Ella es la mayor de seis hermanos y siempre ha tenido una vida difícil.. Pero tiene la posibilidad de volver a vivir en un nuevo mundo y poder ser feliz ayudando a otros.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Incomodidad 3
La conversación volvió a girar hacia la academia militar.
El conde preguntó por los compañeros de Luke y la condesa quiso saber si había tenido noticias de algunos de sus antiguos instructores.
Luke relató una anécdota sobre un cadete que había confundido las instrucciones durante un ejercicio de orientación y terminado en el lado equivocado del campo de entrenamiento.
—Lo encontraron tres horas después, intentando convencer a un granjero de que el terreno formaba parte de las instalaciones militares
El conde se echó a reír.
—¡No puede ser!
—Lo juro. El muchacho estaba tan convencido de que había seguido el mapa correctamente que se negó a admitir su error hasta que apareció el instructor.
—¿Y qué hizo el instructor?
—Le ordenó regresar a pie.
—Bien merecido.
—Eso no fue lo peor. Al día siguiente, el cadete volvió a perderse.
Los condes estallaron en carcajadas.
Rose sonrió también.
Le gustaba escucharlos. Era evidente que habían echado de menos a Luke y que su regreso había llenado la casa de una alegría especial.
Por eso no intentó intervenir.
No quería convertirse en el centro de atención ni obligarlos a dividir una conversación que llevaban tanto tiempo esperando tener.
Poco a poco, sin embargo, empezó a sentirse fuera de lugar.
Era la primera vez que Rose experimentaba esa sensación dentro de la mansión Harrington.
Hasta entonces, había podido desayunar con los condes, conversar con ellos después del trabajo y compartir pequeños momentos cotidianos sin sentir que estaba ocupando un espacio que no le correspondía.
Los condes nunca la habían tratado como una extraña.
Le preguntaban por su jornada, se interesaban por sus proyectos y la animaban a descansar cuando la veían demasiado cansada.
Rose había llegado a acostumbrarse a esa calidez.
Quizá demasiado.
Ahora, sentada frente al heredero, se había vuelto consciente de una diferencia que antes no le pesaba tanto.
Los Harrington eran sus jefes.
Ella era una empleada a la que habían tratado con extraordinaria generosidad.
No eran lo mismo.
Y Luke, con sus preguntas directas y sus observaciones poco delicadas, se lo había recordado de una manera bastante desagradable.
Rose dejó los cubiertos sobre el plato.
—Condesa, ¿me disculpa?
La mujer se volvió hacia ella inmediatamente.
—¿Qué ocurre, querida?
—Estoy un poco cansada. Creo que me retiraré a mi habitación.
La condesa la observó con atención.
Rose mantenía su expresión amable, pero había algo diferente en su rostro. Sus hombros estaban tensos y sus ojos ya no tenían aquel brillo alegre que solía acompañar sus sonrisas.
—Por supuesto ¿Te encuentras bien?
—Sí, no se preocupe. Ha sido un día largo.
La condesa no insistió.
Se levantó, rodeó la mesa y tomó la mano de Rose entre las suyas.
—Está bien, querida. Descansa. Mañana nos veremos durante el desayuno.
Rose sintió que aquel gesto amable le apretaba el corazón.
—Muchas gracias por todo, condesa.
—No tienes que agradecerme nada.
Rose sonrió.
Era una sonrisa pequeña, educada y triste.
La condesa la conocía lo suficiente para reconocer la diferencia.
Había visto a Rose reírse con sus bromas, sonreír con entusiasmo al contarle algún avance en la casa de ayuda y emocionarse cuando recibía una carta de alguien a quien apreciaba.
Aquella no era una de esas sonrisas.
Era la sonrisa de alguien que no quería preocupar a los demás.
La sonrisa de alguien que había decidido tragarse su malestar y marcharse en silencio.
La condesa apretó suavemente su mano.
—Que descanses, Rose.
—Buenas noches.
La joven inclinó la cabeza ante el conde y Luke.
—Buenas noches, lord Harrington.
Luke se enderezó en su asiento.
—Buenas noches, Rose.
Quiso preguntarle si estaba segura de que se encontraba bien.
Quiso decirle que podía quedarse un rato más, que no tenía por qué marcharse tan pronto.
Pero, por alguna razón, las palabras no salieron.
Rose abandonó el comedor sin mirar atrás.
Luke siguió el sonido de sus pasos hasta que desaparecieron por el pasillo.
Entonces volvió la mirada hacia sus padres.
Los dos lo estaban observando.
Y no parecían especialmente complacidos.
—Luke Harrington.
El joven se enderezó de inmediato.
Conocía ese tono.
Era el tono de su madre cuando estaba a punto de recibir una reprimenda.
—Madre…
—No. Ahora vas a escucharme.
El conde dejó la servilleta sobre la mesa y suspiró.
—Tu madre tiene razón.
Luke miró a uno y a otro.
—¿Qué he hecho?
La condesa abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué has hecho?
—Sí.
—¿De verdad necesitas que te lo expliquemos?
Luke guardó silencio.
La mujer respiró hondo antes de continuar.
—Has sido muy impertinente con Rose.
El joven frunció el ceño.
—No pretendía serlo.
—Pues lo has conseguido de todas maneras.
—Solo le he hecho algunas preguntas.
—¡Le has preguntado por sus ahorros, por su familia, por sus relaciones personales, por sus planes de vivienda y por los hombres con los que habla en el pueblo!
Luke abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—Cuando lo dices así…
—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Con música de fondo para que parezca más agradable?
El conde soltó una breve carcajada.
La condesa lo miró.
La carcajada murió inmediatamente.
—Perdón, querida.
La mujer volvió a concentrarse en su hijo.
—Rose lleva semanas trabajando con nosotros. Ha reorganizado la administración de la casa de ayuda, ha mejorado los registros, se ha ocupado de problemas que otros ni siquiera habían advertido y ha trabajado más horas de las que debería. Y, aun así, siempre ha sido respetuosa, considerada y agradecida.
Luke escuchaba en silencio.
—Cuando le ofrecimos alojamiento, le costó muchísimo aceptar. ¿Sabes por qué? Porque no quería abusar de nuestra generosidad. Incluso hoy ha intentado marcharse para no interferir en nuestro reencuentro familiar.
—Yo le dije que no tenía que irse.
—¡Pero también la hiciste sentir como si tuviera que justificar cada aspecto de su vida ante ti!
Luke bajó ligeramente la mirada.
La condesa continuó, cada vez más seria.
—Apenas te conoce. No sabe cómo eres, no conoce tu sentido del humor ni está acostumbrada a tus comentarios. Para ella, tú no eres simplemente Luke, el muchacho que hace bromas absurdas durante la cena. Eres el hijo de sus empleadores. Eres el futuro conde Harrington. Y acabas de sentarte frente a ella para cuestionar sus decisiones personales y sus ahorros como si tuvieras autoridad sobre su vida.
Luke apretó los labios.
No había pensado en ello de esa manera.
Para él, hacer preguntas era algo natural. En la academia militar, conocer los antecedentes de las personas, evaluar las circunstancias y hablar sin rodeos eran herramientas útiles.
Si quería saber algo, preguntaba.
Si tenía una duda, la expresaba.
Si consideraba que una decisión podía mejorarse, lo decía.
Nunca había pensado demasiado en cómo podían sonar sus palabras para alguien que no conocía sus intenciones.
—No quería incomodarla..
—Lo sé.. Sé que no querías hacerle daño. Pero eso no cambia el hecho de que la has incomodado.
El conde se reclinó en su asiento.
—Me temo que hemos visto esto antes.
Luke levantó la mirada.
—¿A qué te refieres?
Su padre lo contempló con una expresión pensativa.
—A cómo trataste a Jack antes de que se casara con Lucille.
Luke se quedó inmóvil.
—Eso fue diferente.
—¿Ah, sí? Recuerdo perfectamente cómo lo interrogabas cada vez que venía a visitarnos. Querías saber cuáles eran sus intenciones, cuánto ganaba, qué planes tenía para el futuro y si estaba preparado para mantener a nuestra hija.
—¡Era mi hermana!
—Y estabas celoso. Eso lo entendimos. Lucille iba a casarse y tú querías asegurarte de que estuviera en buenas manos. No aprobamos todas tus formas, pero comprendimos de dónde venían tus preguntas.
Luke desvió la mirada.
Recordaba perfectamente aquellos días.
Jack había tenido que soportar una cantidad absurda de preguntas, comentarios y desafíos antes de que Luke aceptara que su hermana se casaría con él.
En su defensa, Jack había respondido a casi todo con una paciencia admirable.
Incluso había terminado riéndose de algunas de sus provocaciones.
—Jack sabía cómo era yo..
—Exactamente.. Jack te conocía. Sabía que detrás de tus preguntas había preocupación, aunque a veces pareciera que querías enviarlo a una batalla sin armas. Rose no te conoce. No tiene ninguna razón para interpretar tus palabras de la manera más favorable.
Luke se quedó mirando la mesa.
Su madre tenía razón.
Y aquello era mucho más incómodo que cualquier reprimenda recibida en la academia.
me encanta muy divertida