Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 15: EL RESCATE
Alejandro está en un sótano.
No es un sótano cualquiera, es el búnker de su amigo de la infancia, el único hombre en quien confía ciegamente de verdad. Se llama Damián, y aunque no pertenece al mundo de la mafia, conoce sus reglas. Sabe cómo mover los hilos sin ser visto.
—Estás loco
dice Damián, entrando con una bolsa de provisiones.
—Quieres enfrentarte a Marcos en su propia casa, con su propio ejército, estando herido y sin respaldo.
—Sí.
—Y esperas vivir para contarlo.
—Espero sacarla a ella de ahí. Lo demás no importa.
Damián suspira. Es un hombre grande, y mirada cansada, pero hay bondad en sus ojos.
—Escúchame, Alejandro. Conozco a Marcos desde que éramos niños, igual que tú. Sé cómo piensa. Tiene a Scarlett en la mansión, sí, pero no está solo. Tiene al menos veinte hombres repartidos por la propiedad. Y seguro que la tiene vigilada constantemente.
—Lo sé.
—¿Y aún así quieres ir?
—Iría aunque hubiera cien hombres. Iría aunque estuviera en el infierno.
Damián lo mira largamente. Luego asiente.
—Entonces te ayudaré. Pero vamos a hacerlo a mi manera.
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En la mansión de Marcos, Scarlett ha establecido una rutina.
Se levanta temprano, desayuna por el bebé, y luego camina por el jardín trasero, siempre vigilada por al menos dos hombres. No intenta escapar, sabe que es imposible. Pero observa. Memoriza. Aprende.
Los guardias cambian cada seis horas. La puerta trasera tiene un sistema de alarma que se desactiva cada mañana para que el personal de jardinería entre. Las cámaras tienen puntos ciegos, especialmente en el ángulo donde los árboles crecen demasiado cerca de la pared.
No es mucho, pero es algo.
Marcos la visita cada noche. A veces solo habla, otras intenta tocarla, pero Scarlett siempre encuentra la manera de evitarlo. No sabe cuánto tiempo podrá mantenerlo a raya.
—Eres testaruda
dice Marcos la tercera noche.
— Me gusta.
—No me importa lo que te guste.
—Debería. Podría hacerte la vida imposible. Pero elijo no hacerlo. Por ahora.
—¿Y por qué?
—Porque quiero que estés entera cuando él venga. Quiero que me veas ganar.
Scarlett no responde, pero por dentro sonríe. Marcos está tan cegado por su odio hacia Alejandro que no ve el peligro real, ella.
Ella, que ha pasado tres días memorizando cada rincón de esta casa. Ella, que ha encontrado una horquilla olvidada en un cajón y la ha convertido en una ganzúa rudimentaria. Ella, que ha marcado en su mente cada movimiento de los guardias.
Cuando Alejandro venga, ella estará lista.
Pero Alejandro no viene.
Y los días pasan. Scarlett comienza a preocuparse.
No por ella, sino por él. ¿Y si está herido de verdad, Y si no puede venir, Y si Marcos tenía razón y Alejandro la ha abandonado?
—No
se dice a sí misma frente al espejo del baño.
—Él vendrá. Tiene que venir.
Pero la duda crece como una sombra.
Esa noche, Marcos llega con una botella de champán y dos copas.
—Celebremos
dice.
—¿Qué celebramos?
—Tu libertad. He decidido que te dejaré ir.
Scarlett lo mira sin creerle.
—¿Qué?
—Es verdad. Ya no me interesas. Eres demasiado problema. Así que mañana por la mañana, te llevaré al límite de la ciudad y te dejaré ir.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque no tengo motivos para mentir.
Se encoge de hombros.
—Alejandro no ha venido. Está claro que no le importas. ¿Para qué retenerte?
Las palabras son un puñal. Scarlett siente que le faltan las fuerzas, pero se obliga a mantener la compostura. Algo en su tono alerta a Scarlett. Demasiado fácil. Demasiado generoso.
—Mientes
dice.
— Tienes algún plan.
—¿Plan?
Marcos ríe.
—Siempre tan desconfiada. Pero no, no hay plan. Solo estoy aburrido de ti.
Se levanta y se dirige a la puerta.
—Prepárate. Saldremos al amanecer.
Cuando la puerta se cierra, Scarlett se sienta en la cama, temblando. ¿Y si es verdad, Y si Alejandro no viene, Y si realmente la ha abandonado?
No.
No puede ser.
Toca su vientre.
—Tu padre vendrá
susurra.
—Tiene que venir.
El amanecer llega demasiado rápido.
Scarlett está lista, vestida con la ropa que le dieron, esperando. La puerta se abre y Marcos entra con dos hombres.
—Vamos.
La conducen por los pasillos de la mansión, hacia la puerta trasera. Scarlett observa cada detalle, cada guardia, cada cámara. Algo no cuadra. Es demasiado fácil.
Cuando están a punto de salir, una explosión sacude la casa.
—¿Qué coño...?
grita Marcos.
Otra explosión. Más cerca. Luego disparos.
Y entre el humo y el caos, una figura aparece.
Alejandro.
Viene con el pecho descubierto, los tatuajes brillando con el sudor, un arma en cada mano. Detrás de él, Damián y otros hombres cubren su espalda.
—¡Scarlett!
grita.
—¡Alejandro!
Marcos la agarra del brazo, apretando con fuerza.
—¡Quieta!
gruñe.
— Un paso más y la mato.
Alejandro se detiene. Sus ojos negros se clavan en Marcos con una furia que hiela la sangre.
—Suéltala.
—No. Ahora verás cómo muere lo que amas.
Marcos levanta el arma, apuntando a la cabeza de Scarlett.
Ella cierra los ojos.
Pero el disparo no llega.
En su lugar, un golpe seco. Marcos suelta el brazo, tambaleándose. Scarlett abre los ojos y ve a Damián, con la culata de su arma aún levantada, habiendo golpeado a Marcos desde atrás.
—Corre
dice Damián.
Scarlett corre.
Corre hacia Alejandro, que ya viene hacia ella. Se encuentran en medio del caos, los disparos sonando a su alrededor, y él la abraza con una fuerza desesperada.
—Te tengo
susurra.
—Te tengo. No te voy a soltar nunca más.
—Alejandro
ella llora, aferrándose a él.
—Sabía que vendrías. Sabía que no me abandonarías.
—Nunca. Jamás.
Se besan con la urgencia de quienes han rozado la muerte, con la desesperación de quienes han estado separados demasiado tiempo.
—Tenemos que irnos
dice Damián, acercándose
—Esto va a explotar.
—¿Marcos?
pregunta Alejandro.
—Muerto. La explosión lo alcanzó.
Alejandro asiente, sin mirar atrás. Toma la mano de Scarlett y corren.
Fuera de la mansión, el caos continúa. Pero Damián ha preparado una ruta de escape, coches, documentos, un lugar seguro donde esconderse.
Cuando suben al vehículo y la mansión arde a lo lejos, Scarlett se recuesta contra Alejandro, temblando.
—Pensé que no vendrías
admite en voz baja.
— Marcos dijo que me habías abandonado.
—Nunca te abandonaría. Tardé en llegar porque tuve que prepararlo todo. Quería hacerlo bien. Quería sacarte de ahí sin que te pasara nada.
—Y lo hiciste.
Scarlett sonríe, por primera vez en días.
—¿Y ahora?
pregunta.
—Ahora desaparecemos. Tenemos dinero, documentos, un lugar adonde ir. Nadie nos encontrará.
—El FBI...
—Williams nos ayudó. Indirectamente. Quiere que desaparezcamos tanto como nosotros.
Scarlett asiente, comprendiendo. Es mejor así. Un final limpio, sin cabos sueltos.
Mira por la ventana mientras la ciudad se aleja. La mansión de Marcos arde, llevándose consigo sus pesadillas.
Toca su vientre.
—Nos vamos, pequeño
susurra.
— Los tres.
Alejandro pone su mano sobre la de ella.
—Los tres
repite.
—Siempre.
El coche se pierde en la carretera, hacia un futuro incierto pero juntos.
Y eso, piensa Scarlett, es suficiente.