Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 23: LA SOMBRA EN LA GALERÍA
A las ocho de la noche, bajo los términos y condiciones excepcionales del nuevo fideicomiso ciego, el fiscal de guardia autorizó el retiro temporal de los precintos policiales de la Galería Central. La medida buscaba permitir que Elena y Damián auditaran las obras catalogadas antes de la inspección definitiva que llevaría a cabo el tribunal de comercio a primera hora de la mañana siguiente.
La galería estaba a oscuras. Las majestuosas e imponentes siluetas de las esculturas de mármol y los grandes marcos dorados de la pintura barroca proyectaban sombras alargadas y distorsionadas sobre el mármol pulido bajo las luces intermitentes que penetraban desde la avenida principal. El ambiente olía a barniz denso, solvente orgánico y al polvo acumulado durante días de clausura, un aroma que le trajo a Elena un torrente de recuerdos opresivos y sofocantes. En ese mismo e imponente espacio, Julián solía ofrecer refinadas recepciones privadas para los coleccionistas de arte más influyentes y acaudalados del país, exhibiendo piezas de valor incalculable entre copas de cristal y sonrisas calculadas.
Damián caminaba despacio por el corredor central de la nave principal, inspeccionando con minuciosa atención los cierres de seguridad y los sensores térmicos de las salas de exhibición.
—El codicilo fue una jugada maestra e implacable de mi hermano —comentó Damián, deteniéndose en seco ante el espacio vacío en la pared donde solía colgar el retrato principal de la familia Valdés—. Nos obligó a aliarnos sin margen de maniobra. Sabía perfectamente que si nos dejaba las acciones por separado, mi madre te habría destruido a ti en los tribunales en cuestión de días, o Prado me habría metido a mí en una celda de máxima seguridad sin derecho a fianza.
—O tal vez sabía que tarde o temprano nos descubriríamos e investigaríamos el uno al otro —dijo Elena, adentrándose con cautela en el taller de restauración ubicado en el piso subterráneo de la galería.
Al bajar los peldaños de piedra, encendió las lámparas halógenas de luz ultravioleta sobre la mesa de trabajo principal. Sobre la superficie de madera pulida yacían ordenados los tubos de óleo, los pinceles finos de pelo de marta y los frascos de reactivos químicos que ella utilizaba a diario para devolverle la vida a las obras maestras. Pero bastó un vistazo general para notar que algo estaba sutilmente fuera de lugar.
Elena se acercó a la prensa de secado de lienzos ubicada al fondo del taller. Uno de los frascos de solvente especial —un compuesto de mezcla altamente volátil y controlado que solo ella manipulaba para eliminar capas gruesas de barniz del siglo XVIII— estaba mal cerrado y ligeramente desplazado de su sitio habitual. Al proyectar la luz ultravioleta sobre la mesa, una pequeña mancha de humedad resplandeció con un destello fosforescente sobre la madera.
—Alguien estuvo aquí mientras la galería permanecía precintada por la policía —dijo Elena con la voz alterada por un escalofrío helado, llamando de inmediato a Damián.
Damián bajó las escaleras rápidamente, salvando los peldaños de dos en dos hasta colocarse justo a su lado.
—La policía tenía la custodia exclusiva de las llaves y el código de alarma del edificio —dijo él con firmeza, examinando la mancha fluorescente con una linterna táctica de alta intensidad—. Nadie podía entrar a este piso subterráneo sin la autorización escrita y el sello personal del inspector Prado.
Elena no respondió de inmediato. Tomó un bisturí de precisión de la bandeja de acero inoxidable y rascó con delicadeza el residuo seco de la mesa. Bajo la primera capa transparente del solvente resplandeció un polvo blanco finísimo, de textura casi microscópica, que no pertenecía a ninguno de los materiales ni pigmentos tradicionales de restauración.
—Esto no es yeso, ni carbonato de calcio, ni carga de tiza —dijo Elena, oliendo la sustancia a una distancia prudencial mientras fruncía el ceño—. Es un aglutinante sintético especial de secado ultrarrápido. Se utiliza exclusivamente en las redes del tráfico internacional de arte para ocultar pinturas modernas y falsificaciones debajo de lienzos antiguos legítimos, logrando así burlar los escáneres de rayos X en los controles aduaneros.
La revelación congeló la sangre de ambos. Elena levantó la linterna e iluminó hacia el fondo oscuro del almacén, donde la pesada puerta acorazada de la cámara de seguridad permanecía entreabierta unos pocos centímetros. Alguien no solo había violado los precintos policiales para entrar a la galería: había estado fabricando o alterando minuciosamente una pieza en ese mismo taller durante la mismísima noche en que Julián desapareció sin dejar rastro.