A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23
El sol de la tarde caía sobre las avenidas de la ciudad, pero para Adrián y Sienna, el ambiente nunca se había sentido tan gélido y hostil. El veredicto de la alta sociedad y de los tribunales corporativos había sido unánime, fulminante y definitivo. Tras confirmarse los desfalcos financieros y el fraude que Thiago había expuesto ante la junta directiva, la quiebra económica de la pareja traidora se consolidó en cuestión de semanas. Los teléfonos que antes ardían con invitaciones a galas exclusivas ahora devolvían un silencio sepulcral, y las puertas de los clubes más selectos se cerraban en sus narices con una frialdad corporativa implacable.
La humillación final llegó desde el propio seno familiar. Estela de Sánchez, manteniendo su postura aristocrática y el orgullo del apellido intacto, les retiró de forma oficial cualquier tipo de asignación económica, cobertura legal o apoyo moral. La matriarca, que alguna vez había cuestionado el origen y las intenciones de Valery, finalmente había abierto los ojos. En una reunión privada en la constructora, Estela había firmado los traspasos de poder definitivos y, ante los ejecutivos principales, había aceptado a Valery como la única, legítima y verdadera señora Sánchez, dándole su bendición y su lugar en la cabecera de la dinastía.
Sin un centavo en las cuentas, despojados de sus autos de lujo y con la amenaza latente de demandas penales que Thiago mantenía en pausa solo por respeto al apellido familiar, Adrián y Sienna se vieron obligados a empacar sus pertenencias en maletas baratas. El apartamento de soltero fue confiscado, y la pareja traidora tuvo que abandonar la ciudad bajo el manto de la noche, huyendo hacia una provincia lejana para empezar desde cero, enterrados en el anonimato, el rechazo y la miseria de haberlo perdido todo por su propia codicia.
En el ático de la Constructora Sánchez, Valery observaba desde el inmenso ventanal el paisaje urbano, sosteniendo una copa de champán rosado. Vestía un minivestido de seda color champán con tirantes finos que caía con una provocación perezosa sobre sus curvas fluidas, destacando el brillo de su piel canela bajo los últimos rayos del sol. Al enterarse de la partida definitiva de su ex prometido y su ex mejor amiga, no sintió alegría ni rencor; solo una inmensa y reconfortante paz. Se miró la mano izquierda, donde el imponente anillo de platino y diamantes destellaba con fuerza, reflejando la palabra *Forever* grabada en el reverso del metal precioso.
Ese capítulo de traición, mentiras y venganza se había cerrado para siempre. El contrato de conveniencia que los había unido en medio de una guerra familiar ya no existía; había sido consumido por un fuego real, denso e incontrolable que los había transformado por completo.
Un par de semanas después, el eco del trópico aún vibraba en la piel de los recién casados. La luna de miel en la villa privada del Caribe había sido un despliegue de erotismo de alta intensidad, días perezosos bajo el sol y noches eternas donde Marcos la había poseído con una devoción y un fuego salvaje que parecía no extinguirse jamás. Habían regresado con el bronceado encendido, las sonrisas cómplices a flor de piel y una certeza absoluta: era hora de dejar atrás el ático corporativo y mudarse a su propio hogar como una pareja de casados real.
Marcos había adquirido una espectacular residencia de diseño moderno en las colinas de la zona norte, un refugio de cristal, piedra negra y madera noble rodeado de vegetación exótica, diseñado exclusivamente para mantener su intimidad a salvo del mundo exterior.
La mudanza estaba casi terminada. La última caja de pertenencias de Valery reposaba sobre la inmensa cama de lino gris de la habitación principal. Valery terminaba de colgar sus vestidos de seda en el gigantesco vestidor cuando sintió unos pasos firmes y pausados aproximarse por el pasillo.
Era Marcos. Se había despojado de la formalidad de la oficina; vestía únicamente unos pantalones oscuros de lino y una camisa de algodón negra semidesabrochada que revelaba la dureza y el vello sutil de su pecho firme y musculoso. Sus ojos oscuros, inyectados de ese fuego salvaje y dominante que a Valery siempre la hacía temblar, recorrieron la silueta de su esposa con una lentitud deliberada y posesiva.
—Aún quedan algunas cosas por ordenar, Sr. Sánchez —dijo Valery con un tono juguetón y una sonrisa perezosa, apoyándose contra el marco de la puerta del vestidor. El sutil movimiento hizo que el escote de su vestido fluido revelara la línea de sus clavículas y el dije de corazón de oro blanco que nunca se quitaba.
—Las cajas pueden esperar, muñeca —murmuró Marcos, su voz de barítono descendiendo a un susurro ronco, cargado de una urgencia abrasadora por el letargo del deseo.
Cruzó la distancia que los separaba con su zancada implacable de depredador, anulando cualquier espacio de seguridad en un pestañeo. Sus manos grandes, cálidas y ásperas se posaron directamente en la cintura de Valery, ejerciendo una presión firme que la obligó a dar un paso atrás, introduciéndola de nuevo en la penumbra del vestidor. La pegó firmemente contra su anatomía dominante hasta que Valery pudo sentir el latido constante y fuerte de su corazón y el calor denso que emanaba de su cuerpo mojado por la tensión del reencuentro.
El aroma a sándalo de Marcos embriagó sus sentidos de inmediato, provocando que un escalofrío inmediato borrara cualquier pensamiento lógico de la mente de Valery. Sus dedos largos se enterraron en la firmeza de las caderas de ella, levantándola sutilmente para que sus pelvis chocaran a través de la tela del vestido, desatando una corriente eléctrica que elevó la temperatura del espacio hasta volver el aire asfixiante.
—Esta casa es nuestra, Valery —dijo Marcos, rozando con sus labios la oreja de ella, provocándole un gemido ahogado que él devoró al instante—. Ya no hay cámaras, ni contratos, ni sombras de mi familia interfiriendo. Cada rincón de este lugar te pertenece, igual que yo.
Marcos bajó la cabeza y la atrapó en un beso lento, prolongado y profundamente posesivo. No había la prisa furiosa de las peleas pasadas, sino una entrega total, un reclamo mutuo donde sus bocas se saboreaban con una devoción absoluta y una sensualidad renovada. Valery arqueó la espalda, enredando sus manos en los hombros anchos de Marcos, hundiéndose en la textura de su camisa negra mientras respondía al beso con la misma urgencia y el mismo fuego que se habían acumulado durante meses de silenciosa espera.
Con un movimiento fluido, Marcos deslizó los tirantes finos del vestido de seda de Valery, dejando que la prenda resbalara por su cuerpo suave hasta caer al suelo en un susurro de lino olvidado. Sus manos largas trazaron un camino húmedo y abrasador por la curva de su cuello, bajando por su clavícula y deteniéndose en su cintura para elevarla por completo. Valery enredó instintivamente sus piernas alrededor de la cintura de su esposo, guiada por el calor líquido que la consumía viva en lo más profundo de su vientre.
Marcos la cargó con facilidad hacia la inmensa cama matrimonial, dejándola caer con suavidad sobre las sábanas nuevas. Se posicionó sobre ella, atrapándola bajo su imponente físico y mirándola con esos ojos inyectados de una fijeza analítica y protectora que le prometían que nunca volvería a salir herida.
—Para siempre, muñeca —prometió él en un susurro roto por la intensidad de la atracción, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la almohada y haciendo que sus anillos de casados de verdad chocaran con un sutil tintineo metálico.
—Para siempre, Marcos —respondió ella, entregándose por completo al vaivén de pura estimulación sensorial y erotismo de alta intensidad que los envolvió en la penumbra de su nuevo hogar. Atrapados en su propio fuego, supieron que la farsa había muerto definitivamente para dar paso a la verdad más absoluta, ardiente y real de sus vidas.