En una manada donde todos nacen marcados por la Luna, Lyra es la única que jamás recibió una marca. Creció siendo ignorada, despreciada y tratada como un error incluso por quienes debían protegerla. Para la manada, alguien sin marca no tiene lugar, poder… ni valor. Pero todo cambia cuando comienza a encontrarse en secreto con Rowan, el heredero de una manada vecina que nunca la miró con rechazo. Mientras él le enseña a confiar en sí misma, Kael —el futuro alfa que siempre la despreció— empieza a verla de una forma diferente tras descubrir que Lyra oculta algo imposible. Entre antiguas profecías, secretos de las manadas y un poder que podría cambiarlo todo, Lyra tendrá que decidir quién es realmente… antes de que otros decidan por ella.
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intrusos
El miedo duró apenas unos segundos.
Porque inmediatamente después llegó otra sensación.
Furia.
Una furia antigua.
Salvaje.
Algo dentro de Lyra reaccionó a aquella presencia desconocida como si la reconociera.
Como si una parte de ella hubiera estado esperando ese momento.
La casa volvió a temblar.
Un rugido resonó afuera.
No era un lobo de su manada.
Era demasiado grave.
Demasiado poderoso.
Elira se aferró al brazo de su madre.
—Tengo miedo…
—Todo estará bien —mintió su madre.
Lyra podía escuchar los latidos acelerados de ambas.
Y muchos más afuera.
Cientos.
Su oído era cada vez más sensible.
Más preciso.
Más inhumano.
Entonces escuchó algo que hizo que su sangre se congelara.
—¡Busquen a la chica!
La voz provenía de la calle.
Un hombre desconocido.
—¡Encuentren a la chica sin marca!
El corazón de Lyra se detuvo.
Su madre palideció.
Elira la miró confundida.
Pero Lyra entendió inmediatamente.
Venían por ella.
No por la manada.
No por territorio.
Por ella.
Otro estruendo sacudió la aldea.
La puerta principal explotó hacia adentro.
Todas gritaron.
Astillas volaron por la habitación.
Y una figura enorme apareció entre el humo.
Un lobo.
Pero no completamente.
Era un guerrero transformado a medias.
Vestido con armadura oscura.
Sus ojos amarillos recorrieron la habitación.
Hasta detenerse en Lyra.
Y sonrió.
—La encontramos.
Su madre se colocó delante de sus hijas inmediatamente.
—¡Corran!
El hombre soltó una carcajada.
—No me interesa ninguna de ustedes.
Solo ella.
Señaló directamente a Lyra.
Y en ese momento algo extraño ocurrió.
El guerrero se quedó inmóvil.
Observándola.
Confundido.
Porque los ojos de Lyra acababan de volverse completamente rojos.
No parcialmente.
No como antes.
Completamente.
Un rojo brillante.
Antiguo.
El hombre dio un paso atrás.
—Imposible…
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Ya despertó?
Lyra no entendía nada.
Pero el miedo del intruso era real.
Lo veía.
Lo olía.
Y entonces escuchó una voz dentro de su cabeza.
La mujer del sueño.
Por primera vez sonaba preocupada.
“No permitas que te lleven.”
El guerrero recuperó la compostura.
—El rey tenía razón…
Sonrió lentamente.
—La heredera sigue viva.
El mundo pareció detenerse.
¿Heredera?
Lyra apenas tuvo tiempo de procesar la palabra.
Porque una sombra atravesó la pared lateral de la casa.
BOOM.
El intruso salió despedido varios metros.
Madera y piedra explotaron por todas partes.
Y una figura enorme aterrizó entre los restos.
Kael.
Sus ojos dorados brillaban ferozmente.
El lobo bajo su piel estaba completamente fuera de control.
Nunca Lyra lo había visto así.
Nunca.
Kael ni siquiera miró a Lyra.
Toda su atención estaba puesta en el hombre que acababa de llamar heredera a la chica que toda la manada consideraba una inútil.
—Tócala otra vez —gruñó— y te arrancaré la cabeza.
Y por primera vez…
Lyra comprendió que aquella noche cambiaría absolutamente todo.
Lyra no entendía qué estaba ocurriendo.
Ni por qué aquellos hombres la buscaban.
Ni qué significaba “heredera”.
Ni por qué Kael parecía dispuesto a matar por protegerla.
Pero una cosa sí entendía.
Su familia estaba en peligro.
Y algo dentro de ella despertó por completo.
El guerrero que había entrado en la casa se incorporó lentamente mientras otros intrusos aparecían detrás de él.
Demasiados.
La aldea entera se había convertido en un campo de batalla.
Los lobos de la manada peleaban en las calles.
Los gritos resonaban por todas partes.
—¡Llévense a la chica! —ordenó uno de los invasores.
Fue un error.
Un enorme error.
Porque en el instante en que escuchó esas palabras, algo salvaje explotó dentro de Lyra.
El aire pareció vibrar.
Sus ojos rojos brillaron intensamente.
Y por primera vez en su vida…
dejó de sentirse débil.
Un intruso intentó sujetarla del brazo.
Ni siquiera llegó a tocarla.
Lyra se movió por instinto.
Más rápido de lo que creía posible.
El hombre salió despedido contra una pared.
Inconsciente.
El silencio duró apenas un segundo.
Todos la miraron.
Incluso Kael.
Incluso su madre.
—¿Lyra…? —susurró Elira.
Pero Lyra apenas escuchó.
Su sangre rugía en sus oídos.
Otro atacante se lanzó hacia ella.
Esta vez lo esquivó con facilidad.
Como si pudiera prever cada movimiento.
Como si sus sentidos estuvieran años por delante de los demás.
Los invasores comenzaron a retroceder.
Ya no la observaban como a una presa.
La observaban con miedo.
—No puede ser…
—Es ella…
—La sangre roja…
Aquellos nombres no significaban nada para Lyra.
Solo sabía que estaba furiosa.
Furiosa por años de burlas.
Furiosa por el miedo de su hermana.
Furiosa porque toda su vida había sido tratada como un error.
Y ahora esas mismas personas venían a reclamarla como si les perteneciera.
—¡Atrápenla! —gritó alguien.
Tres guerreros avanzaron juntos.
Kael intentó llegar hasta ella.
—¡Lyra, espera!
Demasiado tarde.
Una oleada de energía roja recorrió el suelo.
Las antorchas cercanas se apagaron.
El viento se volvió salvaje.
Y los tres atacantes quedaron inmóviles.
Aterrados.
Como si estuvieran frente a algo mucho más antiguo que cualquier alfa.
Lyra respiró agitadamente.
Su propio poder la asustaba.
Porque ya no sentía el mundo de la misma manera.
Podía escuchar cada corazón.
Cada respiración.
Cada movimiento.
Y entre todos esos sonidos…
percibió uno conocido.
Uno que había escuchado cientos de veces en el bosque.
Rowan.
Venía hacia la aldea.
Rápido.
Muy rápido.
Y no estaba solo.
Su manada también había llegado.
La guerra apenas estaba comenzando.