaje y sus piernas cedieron al ver el ataúd siendo cubierto. Mucha gente se acercó a darle sus condolencias, incluído él... David Balbuena.
Luciana no prestó atención. David ese día no recibió aquella mirada de adoración que ella le había dedicado por años. Simplemente, fue una persona más vestida de negro, mirando como una vida desaparecía para siempre.
Ella, que era una reina de belleza, deseada e inalcanzable, se retiró de los concursos. Lo hizo invicta. Siempre había ganado. Su sola participación allí le daba una victoria segura. Ella lo tenía todo, belleza, elegancia y también inteligencia.
Había crecido siendo deseada por muchos, siempre fue consciente de que su belleza podía abrir puertas, de que podía tener al hombre que quisiera en su cama, en su vida. Pero aquello no la seducía.
¿Era virgen? No. No lo era. ¿Había tenido muchas parejas sexuales? No. Solamente la habían tocado dos hombres. El primero, cuando tenía veinte años. El segundo a sus veintiuno. Aquello fue suficiente para ella para creer que el sexo estaba sobrevalorado. La satisfacción que había sentido duró pocos instantes y luego... predominó el vacío, la certeza de que aquello no fue suficiente.
Luego del que fue su segundo fracaso, en parámetros de satisfacción, había concentrado su atención en David. Era algunos años mayor que ella, para ese momento tenía treinta. Todos lo consideraban inalcanzable, un mujeriego empedernido que dejaba corazones rotos por doquier. Alguien indescifrable, pero un genio en las finanzas.
Luciana, erróneamente, había creído que él tampoco se resistiría a su atractivo. Se equivocó, mucho. David no la había mirado con lujuria, no le había pedido una cita, tampoco se había mostrado interesado. Simplemente la trató con cortesía y no volvió a mirarla en el resto de la velada.
Para Luciana se convirtió en un reto, empezó a desearlo, a mirar con envidia a las mujeres que suspiraban por haber estado en su cama. Ella no había obtenido nada. Ni su cuerpo, ni su atención, mucho menos su corazón.
Ella asistió a cada evento social, gala, subasta benéfica. Sus padres también. David estuvo presente, siempre atrayendo atención y también respeto. Nunca se le había acercado, ni siquiera para invitarla a bailar.
Teniendo veinticuatro años, solamente había dejado de desearlo cuando falleció Lisandro y su tristeza no le permitió salir de casa. Al volver a verlo, su interés llegó como un huracán nuevamente.
Ella estaba convencida de sentir amor, deseo en estado puro. Amy, su única amiga, la segunda persona que la conocía además de Lisandro; creía que era obsesión, capricho.
Mirando a los invitados y evadiendo invitaciones de personas indeseadas, la noche transcurrió. Lo había observado con disimulo a David, hablando con muchas, coqueteando abiertamente con él la mayoría de ellas.
Amy se lo advirtió.
-Es lindo, si, pero es un mujeriego. ¿Sabes lo único que podrías conseguir con un idiota como él?- En su voz había molestia, desagrado
-Lo que yo quiero siempre lo consigo. Se que lo tendré- Amy tomó una nueva copa de champaña, la suficiente para no gritarle
-Te usará como a todas, si es que lo consigues- Dijo con pesimismo
Pero Luciana no entendía razones cuando se empecinaba con algo. David no sería la excepción. No solo sería una más en su cama, él enloquecería por ella.
Amy creyó que ni siquiera Lisandro, si viviera, podría abrirle los ojos. Ya imaginaba lo que pasaría y le preocupaba. Luciana tras su fallecimiento no era la misma, nadie lo notaba, pero ella si. Ella creía que su amiga pese a su obsesión, quería llenar un vacío con el hombre equivocado.
Cuando la velada terminó, ellas fueron a la mansión. Luciana lo hizo con mil hipótesis sobre David. Creía que él la deseaba, pero que no se atrevía a acercarse. Amy la escuchó, no la contradijo, pero creyó que todas esas palabras solo eran proyecciones en su imaginación.