Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 20 (+18)
Harold
—Si no te gusta, ¿por qué te casaste con ella? —le pregunto a mi hermano Lucas mientras me saco la camisa, listo para meterme al lago. La brisa fresca de la tarde acaricia mi piel, pero incluso eso no logra suavizar la pesadez en el ambiente.
—Porque creí que era lo correcto. Es lo que me enseñaste, ¿no? —responde Lucas, con un tono amargo que no puede ocultar.
—No creo que eso aplique para alguien que no amas, Lucas —le responde Daniel por mí, y yo asiento en silencio, mientras observo el agua cristalina del lago.
—Ni siquiera me acuerdo de lo que pasó. Estaba tan borracho que no recuerdo nada —admite Lucas, bajando la mirada. Entre los tres mayores nos cruzamos una mirada cargada de preocupación. Eso no era normal, ni para Lucas, ni para ninguno de nosotros.
—¿Le vas a hacer la prueba de paternidad cuando nazca? —pregunta Daniel, sin rodeos.
—Sí. Tampoco la conozco hace mucho —contesta Lucas, y ahí está de nuevo esa mirada entre nosotros. Algo no cuadra, y lo sabemos.
—¿Hace cuánto la conoces? —me atrevo a preguntar, aunque todos compartimos la misma curiosidad.
—Unos cinco o seis meses —responde él, con una sinceridad que solo confirma nuestras sospechas.
—Dios, te la hicieron —dice Martín, soltando una carcajada mientras corre hacia el lago. —¡El que pierda es un huevo podrido!
—¿No estamos muy viejos para esto? —protesta Daniel, aunque yo ya estoy corriendo antes de que termine la frase.
—Yo no seré el huevo podrido —grita Lucas mientras nos sigue, y, como siempre, sabemos quién será el perdedor. Al final, todos terminamos en el agua, como si el tiempo retrocediera y volviéramos a ser los niños despreocupados que éramos antes.
Entre risas, salimos nuevamente mojados, con el corazón ligero. Ese éramos nosotros: unos hermanos que, a pesar de estar siempre ocupados, encontrábamos la manera de disfrutar el tiempo juntos. Porque, al final, estos momentos eran los que más valorábamos.
—Hablamos mucho de la mujer de Lucas. Ahora sigue la tuya —dice Daniel mientras se seca con una toalla.
—¿Qué quieren saber? —pregunto, mirándolos con sospecha, porque ya sé que esto no terminará bien.
—¿Lo has hecho con ella? —suelta Martín, directo y sin vergüenza.
Pongo los ojos en blanco. —¿Es eso lo que importa?
—No, pero uno no deja de ser chismoso —responde Martín, riendo con esa despreocupación que lo caracteriza.
—Eres un idiota, ¿sabes? —le digo, y luego miro a mis otros dos hermanos—. Ustedes también, por apoyarlo. Pero no, no lo hemos hecho. Quiero que sea especial. Ella ha pasado por mucho, ¿saben?
Los tres me miran en silencio, como si estuvieran procesando mis palabras. Por un momento, veo algo parecido al respeto en sus ojos.
—No sé, pero queremos que seas feliz, aunque no nos hayas invitado a una gran boda —dice Daniel, con un toque de reproche.
—De hecho, nos casamos civilmente no hace más de una semana —admito, y las miradas de juicio no se hacen esperar.
—Solo falta que se le salga la baba —se burla Daniel, señalando hacia donde Lía está sentada, observándome con una intensidad que me hace sonreír. Pero no solo ella está mirándome. También noto la mirada fija de alguien más, alguien que no debería estar mirándome de esa forma.
Me acerco a Lía, dejando un beso suave en su frente. Es mi manera de decirle que ella es la única que importa. Sus ojos brillan, y sé que lo ha entendido.
—¿Me acompañas a la habitación? —le murmuro al oído. Lía asiente sin dudarlo y se levanta para seguirme.
Antes de irnos, noto la mirada perdida de Lucas. Mi hermano menor está sufriendo, y no puedo evitar sentir una punzada de culpa. Él siempre fue el más afectado por la ausencia de nuestros padres. Aunque la abuela hizo lo mejor que pudo, nada podía reemplazar a una madre. Lucas había elegido un camino diferente al nuestro, persiguiendo su pasión por el diseño gráfico, pero esa independencia parecía haberle cobrado un precio emocional.
Cuando llegamos a la habitación, Lía no tarda en soltar su primera pregunta.
—¿Hace cuánto conoce tu hermano a esa mujer? —me pregunta mientras se sienta al borde de la cama, su expresión llena de incredulidad.
—Según lo que hablamos, unos cinco o seis meses —respondo, dejando escapar un suspiro.
Lía hace una mueca, como si tratara de procesar la información. —Ella no parece que tenga menos de siete meses.
—Lo sé. También lo notamos. Lo mejor será esperar hasta que nazca. Es una lástima por Lucas… y por la madre del bebé.
—Sí, pero, ¿viste cómo se te quedó mirando? —dice Lía, cruzando los brazos, lo que solo hace que resalten aún más sus curvas, esas que dentro de unos meses serán aún más nuestras.
—¿Celosa? —le pregunto, divertido, mientras busco algo cómodo para cambiarme.
—¿Es feo decir que sí? —responde, casi susurrando, pero cuando me volteo, veo la honestidad en sus ojos.
—¿De verdad estás celosa? —le pregunto, acercándome.
—¡Sí! Mucho. ¡Tú eres mío! —exclama, y sus ojos se llenan de lágrimas. —No debí decir eso —agrega, tratando de ocultar su rostro, pero yo ya estoy soltando una carcajada.
Sin dudarlo, la abrazo y le doy un beso. —Eres tan hermosa, ¿lo sabías? —le digo, dejando que todo el amor que siento por ella se refleje en mi voz.
—No, gracias por decirme —Me responde cerca de mis labios, tenía sus manos en mis brazos, sus ojos se desviaban para mirar mi cuerpo.
—Oh, te gusto mucho, ¿no? —Susurro en su oído y escucho el gran suspiro que da, cuando la miro de reojo, tiene los ojos cerrados, le doy leves besos en su cuello, un nuevo suspiro sale de sus deliciosos labi*os.
Me relamo los labios, ¿no sería muy especial hacerlo en una cabaña? Sí, sería encantador. Comienzo a besarla, un beso que se vuelve un poco intenso en cuestión de segundos, que ella termina recostada en la cama por completo y yo encima de ella, es cuando la veo agitada.
—Espero no me dejes como las otras veces, debes terminar tu trabajo, es tu deber como esposo.
—¿no es un contrato? —Lía, con una autoridad y dominación en estos casos, me agarra del mentón y me acerca a su rostro.
—Me foll*as, porque me foll*as, Harold —Y si ya la tenía como piedra, eso me prendió por completo. Retrocedo, para quitarme el pantalón de baño, dejando al aire —¿no tenías ropa inter*ior?
—¿Para qué? —Sus ojos no se dejan de mirarlo, estaba agitada, hasta que vuelve a mis ojos y me sonríe con maldad, me confundo unos microsegundos, hasta que la veo quitarse todo, con una agilidad, no le importa donde cae las prendas. Iba a decir algo, hasta que me corto por completo, porque la veo abrir las piern*as, ella solita, mostrando una entrad*a en primera plana húmeda.
Trago fuertemente, ¿era mi turno de babear?
—¿No es mejor tenerlo dentr*o? —Efectivamente, no podía discutir con la jefa.
—Esto no me define como persona, yo tengo autocontrol, pero me rompiste —Digo mientras me acerco y alineo a su lindo lugar —No voy a parar, aunque chilles —Era mentira, pero la expresión de Lía era que le había encantado escuchar eso, me dio la suficiente motivación para entr*ar de un solo golpe.
Un gemid*o de parte de ella y mío lleno la habitación. No me importaba que mi familia estuviera por ahí, ellos eran liberales, y no me podían juzgar con la mujer que me mandaba. Una, dos, tres, no me detenía, solo lo hacía lo más dur*o posible, ¿Lía? Parecía en otro mundo poniendo los ojos en blanco.
—Extrañaba tanto esto —La escucho murmurar, una ola de celos me recorre, ella no debía pensar haciendo con otros. Sigo mis instintos más básicos, y le agarro uno de sus pech*os fuertemente, para jalar uno de sus pezon*es, me tengo que detener en seco, porque me había apretado de una manera exquisita.
—Eres bien masoquist*a —Ella se ríe.
—Te encanta.
—Eso queda cortísimo —Le respondo también con un fuerte movimiento contra ella, grita y la siento temblar. Ya había llegado, ahora era mi turno —Muñeca, ahora vas a entender el significado de cog*er, me mira sorprendida, pero no me tiene.
Cuando estoy cerca, la siento también a ella, mientras sus piernas no dejan de temblar. Por fin podía decir que esta mujer era mía, porque así sería. Era hermosa, en todos los sentidos de la palabra.
Ambos nos cambiamos con calma, disfrutando de esos pequeños momentos juntos en la habitación. Elegí una camisa ligera y fresca, mientras Lía se decidió por un vestido sencillo que, aún con su modestia, resaltaba toda su belleza natural. Cuando nos vimos frente al espejo, no pude evitar sonreír. Ella me devolvió la sonrisa, pero la chispa traviesa en sus ojos me recordó cuánto la amaba.
Al salir para unirnos a los demás, el aire se sentía distinto, más pesado. Quizás era mi imaginación, pero había algo en el ambiente que me ponía en alerta. Martín, como siempre, fue el primero en comentar algo, con esa mirada burlona que le hacía imposible pasar desapercibido. No era necesario que hablara; su expresión lo decía todo. Reí bajo mi aliento, sacudiendo la cabeza, porque con él siempre era igual.
Sin embargo, lo más incómodo no era Martín. La verdadera tensión la traía la mujer de Lucas. Ahora lucía un vestido mucho más escotado que antes, y aunque trataba de mostrarse casual, sus gestos exagerados parecían calculados para llamar la atención de todos los presentes. Mis ojos se desviaron hacia mi abuela, que estaba sentada cerca de la mesa del comedor. Su rostro lo decía todo: fruncía los labios y desviaba la mirada cada vez que la mujer de Lucas se movía, como si con eso pudiera ignorarla por completo. Era evidente que no aprobaba su presencia, y mucho menos su actitud.
Por fin, mi padre y mi abuelo hicieron su aparición, cargando con orgullo los frutos de su pesca del día. Habían estado ausentes toda la tarde, pero su energía llenaba el lugar de inmediato. Mi abuelo, con su sombrero de pescador y esa sonrisa que siempre parecía tener un cuento listo para contar, saludó a todos con un gesto amplio. Mi padre, más reservado pero igual de contento, simplemente dejó los cubos llenos de pescado cerca de la cocina y buscó a mi madre con la mirada.
Lía se acercó a mí y me tomó del brazo, dándome un apretón suave, como si quisiera recordarme que ella estaba ahí, a mi lado. Sus ojos me buscaron, y en ellos encontré la misma incomodidad que yo sentía. Compartimos un breve intercambio de miradas, y supe que no estábamos solos en nuestra impresión.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.