Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo II Leonardo Sterling
Leonardo Sterling era un hombre poderoso, movido únicamente por un sentimiento de venganza que le carcomía el alma.
A los diez años, presenció cómo le arrebataban a sus padres con el único fin de ganar posición en un mundo donde solo el poder y el dinero dictaban las reglas. Aquella pérdida marcó el fin de su infancia y el inicio de una obsesión.
Ahora, veinte años después, finalmente estaba de regreso en el país. Sin embargo, apenas puso un pie en su tierra, fue recibido por una emboscada que buscaba silenciarlo para siempre; por muy poco, lo logran.
Cuando despertó, se encontró en una habitación extraña. La voz de su mano derecha llamó su atención, pero la debilidad de su cuerpo solo le permitió articular unas cuantas palabras.
En ese momento, Daniela se acercó para revisar su estado. Al verla, Leonardo se sintió atraído de inmediato por la belleza de la joven doctora. Sus ojos ámbar parecieron penetrar hasta lo más profundo de su piel, despertando en él algo que creía haber olvidado.
Leonardo se quedó observando a la doctora mientras ella intentaba alejarse, pero una simple mirada suya bastó para que sus hombres le bloquearan la salida una vez más.
—Su jefe ya despertó y, por lo que veo, se encuentra muy bien. Mi trabajo aquí ha terminado —sentenció Daniela, con una molestia cada vez más evidente en su voz.
Los guardias de Leonardo no respondieron; permanecieron inmóviles, como estatuas, esperando la orden de su líder.
—Disculpe a mis muchachos, ellos solo cumplen órdenes. Por favor, doctora, acérquese —intervino Leonardo.
Daniela giró sobre sus talones, lanzándole una mirada gélida.
—Señor Sterling, si necesita algo más, puedo enviarle a una enfermera para que lo ayude...
—No necesito a ninguna enfermera. Usted me puede ayudar —interrumpió él con una voz de mando que no admitía réplicas—. Enrique, espérame afuera y que nadie me interrumpa.
Enrique asintió y salió de la habitación junto al resto de los guardias, dejando a Daniela a solas con él. Ella sintió una punzada de miedo recorriéndole la espalda, pero se obligó a mantener el control.
—Acérquese, por favor —pidió Leonardo, esta vez suavizando el tono.
Daniela caminó hacia él con cautela. No tenía idea de cuáles eran las intenciones de aquel hombre.
—¿Qué desea, señor? —preguntó con impaciencia.
—Sé que todo esto es muy extraño y seguramente piensa que soy un delincuente o algo peor, pero las cosas no son así. Necesito a una persona de confianza a mi lado mientras mis heridas sanan, y considero que usted es la ideal para esa tarea.
—Disculpe, señor —interrumpió Daniela, desconcertada—, pero usted no me conoce como para afirmar que soy de confianza. Además, no puedo hacer por usted más de lo que ya he hecho.
—Se equivoca, doctora. Usted puede seguir atendiendo mis heridas. Acabo de llegar a este país y no confío en nadie más que en usted para cuidarme.
—Lo siento, pero ya cumplí con mi deber. Además, insisto: no me conoce. Podría resultar que no soy lo que usted cree.
—Sé que es una buena persona y que puedo confiar en usted. Si no fuese así, me habría dejado morir en esta misma cama.
Daniela se quedó en silencio, incapaz de rebatir una lógica que golpeaba directamente su juramento médico.
—¿Y si me niego? —preguntó ella, sosteniendo la mirada con firmeza.
—Entonces tendría que hacer algo de lo que seguramente me arrepentiría. Por lo que veo, este hospital le importa mucho, doctora... Sería una verdadera lástima que se quedara sin fondos y tuviera que cerrar sus puertas definitivamente.
Era obvio que Leonardo estaba lanzando una amenaza directa envuelta en cortesía, lo que provocó que un escalofrío recorriera la espalda de Daniela.
—¿Me está amenazando? —inquirió la joven, indignada.
—No, eso no sería propio de un caballero. Solo le advierto sobre lo que otras personas con influencia podrían hacer.
—Usted piensa que soy idiota. Sé perfectamente que me está amenazando, pero no se lo permitiré. Yo también tengo medios para asegurar que este hospital siga funcionando sin necesidad del dinero de nadie —replicó ella, haciendo un esfuerzo por no revelar la magnitud del apellido Santos.
—Ja, ja, ja... —Leonardo soltó una risa seca que terminó en una mueca de dolor por sus heridas—. No tiente a la suerte, doctora. Además, sé que no me dejará morir; usted es una profesional con una ética intachable y me ayudará hasta que recupere mis fuerzas y pueda valerme por mí mismo.
Daniela lo miró con desconcierto; no lograba comprender el interés de ese hombre en mantenerla a su lado a toda costa.
—Seré su doctora mientras esté en este hospital. Después de eso, tendrá que conseguirse a otra persona que lo atienda —sentenció ella.
Leonardo sonrió para sus adentros, consciente de que, cuando él se interesaba en una mujer, no descansaba hasta conquistarla.
—Está bien, acepto sus condiciones. Solo una última petición —dijo Leonardo, captando de nuevo la atención de una Daniela ya agotada.
—¿Ahora qué desea? —preguntó ella con evidente fastidio.
—Cuando reciba el alta, aceptará una cena conmigo.
Daniela le dedicó una sonrisa sarcástica y, sin emitir palabra, salió de la habitación. Leonardo se quedó mirándola fijamente; era un conquistador innato y estaba convencido de que enamorar a la doctora sería una tarea sencilla.
Sin embargo, la noche resultó ser más complicada que el día. Daniela no había podido abandonar el hospital, ya que Leonardo ordenó a sus hombres que impidieran su salida, destruyendo así sus planes con Diego. Lo que más le preocupaba era que su novio no la había llamado en todo el día; el silencio de su teléfono empezaba a pesarle.
Decidió ser ella quien se comunicara, temiendo que algo malo le hubiera sucedido. Pero justo cuando iba a marcar, Andrés —la mano derecha de Leonardo y el mismo sujeto que la había arrastrado antes— la detuvo.
—Doctora, es hora de que revise a mi jefe. Es casi medianoche y se está quejando del dolor.
Daniela hizo una mueca de irritación pura.
—Es un hombre grande y peligroso, ¿acaso no puede aguantar un poco de dolor? —replicó ella con ironía.
Sin más opción, caminó escoltada por el guardaespaldas hacia la habitación de su paciente. En ese momento, lo único que deseaba era darle el alta y no volver a saber de él jamás.