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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:218
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: Mi esposa

El vestido que Mercedes escogió para Paloma no tenía espalda. Era negro, largo, de seda, y por detrás caía abierto desde la nuca hasta la cintura, justo como le gustaban a Carmina; Mercedes seguía creyendo que su nuera era Mina, y en toda la semana no había subido ni una vez a comprobarlo. Paloma no le había enseñado la espalda a nadie en su vida. Cuando la estilista salió del cuarto de huéspedes a buscar los zapatos, sacó de su maleta la bolsita de costura que se había traído del ático, juntó las dos orillas de la tela a la altura de los omóplatos y las cerró con un imperdible grande, de los de dobladillo. No tapaba casi nada, pero era lo único que en esa casa había decidido ella.

A las siete y media, en el Hotel Iturralde Reforma, la subieron a una suite encima del salón para los últimos retoques y la dejaron sola en un vestidor lleno de espejos, con el pizarrón blanco en la bolsa. Entonces oyó la silla en el pasillo. Esta vez reconoció el rechinido a la primera, y el cuerpo se le puso tieso antes de que la puerta se abriera. Alejandro entró, cerró y giró las ruedas hasta quedar detrás de ella. En el espejo se veían los dos: ella de pie, él sentado, y entre ellos la espalda desnuda con el imperdible plateado en medio. Hacía seis días que no lo veía. Él miró el imperdible un buen rato sin tocarla.

—¿Qué te prometió tu padre?

Paloma sacó el pizarrón. Le costó destapar el plumón porque los dedos no le obedecían. Su padre le había prometido todo: que era un trámite, que era una sola noche, que después los abogados, que después su hermana, que después. Escribió la mitad.

*Que era una noche. Que mañana volvía a casa.*

—¿Y te lo creíste?

Lo dijo con la misma cara de la noche de bodas, la de alguien que ya sabía cómo terminaba la historia y no pensaba escuchar otra versión. A Paloma se le calentó la cara, y esta vez no era miedo. Estaba harta de que la trataran como a la mentirosa de la familia cuando las mentiras siempre las habían dicho otros. Borró con el canto de la mano, escribió con letra más grande y le volteó el pizarrón.

*Usted no me conoce. No me trate como a ella.*

Él no contestó. Por primera vez desde que lo conocía, no tenía nada listo para decir. Después levantó la mano, con la palma hacia arriba, y esperó. Era la misma palma donde ella le había escrito *NO SOY ELLA*. Paloma entendió lo que le pedía: se llevó las manos a la espalda, abrió el imperdible y se lo puso en la palma, en el centro.

Él cerró los dedos y giró la silla hacia la puerta, donde esperaba la estilista.

—Cámbienle el vestido. Uno con espalda.

* * *

A las ocho, trescientas personas llenaban el salón de los cuarenta años de Ignacio y Mercedes Iturralde. Paloma caminaba junto a la silla de Alejandro, un paso atrás, con un vestido azul marino cerrado hasta el cuello y el pizarrón contra la cadera, cuando una voz salió de un grupo de mujeres junto a la barra.

—Dicen que la novia comprada del paralítico trae la mala suerte.

La que hablaba llevaba un vestido rojo y una copa de champaña, y lo dijo lo bastante alto para que lo oyeran tres mesas. No bajó la mirada cuando Paloma volteó; hablaba de ella como si no pudiera oírla. Paloma sí la oyó, completa, y la mano se le cerró sobre el pizarrón. Alejandro giró la silla sin prisa y avanzó hasta el grupo, que se abrió para dejarlo pasar.

—Mi esposa, señorita Lozano —dijo, con la voz con la que alguien comenta el clima—, no se escondió en un vestidor con el modelo de su propia boda.

Una de las mujeres se tapó la boca. La del vestido rojo se puso del color del vestido. Paloma no conocía la historia, pero la vio pasar por todas las caras a la vez y entendió que todos la conocían. Un señor canoso se abrió paso entre los invitados, con la mandíbula apretada.

—Olivia, discúlpate con la señora Iturralde.

—Papá…

—Ahora.

—Disculpe, señora Iturralde —dijo Olivia Lozano entre dientes, con los ojos brillantes de rabia, y se fue hacia la terraza con su grupo detrás.

Paloma se quedó quieta, con el pizarrón apretado. Nadie la había defendido nunca delante de nadie, y el primero en hacerlo era el hombre que le había puesto la mano en el cuello. No sabía qué hacer con eso.

* * *

A las ocho y media, Mercedes subió al estrado, agradeció a los invitados y a Dios por los cuarenta años, y levantó la copa.

—Y esta noche también es la presentación de la nueva señora Iturralde.

La luz cayó sobre Paloma de golpe, blanca y caliente, tan fuerte que el salón desapareció detrás. El presentador bajó casi corriendo y le puso el micrófono debajo de la barbilla.

—¡Unas palabras de la novia!

El salón se quedó callado. Desde el estrado, Mercedes le habló con el micrófono lejos de la boca y la sonrisa intacta, y Paloma le leyó los labios: *anda, Mina, aunque sea un gracias*. Detrás de la sonrisa había una orden.

Paloma abrió la boca. Salió aire, tibio, y nada más. Le sudaban las palmas y los dedos de los pies se le encogieron dentro de los zapatos. Trescientas personas esperaban una palabra que ella no tenía desde los cinco años, y al fondo alguien soltó una risa corta. Iban a descubrirla ahí mismo, pensó, delante de todos, y su madre iba a decir que ella no sabía nada.

Entonces la luz se partió por la mitad. Alejandro había empujado la silla hasta quedar delante de ella, dentro del círculo blanco, y su sombra le cubrió la cara. Le quitó el micrófono al presentador sin mirarlo.

—Mi esposa tiene la garganta lastimada. Quien quiera oírla, primero me escucha a mí.

Esta vez lo oyó el salón entero. El murmullo empezó en las mesas de enfrente y fue creciendo hacia atrás, y de pronto había celulares en alto por todos lados, apuntándoles. Alejandro chasqueó los dedos sin voltear. Ulises apareció junto a Paloma con una caja de terciopelo y se la puso a ella en las manos, no a él. Adentro, sobre seda blanca, había una escultura de cristal del tamaño de dos puños: un viejito y una viejita sentados muy juntos, con la cabeza de ella en el hombro de él, y las orillas cuajadas de diamantes rosas.

—Llévaselo a mis papás —le dijo él en voz baja.

Paloma entendió: el regalo de aniversario era de los dos, pero lo iba a entregar ella. Cruzó el salón sola, con trescientas miradas encima, subió los tres escalones del estrado y se detuvo frente a Ignacio y Mercedes. Sacó la escultura, la sostuvo en alto con las dos manos y se inclinó hasta que el pelo le cayó hacia adelante. No podía decir felicidades, así que se quedó doblada, con el regalo en alto, hasta que Ignacio Iturralde empezó a aplaudir. Aplausos lentos, fuertes. Se le sumó una mesa, luego otra, luego el salón completo, y Mercedes tuvo que recibir la escultura con una sonrisa de fotografía.

* * *

Paloma se refugió junto a una columna, lejos de la luz. Alejandro llegó un minuto después.

—No te equivoques —dijo sin mirarla—. Lo de allá arriba fue por mí.

Ella destapó el plumón. Podía escribirle que ya lo sabía, que nadie había hecho nunca nada por ella y que no pensaba empezar a creérselo a los veinte años, delante de trescientos desconocidos. Escribió dos palabras.

*Ya sé.*

Él las leyó y asintió. Pero tenía la mano derecha cerrada sobre el descansabrazos, con los nudillos blancos, y no la aflojó. A su lado, dos muchachas miraban un celular juntas: el video ya circulaba en los grupos de WhatsApp con el texto *el heredero dijo mi esposa*, Sociales MX había subido una nota con el título *Iturralde presenta a su esposa*, y alguien preguntaba si Olivia Lozano se había ido ya o seguía llorando en la terraza.

Detrás de la gente, junto a la puerta de servicio, una mujer con uniforme del hotel y un gafete dorado que decía *Zúñiga* no miraba el estrado; los miraba a ellos dos. Tecleó algo rápido en su celular, se lo llevó a la oreja y dijo una frase corta, de frente a la luz de un candil. Paloma no la oyó, pero le leyó los labios: *todavía en la silla*. No supo qué significaba. La mujer colgó y desapareció por la puerta de servicio.

En ese momento se abrieron las puertas principales del salón. Entraron tres personas: su padre, de traje gris; su madre, del brazo de él; y entre los dos, una mujer con un vestido dorado pálido que tenía su misma cara, su misma boca, su misma frente. Carmina no tenía fiebre. Tomó una copa de la charola de un mesero y la levantó hacia el salón entero, sonriendo.

—Buenas noches. Soy Carmina Linares.

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