Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23 Un sentimiento que crece en silencio
Narra Aurora
Habían pasado cinco meses desde que llegué a la hacienda de don Maximiliano. Si alguien me hubiera dicho el día que crucé ese portón enorme que mi vida iba a cambiar tanto, seguramente no le habría creído. Yo venía de Boyacá con una maleta llena de ropa, muchos miedos y un corazón herido por las cosas que me habían pasado. Lo único que quería era trabajar con honestidad, ganarme el sustento y empezar de nuevo.
Con el tiempo fui aprendiendo cada rincón de la hacienda. Ya sabía a qué hora cantaban los gallos, cuándo era el momento de sacar el ganado a pastar y hasta reconocía el sonido del viento cuando anunciaba lluvia. La gente me recibió muy bien. Eran personas trabajadoras, sencillas y muy amables. Poco a poco dejaron de verme como la muchacha nueva y comenzaron a tratarme como parte de la familia.
Todos los días comenzaban muy temprano. Antes de que saliera el sol ya estaba de pie, preparando café y organizando las labores del día. A mí siempre me enseñaron que el trabajo digno nunca avergüenza a nadie, y eso era algo que llevaba muy presente desde niña.
Don Maximiliano no permanecía en la hacienda todo el tiempo. Él tenía otros negocios y debía viajar constantemente, pero cada cierto tiempo llegaba para verificar que todo estuviera funcionando bien. Revisaba los cultivos, hablaba con los trabajadores, inspeccionaba los establos y preguntaba cómo iban las cosechas. Siempre estaba pendiente de cada detalle.
A todos nos gustaba cuando llegaba, porque aunque era un hombre serio, también era muy respetuoso. Nunca lo vi humillar a nadie ni levantar la voz sin motivo. Si había un problema, buscaba la manera de solucionarlo con calma.
Yo procuraba mantenerme tranquila cada vez que él aparecía, pero la verdad era otra.
Cada vez que escuchaba el sonido de su camioneta entrando por el camino principal, mi corazón comenzaba a latir más rápido.
—Ay, Virgen Santísima... ¿y ahora qué me pasa? —me decía para mis adentros.
Intentaba convencerme de que solo era admiración.
Que lo respetaba porque era un buen patrón.
Que simplemente era agradecimiento por haberme dado una oportunidad.
Pero mientras más pasaban los días, más difícil era engañarme.
Ese sentimiento iba creciendo poquito a poco, como cuando una semilla comienza a brotar sin que uno se dé cuenta.
Aquella mañana él llegó más temprano de lo acostumbrado.
Llevaba un sombrero aguadeño, botas pantaneras y una camisa blanca arremangada. Caminaba con seguridad mientras saludaba a todos los trabajadores.
—Buenos días, muchachos.
—Buenos días, don Maximiliano —respondieron casi al mismo tiempo.
Yo estaba acomodando unos documentos cuando él entró a la oficina.
—Buenos días, Aurora.
Sentí que hasta el aire me faltó por un instante.
—Muy buenos días, don Maximiliano.
—¿Cómo ha estado?
—Muy bien, gracias a Dios. Todo ha marchado como usted dejó indicado.
Él sonrió con esa tranquilidad que tanto lo caracterizaba.
—Me alegra escuchar eso.
Comenzamos a revisar unas cuentas y a hablar sobre los avances de la hacienda. Yo trataba de concentrarme en los números, pero cada vez que levantaba la mirada me encontraba con sus ojos y volvía a perder el hilo de la conversación.
¡Qué pena conmigo!
Nunca me había pasado algo así.
Yo, que siempre había sido tan centrada, ahora parecía una muchacha de colegio suspirando por cualquier cosa.
Cuando terminó de revisar los informes, me dijo:
—Ha hecho un excelente trabajo, Aurora. La verdad, estoy muy satisfecho con todo lo que ha hecho estos meses.
Esas palabras me llegaron al corazón.
No porque necesitara que me alabara, sino porque venían de una persona que admiraba profundamente.
—Muchas gracias, don Maximiliano. Solo hago mi trabajo.
Él sonrió nuevamente.
—Y lo hace muy bien.
Después salió para seguir recorriendo la hacienda.
Yo me quedé observándolo desde la ventana hasta que desapareció entre los árboles.
Suspiré sin darme cuenta.
—No sea boba, Aurora —me regañé en voz bajita—. Usted vino fue a trabajar, no a ponerse a pensar en esas cosas.
Pero por más que quisiera convencerme, mi corazón no hacía caso.
Cada visita de don Maximiliano se convertía en el mejor momento de mis días.
Esperaba escuchar su voz.
Esperaba verlo sonreír.
Esperaba cualquier excusa para hablar con él unos minutos.
Y eso comenzaba a darme miedo.
Porque él era el dueño de la hacienda.
Un hombre respetado, inteligente y exitoso.
Mientras que yo solo era una muchacha boyacense que había llegado buscando una oportunidad.
No sabía si algún día él podría fijarse en mí de una manera diferente.
Tal vez nunca pasaría.
Tal vez todo aquello solo existía en mi imaginación.
Pero había una verdad que ya no podía seguir ocultándome.
Después de cinco meses viviendo en aquella hacienda, mi corazón había empezado a enamorarse de don Maximiliano... y cada día que pasaba era mucho más difícil luchar contra ese sentimiento.