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El Umbral De Las Almas

El Umbral De Las Almas

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Mundo de fantasía
Popularitas:427
Nilai: 5
nombre de autor: Alicegxoxo

Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.

NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 : El jardinero

No puedo dormir.

Lo intento. De verdad que lo intento. Me acomodo hacia un lado, luego hacia el otro. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir y descubro que el techo continúa exactamente donde lo dejé hace cinco minutos, como si también él estuviera empeñado en recordarme que el sueño no piensa llegar esta noche.

Y el hombre del jardín tampoco se va.

No físicamente, claro. Ese debe de seguir dondequiera que vivan los hombres insoportablemente silenciosos. El problema es que su recuerdo se ha instalado en mi cabeza con una terquedad francamente irritante.

Resoplo, me cubro la cara con la almohada y dejo escapar un gemido ahogado.

—Esto es ridículo.

Estoy muerta. No recuerdo absolutamente nada de mi vida. Desperté en un lugar donde aparecen flores misteriosas en mi habitación y donde los recuerdos llegan en forma de heridas que nunca termino de comprender.

Y, aun así, mi cerebro ha decidido obsesionarse con un desconocido que responde con frases de dos palabras.

Definitivamente tengo las prioridades desordenadas.

Me incorporo de golpe.

—No.

No voy a pensar más en él.

Cinco minutos después camino exactamente hacia el mismo jardín.

Cruzo los brazos conmigo misma.

—Solo quiero hacerle una pregunta.

Mi propia voz suena tan poco convincente que termino soltando una risa.

—Qué conveniente.

El sendero está desierto. No hay rastro de Seraphine, de Gabriel ni del hombre insoportablemente silencioso que ha decidido instalarse en mis pensamientos. A esta hora el jardín parece distinto. Más silencioso. Más antiguo. Las flores blancas se balancean con suavidad bajo una brisa tan ligera que apenas consigue mover los pétalos.

Me acerco despacio y echo un vistazo a mi alrededor.

—¿Hola?

Nadie responde.

—¿Señor antipático?

Solo el murmullo de las hojas.

—¿Jardinero?

Otra vez silencio.

Hago una mueca.

—Bueno... si no estás, no es mi culpa.

Y, como cualquier persona que claramente está tomando decisiones excelentes, empiezo a caminar entre los senderos.

Hay algo extraño en este lugar.

No sé exactamente qué es, pero tengo la incómoda sensación de que me conoce. Como si mis pasos ya hubieran recorrido este camino mucho antes de que despertara aquí.

Sacudo la cabeza.

Otra vez esas sensaciones. Otra vez ese vacío empeñado en convertirse en un recuerdo.

No.

Hoy no.

Entonces escucho voces.

Muy cerca.

Instintivamente me escondo detrás del tronco de un árbol enorme.

—...Los sellos del Reino del Norte siguen debilitándose.

La voz es masculina y no la reconozco.

—Los dioses ya empezaron a sospechar —responde otra.

La curiosidad despierta de inmediato. Sé que no debería escuchar una conversación ajena, pero, desde que llegué a este lugar, he aprendido que las respuestas nunca aparecen por voluntad propia. Si quiero encontrarlas, tendré que ir tras ellas.

Asomo apenas la cabeza.

Cinco hombres con armaduras plateadas permanecen de pie formando un semicírculo.

Frente a ellos está él.

El hombre del jardín.

Mantiene la misma serenidad de siempre. Su expresión no revela absolutamente nada, como si hubiera aprendido a ocultar hasta el más mínimo pensamiento.

Uno de los soldados da un paso al frente.

El hombre inclina apenas la cabeza.

—Mi Emperador.

Frunzo el ceño.

¿Mi emperador?

Instintivamente miro a mi alrededor. No hay nadie más. Vuelvo la vista hacia el hombre vestido de negro y tardo un instante en entender lo evidente.

No.

Un momento.

¿Él?

Siento un pequeño vuelco en el estómago. El jardinero... ¿es un emperador? Ahora que lo pienso, la verdad es que nunca tuvo aspecto de jardinero. El problema es que tampoco parecía alguien capaz de gobernar un reino. Parecía, simplemente, alguien a quien nadie se atrevería a llevarle la contraria.

Antes de que alcance a escuchar el resto de la conversación, su voz vuelve a imponerse con la misma calma de siempre.

—Hablen más bajo. Tenemos compañía.

Toda la sangre abandona mi cara.

No.

No puede haberme descubierto.

Estoy escondida detrás de un árbol gigantesco. He sido cuidadosa. Ni siquiera he hecho ruido.

¿Verdad?

Uno de los hombres desenvaina la espada y otro levanta una mano, dispuesto a invocar algún tipo de magia.

Trago saliva.

Perfecto.

Voy a morir otra vez.

Y eso sería realmente humillante, porque ni siquiera llevo una semana en el Purgatorio.

Entonces él vuelve a hablar con la misma calma que parece envolverlo todo.

—Bajen las armas.

Nadie se mueve.

—Es una orden.

Los cinco obedecen de inmediato.

Yo, en cambio, sigo sin atreverme a respirar.

—No representa ninguna amenaza.

Mi corazón da un vuelco.

¿Cómo sabe que soy yo? Ni siquiera ha mirado en mi dirección.

Estoy tan concentrada intentando entenderlo que no percibo la presencia a mi espalda hasta que una mano me cubre la boca y un brazo me rodea la cintura para arrastrarme hacia atrás. El grito muere en mi garganta. Empiezo a forcejear sin pensar, lanzo un codazo, luego otro, y escucho un quejido ahogado.

—¡Deja de pegarme!

Reconozco la voz al instante.

Gabriel.

Sin detenerme a pensarlo, le muerdo la mano.

—¡Ay!

Me suelta de inmediato. Me giro hecha una furia al mismo tiempo que él se lleva la mano a la boca con expresión ofendida.

—¡¿Qué te pasa?!

—¡Eso iba a preguntarte yo!

—¡Casi me matas del susto!

—¡Tú estabas espiando una reunión imperial!

Parpadeo.

—Yo solo... bueno... quería hablar con el jardinero.

Gabriel se queda inmóvil. Parpadea una vez. Luego otra.

—¿Con quién?

Señalo hacia los árboles.

—Con él.

Gabriel sigue la dirección de mi dedo y su expresión cambia tan deprisa que, por un instante, tengo que contener las ganas de reír.

Gabriel cierra los ojos. Inspira hondo, tan hondo que por un momento llego a pensar que está reuniendo paciencia para no estrangularme. Cuando vuelve a abrirlos, me mira como si acabara de cometer el mayor sacrilegio de la historia.

—Nirvana... por favor, dime que no acabas de llamar jardinero al Primer Emperador Celestial.

Abro la boca para responder, pero no sale nada. La cierro otra vez, vuelvo la vista hacia el jardín y después regreso a Gabriel.

—Bueno...

Me encojo de hombros.

—Técnicamente... estaba en un jardín.

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Cristian Bermudez
Buen inicio de historia, está interesante. 🥰
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