Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 7: El Señor de la Muerte.
Sus labios tocaron los míos, y el mundo entero se desmoronó para dar paso a algo nuevo, algo que no tenía nombre ni explicación. Esperé frialdad, la sensación de tocar el hielo mismo, la muerte hecha carne. Pero lo que recibí fue fuego. Un fuego frío, intenso, que no quemaba la piel, sino que ardía en lo más profundo de mi ser, en cada rincón de mi alma, despertando todo lo que había estado dormido, todo lo que había anhelado, todo lo que había pedido con desesperación en mis últimos momentos de vida.
El beso no fue suave ni tímido. Fue una toma de posesión, una declaración de guerra y de amor al mismo tiempo. Azrael me sostuvo con fuerza contra su cuerpo, sus manos grandes y firmes recorriendo mi espalda, apretándome contra él hasta que no quedó ni un milímetro de distancia entre nosotros, fundiéndonos en una sola figura bajo la luz grisácea y eterna del pasillo. Sus labios se movieron sobre los míos con un hambre antigua, salvaje, que parecía tener milenios de espera acumulada, y yo, que nunca había sentido nada remotamente parecido, me entregué sin reservas, respondiendo con la misma intensidad, con la misma sed, con todo ese vacío que ahora se llenaba a borbotones de él, de su esencia, de su poder.
Mis manos, que temblaban hace apenas unos minutos, subieron por su pecho, duro y firme como una roca, hasta enroscarse en su cabello oscuro, suave y sedoso al tacto, tirando de él instintivamente, buscando más, necesitando más. Un gemido ahogado se escapó de mi garganta, y ese sonido pareció enloquecerlo aún más. Él gimió también, un sonido grave, profundo, que vibró contra mis labios, y profundizó el beso, invadiéndome, marcándome, haciéndome suya de una forma que iba mucho más allá de lo físico.
En ese instante, todo lo demás desapareció. Ya no existía Valeria, ni mi vida pasada, ni la tierra que había dejado atrás. Ya no existía el miedo, ni la confusión, ni la tristeza. Solo existíamos él y yo, aquí y ahora, en este reino de sombras, unidos por un pacto que yo misma había sellado con mi deseo. Y por primera vez en toda mi existencia, me sentí completa. Me sentí viva de verdad.
Se separó de mí lentamente, muy lentamente, como si le costara arrancarse de mis labios, como si quisiera saborear cada segundo, cada roce. Sus ojos grises, ahora brillantes, cargados de una pasión desbordante y de una oscuridad fascinante, se clavaron en los míos. Su respiración era pesada, acelerada, muy diferente a la calma absoluta que había mostrado antes, y me di cuenta de que yo también respiraba con dificultad, con el corazón —ese corazón nuevo, fuerte y eterno— latiendo a mil por hora en mi pecho.
—Esto… esto es solo el principio, Lysandra —dijo él, con la voz ronca, cambiada, llena de promesas y de peligro—. Lo que sientes ahora… es solo una pequeña parte de todo lo que puedo darte, de todo lo que somos el uno para el otro. Pero no aquí. No en los pasillos. Ven. Es hora de que conozcas el lugar donde vivirás, donde reinarás… y donde serás amada como ninguna otra mujer en la historia de la existencia.
Me tomó de la mano de nuevo, con esa firmeza posesiva que ya empezaba a reconocer, y continuamos caminando. Pero ahora todo era diferente. Ya no sentía el frío del suelo bajo mis pies, ni la pesadez del aire. Ahora todo parecía más brillante, más intenso, más real. Cada paso que daba a su lado me hacía sentir más fuerte, más segura, más suya.
Recorrimos pasillos que parecían no tener fin, con techos altos y abovedados, sostenidos por columnas de piedra negra tallada con figuras de ángeles caídos, bestias míticas y símbolos que no reconocía pero que sentía que conocía de algún modo. Las paredes estaban cubiertas de tapices antiguos, de colores oscuros y profundos, que contaban historias de tiempos inmemoriales, de reyes y reinas, de guerras y de amores eternos. La luz provenía de esferas flotantes que brillaban con una luz plateada y suave, que nos seguían a medida que avanzábamos, iluminando nuestro camino.
—Este es el Palacio de la Niebla Eterna —me explicó Azrael, mientras caminábamos, su voz resonando en el silencio—. Es el centro de mi reino, el corazón de todo lo que existe más allá de la vida. Es inmenso, infinito, y cambia según la voluntad de quien lo gobierna. Tiene salas, bibliotecas, jardines, terrazas, torres… todo lo que puedas imaginar, y mucho más. Y ahora, todo esto es tuyo también.
Miré a mi alrededor, maravillada y un poco abrumada. Todo era majestuoso, hermoso, pero también imponente, frío, lleno de una solemnidad que te hacía sentir pequeño ante tanta grandeza. Y, sin embargo, con él a mi lado, todo parecía cálido, familiar.
—¿Y tú… has vivido aquí todo este tiempo? —pregunté, mirándolo de reojo, viendo su perfil perfecto recortado contra la luz grisácea.
—Siempre —respondió él, con una sombra de melancolía cruzando su mirada—. Desde que el universo tuvo orden, desde que la vida y la muerte se separaron para mantener el equilibrio. Yo he estado aquí. Solo. Gobernando, juzgando, esperando. Mil años es mucho tiempo, Lysandra. Mucho tiempo para estar solo. Mucho tiempo para ver pasar a millones de almas, para ver nacer y morir civilizaciones, para ver amores que duran un instante y olvidos que duran para siempre. Y todo ese tiempo, sabía que te estaba esperando. Sabía que había alguien que podría entender lo que soy, lo que llevo dentro. Alguien que no se rompería ante mi oscuridad, sino que brillaría con ella.
Se detuvo frente a unas puertas dobles inmensas, más altas que cualquier cosa que hubiera visto antes, hechas de madera oscura y metal negro, adornadas con grabados de lunas, estrellas y alas. Eran imponentes, majestuosas, y de alguna manera, sentí que detrás de ellas se encontraba el corazón de este lugar.
—Este es tu espacio —dijo él, con un gesto solemne—. Nuestro espacio.
Sin necesidad de tocarla, las puertas se abrieron lentamente, soltando un suspiro profundo, como si el palacio mismo estuviera vivo y nos diera la bienvenida. Y lo que vi dentro me dejó sin aliento por segunda vez en tan poco tiempo.
Era una habitación inmensa, tan grande como una casa entera de mi vida anterior, con techos altísimos que se perdían en la penumbra, llenos de estrellas que brillaban débilmente, como si el cielo nocturno estuviera atrapado allí dentro. Las paredes eran de piedra oscura, pero cubiertas de sedas y terciopelos en tonos azules profundos, negros y plateados, que suavizaban la dureza de la roca. Al fondo, una ventana gigante ocupaba casi toda la pared, ofreciendo una vista espectacular del reino: un paisaje de colinas cubiertas de niebla eterna, ríos de agua oscura que brillaban como plata, bosques de árboles altos y delgados con hojas plateadas, y en la distancia, montañas negras que se alzaban hacia un cielo siempre gris, siempre crepuscular, hermoso y melancólico.