Ella renace decidida a cambiar su destino y a sobrevivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Krugher 3
El ambiente en el despacho seguía siendo tenso.
Ninguno de los dos había cedido un solo paso.
Jean observó a Davina durante unos segundos.
Después caminó hasta su escritorio y tomó asiento con la misma serenidad de siempre.
Con un ligero movimiento de la mano señaló el sillón frente a él.
—Si vamos a discutir este asunto, prefiero hacerlo sentados.
Davina dudó unos segundos.
Al final aceptó.
Se sentó frente al escritorio, aunque mantuvo la espalda completamente recta.
Estaba preparada para seguir defendiendo su postura.
Sin embargo...
Lo primero que dijo el duque la tomó completamente por sorpresa.
—Sé por qué cambió.
Davina sintió un escalofrío.
[¿Qué?]
[¡No!]
[¡No lo sabes!]
Intentó mantener una expresión tranquila.
—¿A qué se refiere?
Jean la observó directamente a los ojos.
—A su marca de alma.
Davina frunció el ceño.
—¿Mi qué?
El duque parecía sorprendido.
—¿Nadie se lo explicó?
Ella negó lentamente.
Jean entrelazó las manos sobre el escritorio.
—En ocasiones muy poco frecuentes, algunas personas despiertan una marca de alma.
Hizo una breve pausa.
—Cuando eso ocurre, comienzan a recordar las vidas que su alma ha vivido anteriormente.
Davina sintió que el corazón empezaba a latir cada vez más rápido.
Jean continuó hablando con absoluta naturalidad.
—Para quien lo experimenta, la sensación suele ser muy real. Como si hubiera reencarnado dentro del cuerpo de otra persona. Pero no es así. Lo que despierta son los recuerdos acumulados de vidas anteriores. Nada más.
Davina dejó de respirar por un instante.
[¿Qué?]
Su silla rechinó contra el suelo.
Se puso de pie tan rápido que casi la derribó.
Miró al duque.
Luego volvió a mirarlo.
Después otra vez.
[¿Cómo?]
[¿Cómo puede saber eso?]
[¿Este mundo ya conoce la reencarnación?]
[¿O realmente nunca reencarné?]
Su cabeza era un completo desastre.
Jean arqueó apenas una ceja.
—Lady Davina.
Ella seguía mirándolo como si acabara de revelar el mayor secreto del universo.
Finalmente logró formular una pregunta.
—¿Cómo... sabe eso?
El duque guardó silencio.
No respondió.
Davina tragó saliva.
Su imaginación comenzó a trabajar a toda velocidad.
[¿Será por su magia de oscuridad?]
[¿Existe alguna magia que permita ver recuerdos?]
[¿Puede leer pensamientos?]
Cuantas más posibilidades imaginaba...
Más nerviosa se sentía.
Y entonces...
Sin pensarlo.
Sin medir las consecuencias.
Hizo la peor pregunta posible.
Con una voz mucho más baja de lo normal.
—Entonces... ¿También sabe... que en esos recuerdos... mi bebé y yo moríamos?
Silencio.
Absoluto.
El despacho pareció congelarse.
Jean permaneció inmóvil.
Durante un segundo.
Dos.
Tres.
Después habló.
Pero esta vez su voz había perdido toda la calma.
—¿Qué dijo?
Davina sintió que todo su cuerpo se tensaba.
[Maldición.]
[Eso no lo sabía.]
Sonrió con evidente nerviosismo.
—Bueno... Quizás me expliqué mal.
Jean se puso lentamente de pie.
—Repita exactamente lo que acaba de decir.
Ella comenzó a retroceder un paso.
—No era importante.
—Sí lo era.
—Creo que mejor podríamos hablar de otra cosa.
—No.
La voz del duque fue firme.
—Explíquese.
Davina levantó ambas manos.
—En realidad... No es asi..
—Lady Davina.
Ella desvió la mirada.
—Hace buen clima hoy.
Jean ni siquiera pestañeó.
—No cambiará de tema.
Ella señaló la ventana.
—Creo que lloverá mañana.
Silencio.
[¿Por qué no coopera?]
El duque dio un paso hacia ella.
No era una amenaza.
Pero su presencia imponía respeto.
—¿Qué quiso decir con que usted y el bebé morían?
Davina tragó saliva.
—No lo recuerdo bien.
—Miente.
—Es una confusión.
—También miente.
Ella soltó una risa completamente falsa.
—Jajaja... Qué conversación tan curiosa.
Nadie respondió.
Davina dejó de reír inmediatamente.
[Este hombre da miedo.]
Intentó escapar una vez más.
—Creo que tengo hambre.
—Después comerá.
—Tengo sueño.
—Después descansará.
—Quizás debería ir al baño.
Jean respiró profundamente.
—Lady Davina.
Ella levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que comenzó aquella conversación...
El duque mostraba una preocupación que no intentaba ocultar.
—Si existe aunque sea la más mínima posibilidad de que usted o mi hijo corran peligro... Necesito saberlo.
No era una orden.
Era la voz de un hombre profundamente preocupado.
Aquello hizo que Davina bajara lentamente la guardia.
Permaneció varios segundos en silencio.
Hasta que finalmente volvió a sentarse.
Jean hizo lo mismo.
Ella respiró hondo.
Muy hondo.
—Lo que voy a contarle...
Suena completamente absurdo.
Él simplemente respondió.
—La escucharé.
Davina cerró los ojos unos segundos.
Después comenzó.
—Cuando despertaron mis recuerdos... Vi toda la vida de Davina Evans. Desde que era una niña... Hasta su muerte.
Jean permanecía completamente inmóvil.
No interrumpió ni una sola vez.
—Vi el baile. La noche que pasamos juntos. Vi cómo yo descubría que estaba embarazada. Y también vi lo que decidió hacer.
Bajó lentamente la mirada.
—Ella tenía miedo. Muchísimo miedo.
Respiró profundamente.
—Creía que usted jamás la aceptaría. Que la señalarían. Que avergonzaría a su familia. Por eso... Decidió ocultar el embarazo.
Jean apretó lentamente los puños.
Davina continuó.
—Usó fajas todos los días. Muy apretadas. Para que nadie notara que esperaba un bebé.
La mandíbula del duque comenzó a tensarse.
—No buscó un médico. Tampoco un sanador. Ni siquiera un mago o a alguien especializado en embarazos. Solo siguió fingiendo que estaba enferma. Hasta convencer a todos de enviarla a la residencia del campo.
Cada palabra hacía que el rostro del duque se volviera más serio.
—Allí pensaba dar a luz completamente sola. Y después... Entregar al bebé en adopción.
El silencio pesaba sobre toda la habitación.
Davina sintió un nudo en la garganta.
—Pero nunca llegó a hacerlo.
Su voz comenzó a quebrarse.
—El bebé nació muy enfermo. Las pocas personas que la atendieron dijeron que su pequeño cuerpo no había recibido suficiente maná durante el embarazo. Que la falta de atención mágica... Y la presión constante de las fajas... Habían afectado gravemente su desarrollo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Vivió muy poco. Apenas... Unas horas.
Jean cerró lentamente los ojos.
Sus manos seguían apretadas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.
Davina respiró con dificultad.
—Y después... Yo... No... Davina. Ella... También murió. Las complicaciones del parto. La pérdida de sangre. Y el desgaste de tantos meses ocultando el embarazo.
El despacho quedó completamente en silencio.
No había nada más que decir.
Jean no hablaba.
No se movía.
No apartaba la vista de ella.
Dentro de su pecho comenzaba a crecer una mezcla de emociones difícil de controlar.
Rabia.
Dolor.
Alivio.
Rabia, porque esa tragedia había estado a punto de ocurrir.
Dolor, por imaginar a un hijo que habría muerto sin siquiera tener la oportunidad de vivir.
Y alivio...
Porque ahora conocía ese futuro antes de que pudiera hacerse realidad.
Y mientras observaba a la mujer sentada frente a él, comprendió que, gracias a aquellos recuerdos que ella tanto temía, ambos habían recibido una segunda oportunidad para salvar la vida de su hijo... y también la de ella.
que en las noches se buscan a ver si algo hace que dejen ese orgullo para que su hijo nazca en un lugar estable con padres dejen su orgullo por el
Si me reí, pero se pasó de descarada, y Jean no va dejar de pasar la. oportunidad de satisfacerse de su esposa tóxica masoquista , pobre criatura cuando sea grande y pregunté cómo eran sus padres 🤣🤣
me fascina leer