El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XV La verdadera Luna en peligro
Punto de vista de Alexander
El gran salón de la fortaleza olía a incienso rancio y a madera vieja, pero sobre todo, a la soberbia del Consejo. Los seis ancianos estaban sentados en semicírculo tras la mesa de roble, acompañados por el padre de Sabrina, el Alfa Gerard, cuya presencia confirmaba que esto era una emboscada política.
Al cruzar la puerta, mis pasos pesados resonaron en la piedra fría. Bruno rugía bajo mi piel, impaciente por destrozar las sonrisas de superioridad que llevaban puestas.
—Alexander —comenzó el anciano Caelen, el mismo que horas antes había osado amenazar a mi parejea en la plaza pública—. Nos reúne un asunto de gravedad extrema. Nos hemos enterado de que paseas a esa mortal como si fuera una igual y has humillado a Sabrina, la mujer elegida por el Consejo para ser tu Luna.
—Sabrina no es nada mío —respondí con voz baja y peligrosa—. Y les sugiero que midan sus palabras cuando hablen de la mujer que está bajo mi protección personal.
—¡Es una insolencia! —exclamó Gerard, el Alfa del territorio vecino, poniéndose de pie de golpe y apretando los puños sobre la mesa—. Mi hija es de linaje puro, educada para gobernar.
La ley es clara, Alexander: a tus treinta años debes tomar a una hembra de sangre alta para asegurar la estirpe del Norte. ¡No vas a arrastrar el nombre de esta alianza por un capricho pasajero con una simple mortal insignificante!
Me acerqué a la mesa despacio, disfrutando el silencio tenso que se apoderó del salón a cada paso que daba.
—¿Capricho? —murmuré, dejando que mis ojos se encendieran en un dorado animal que hizo retroceder a la guardia—. Cometes un error gravísimo al asumir que es un capricho, Gerard. Amelia no es una invitada ni una sirvienta...
Amelia es mi mate. La mujer que la mismísima Diosa Luna destinó para ser mi reina.
El impacto en la sala fue inmediato y devastador.
Un jadeo colectivo cortó el aire. Caelen se puso de pie bruscamente, tirando su silla hacia atrás con un golpe seco. La cara de Gerard se desencajó por completo, pasando de la indignación a una palidez mortal antes de tornarse de un rojo violento.
—¡¿Qué estupidez estás diciendo?! —rugió Gerard, furioso, mientras las venas de su cuello se marcaban al límite—. ¡Eso es imposible! ¡Las humanas no tienen la sangre de la Diosa! ¡No tienen lobo! ¡La Diosa Luna jamás bendeciría a un Alfa Supremo con una criatura débil y sin alma guerrera!
—¡Es una mentira! —chilló Sabrina, saliendo de las sombras del balcón superior con las lágrimas de rabia bordeándole los ojos—. ¡Nos estás engañando a todos, Alexander! Inventaste ese lazo ridículo solo para no cumplir tu palabra con mi padre y con la manada. ¡Esa mujer no es más que una intrusa que te usó con alguna brujería!
—¡Silencio! —ordenó Caelen, aunque su propia voz temblaba por el escándalo—. Alexander... si lo que dices es verdad, esto es una aberración biológica. La manada jamás aceptará a una mortal sin fuerza física como la cabeza del Norte. El Consejo no reconocerá semejante unión. La ley ancestral exige una Luna capaz de pelear en el campo de batalla, no a una frágil cirujana que cualquier renegado podría degollar en segundos.
El aire en el salón se volvió de pronto pesado, sofocante, sobrecargado con el peso abrumador de mi aura de Alfa. La presión hizo que la madera de la mesa crujiera y que Gerard tuviera que apretar los dientes para mantener la cabeza erguida.
—La Diosa tomó su decisión, y ni tú, ni Gerard, ni todo el Consejo junto tienen la autoridad para cuestionar el lazo sagrado —sentencié con una voz cavernosa, distorsionada por la bestia en mi interior—. Se los voy a dejar ridículamente claro a todos: Amelia es la Luna de la Manada del Norte. Si alguno de ustedes intenta tocarla, degradarla o conspirar en su contra para forzarme a tomar a otra hembra, lo consideraré un acto de alta traición a la corona. Y la traición solo se paga con sangre.
Gerard apretó los puños hasta sacarse sangre de las palmas con sus propias garras, mientras Sabrina dejaba escapar un gemido de rabia e impotencia.
—La barrera del sector sur fue vulnerada hoy, Alexander —dijo Caelen, tratando de recuperar un aliento que mi presencia le robaba—. Los renegados están al acecho. Si no puedes proteger a tu manada porque estás cegado por esa humana, el Consejo tomará cartas en el asunto.
—Me ocuparé de los renegados —dije girando sobre mis talones—. Y de los traidores que les abren la puerta desde adentro. Esta reunión ha terminado.
Punto de vista de Malakor (Líder de los Renegados)
A varios kilómetros de la frontera de la Manada del Norte, las ruinas de una antigua mina abandonada servían como guarida para los desterrados. El hedor a sangre seca y carne rancia impregnaba el ambiente.
Malakor, un lobo gigantesco de pelaje sarnoso y cicatrices profundas cruzándole el rostro, se encontraba afilando un puñal de plata frente a la fogata cuando las sombras de la entrada se agitaron.
Un renegado maltrecho entró arrastrando una pata, respirando con dificultad y sangrando abundantemente por el hombro. Era el explorador que había enviado a infiltrarse por el sector sur.
—¡Malakor! —jadeó el invasor, cayendo de rodillas ante su líder.
—Te ordené que solo observaras los patrullajes —gruñó Malakor con voz rasposa, sujetando al subordinado por el cuello y levantándolo del suelo con una sola mano—. Volver herido significa que fallaste. Dame una sola razón para no arrancarte la garganta ahora mismo.
—La encontré... —balbuceó el explorador, intentando tomar aire—. Encontré a la humana que estábamos buscando... La doctora que se llevó la ambulancia la noche del ataque a la ciudad.
Malakor congeló sus movimientos. Sus ojos amarillos se estrecharon con una curiosidad sangrienta y soltó al guerrero, dejándolo caer al suelo.
—¿La humana está en la Manada del Norte? —preguntó con voz siniestra.
—Sí... El Alfa Alexander la tiene escondida en la casa de los omegas —respondió el lobo herido, recuperando el aliento—. Pero no es todo, señor... Los vi en el bosque. Estaban juntos. Cuando el Alfa la besó... algo extraño ocurrió.
—Habla de una vez —ordenó Malakor, impaciente.
—Una marca... Una marca plateada brilló en el pecho de la humana. Emite luz sagrada, Malakor. Es la Luna de Plata. No es una simple mortal; es la mate destinada del Alfa.
Un silencio sepulcral cayó sobre la cueva. Malakor permaneció inmóvil durante varios segundos, procesando la información, antes de que una sonrisa grotesca y llena de dientes afilados se dibujara en su rostro.
—Así que la Diosa bendijo a ese cachorro engreído con una Luna de luz... —murmuró Malakor, dejando escapar una carcajada siniestra que erizó la piel de sus hombres—. Esto cambia las cosas por completo. Ella no solo es su punto débil; si logramos arrebatarle a su mate antes de que la reclame del todo, romperemos el espíritu de Alexander y su manada se colapsará desde adentro.
El líder renegado se giró hacia las sombras del fondo de la mina, donde un mensajero esperaba en la oscuridad.
—Envía una señal a nuestro contacto dentro de la fortaleza —ordenó Malakor con tono helado—. Dile a nuestro aliado en el Consejo que prepare la siguiente fase. Sacaremos a esa humana de la manada, cueste la sangre que cueste.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto