Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 1
Capítulo 1: El número equivocado
—Sin el depósito de quinientos mil antes del miércoles a las siete, se pierde el quirófano.
La señorita de la ventanilla lo dijo sin levantar la vista de la pantalla, con la misma voz con la que llamaba al siguiente turno.
Dulce apretó el celular contra el pecho. La pantalla estaba estrellada como telaraña y, del otro lado, en la funda, ella y su mamá sonreían en una foto de feria, las dos con la boca llena de algodón de azúcar.
—¿Y no puedo dejar una parte ahorita y lo demás…?
—Es un hospital privado, señorita. —Ahora sí la miró—. Si tiene Seguro Social, allá no le cobran nada.
—No tenemos Seguro. —Se le atoró la voz—. En la fábrica nunca me dieron de alta, y mi mamá toda la vida ha trabajado por su cuenta.
—Entonces pida la referencia al público. Ahí se la programan.
—¿Para cuándo?
—Tres, cuatro meses. —La mujer se encogió de hombros—. Depende.
Cuatro meses. En la mañana, la doctora Zenteno se lo había explicado con los lentes en la mano, despacio, como se les explican las cosas a los niños: cáncer de estómago, todavía temprano, y temprano se opera y se cura; cada semana que pasara ya era otra historia.
—¿Y si le traigo el lunes la mitad?
—Siguiente —dijo la señorita.
Dulce dio las gracias y se fue. El señor que esperaba detrás de ella ya estaba metiendo sus papeles por la rendija.
* * *
En el cuarto 214, Chayo fingía que no le dolía nada. Tenía el suero en el brazo izquierdo y los labios partidos, porque no podía comer nada sólido desde el jueves.
—¿Ya comiste, mija?
—Sí, ma. Unos tacos, aquí afuera.
Mentira. Traía en la bolsa un paquete de galletas abierto desde el mediodía.
—Ajá —dijo Chayo, que ya le había visto la bolsa. Estaba demasiado cansada para pelear.
—¿Y qué te dijeron allá abajo?
—Que todo bien. Que el miércoles temprano.
—Ay, tu trenza. —Chayo levantó la mano y le tocó la nuca, donde ahora el pelo le quedaba cortito.
—Me veo más moderna, ¿no?
—Te ves como pollito mojado.
Las dos se rieron. A Chayo la risa le dolió; Dulce lo supo porque se le fue la mano al estómago y la dejó ahí, muy quieta, como si se estuviera acomodando la bata.
—Ya vete a la casa. Aquí me cuidan.
—Mañana vengo temprano.
Le dio un beso en la frente y le dejó el control de la tele a la mano. Su mamá tenía la frente fría.
—Échame un audio si te duele.
—Sí, mija. Vete ya.
* * *
En el Metro, entre un señor dormido y una muchacha que se pintaba las pestañas con el vagón en movimiento, Dulce abrió la libreta sobre las rodillas y volvió a sumar. Tres apps de préstamos: dieciocho mil. Mari: seis mil. La tanda de su mamá. La rifa de Facebook, tres mil cuatrocientos veinte pesos, con puros comentarios de vecinas: ánimo, Chayo; échale ganas, Chayo. La trenza, que le cortaron en un salón de la calzada y pesaron en una báscula de cocina. La cadenita de oro con la Virgen que Chayo le regaló a los quince, empeñada en el Monte de Piedad; la boleta estaba doblada entre las hojas.
Sesenta mil y pico. Faltaban más de cuatrocientos mil para el miércoles a las siete. Neta, ni vendiendo un riñón: eso ya lo había intentado con un grupo de Facebook, hasta que Mari le dijo que eran puros estafadores.
Pasó la hoja hacia atrás, a la del sábado. Ahí había escrito una sola cosa, Ixtlahuaca, 50,000, y la había tachado.
El sábado se había subido a un camión a las cinco de la mañana para ir a pedirle dinero a su papá. A ese señor, como le decía desde los siete años, desde que Chayo agarró una bolsa de mandado con la ropa de las dos y se la llevó a la ciudad para que él no le volviera a pegar. Fermín había vendido su tierra del ejido y ahora tenía camioneta nueva, portón nuevo y una mujer que se pintaba las uñas de dorado. Fue ella, Nidia, la que le abrió la puerta.
—¿A qué vienes, escuincla? ¿A pedir? Aquí ni a un limosnero.
—No le estoy pidiendo a usted, señora.
No alcanzó a decir más. La cachetada le llegó a la oreja derecha y el oído se le llenó de un zumbido agudo que duró casi un minuto. Cuando pudo volver a oír, lo primero que vio fue a su papá sentado en la sala, a tres metros, con la cabeza agachada sobre el celular. Ahí siguió mientras Nidia le cerraba el portón en la cara.
Dulce cerró la libreta con la boleta adentro y se la guardó en la bolsa. Faltaban dos estaciones.
* * *
Salió del Metro Constitución de 1917 a las nueve y cacho. Había chispeado toda la tarde y los puestos de esquites y de tacos de canasta estaban cerrando, los plásticos todavía escurriendo.
Iba a pasar de largo el poste de siempre. El poste de la esquina, el de la lámpara que nunca terminaba de funcionar, forrado de papelitos de se hacen tamales, amarres garantizados y clases de regularización. Y en medio, más grande, más blanco, uno que no había visto antes: Busco mujer joven y sana que me dé un hijo. Pago mínimo 500 mil pesos. Octavio Valdez, 50 años, viudo. Solo WhatsApp.
Se rio por la nariz. Luego lo volvió a leer, ya sin reírse, con la mano encima del papel para que no se lo llevara el viento.
Quinientos mil. Justo quinientos mil.
Abajo venía el número, diez dígitos a plumón. El último se había corrido con la lluvia: media bolita de tinta, la otra mitad borrada. ¿Seis? ¿Ocho? La lámpara parpadeó, se apagó, volvió a prender, y la curva que faltaba se completó sola en sus ojos. Un ocho.
Lo marcó en el celular sin guardarlo. Se quedó viendo los números en la pantalla estrellada hasta que se apagó sola.
¿Estaba loca? Sí. ¿Tenía de otra? Hizo la cuenta por última vez, ya sin libreta, y el resultado fue el mismo.
Caminó alrededor del poste dos veces, ensayando en voz baja. Una señora que cerraba su puesto de tamales la miró feo. Dulce fingió que hablaba por teléfono.
Llamó. Sonó una vez y ella colgó. Tenía las palmas empapadas; se las secó en los jeans, pero seguían mojadas.
El celular vibró. Un audio de WhatsApp. Chayo.
—Mija, ya cómete algo. Y avísame cuando llegues, ¿eh? Te quiero mucho —decía la voz de su mamá, cansada, con el ruido de la televisión del cuarto de fondo.
Dulce escuchó el audio dos veces. Luego volvió a marcar. Sonó tres veces.
—¿Bueno? —contestó un hombre.
—¿El señor Valdez? —Tragó saliva—. ¿El… del anuncio?
—Valdés. —Tardó dos segundos en decirlo. Parecía una corrección, pero a ella le sonó igualito.
—Sí, perdón, señor Valdez. Es que… vi su anuncio, el del poste, y… —Cerró los ojos. Lo había ensayado cuadras y cuadras. Tenía que salir de corrido o no iba a salir nunca—. Tengo veintitrés años, nunca he tenido novio. Estoy sana, no fumo, no tomo. Y dicen que… que tengo buenas caderas para darle un hijo.
Quería que se abriera la banqueta ahí mismo, junto al poste, y se la tragara con todo y celular. Del otro lado nadie se rio. Se oía una respiración tranquila y, más lejos, un vaso que alguien dejaba sobre una superficie dura.
—¿Dónde estás?
—Afuera del Metro Constitución de 1917. En el poste.
—¿Para qué necesitas el dinero?
No le preguntó cuántos años tenía ni si de veras estaba sana. Le preguntó eso.
—Para mi mamá.
—¿Cómo te llamas? —preguntó tras otra pausa, más corta.
—Dulce.
Ahora sí el silencio fue largo. Tan largo que Dulce se despegó el celular de la oreja para ver si se había cortado. Los segundos seguían corriendo en la pantalla estrellada. Cuarenta y uno. Cuarenta y dos.
—Mañana a las ocho —dijo él—. Ahí mismo. Pasa por ti un chofer.
—¿Bueno? ¿Señor?
Ya había colgado. En la pantalla decía Llamada finalizada. Mañana a las ocho. Un chofer. El señor tenía chofer.
Le temblaban tanto las manos que tuvo que usar las dos para abrir el chat de Mari. Mantuvo apretado el botón del micrófono.
—Amiga, creo que… creo que ya conseguí el dinero. Luego te cuento.
Soltó el botón antes de que se le quebrara la voz. Mari estaba en turno de noche; aun así, la respuesta llegó en menos de un minuto. No era un audio. Era texto, tres palabras, como escribía Mari cuando se preocupaba de verdad:
¿De dónde, güey?
Dulce lo leyó. Del otro lado ya se habrían puesto azules las dos palomitas. No contestó.
Es un trato y nada más, se dijo. Él quiere un hijo, yo quiero que mi mamá viva.
La señora de los tamales ya había jalado la cortina de su puesto y se echaba la olla vacía al diablito. Se le quedó viendo.
—¿Estás bien, mija? Llevas rato dando vueltas.
—Sí, doña. Ya me voy.
Dulce se guardó el celular y agarró para la casa con los tenis mojados. Iba a entregarse a un hombre y ni siquiera sabía qué cara tenía.