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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

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Reflejos en alta definición

El chasquido del grifo al cerrarse interrumpió el eco de nuestra respiración acelerada. Me pasé las manos por el cabello, intentando ordenar los mechones revueltos mientras abrochaba con dedos torpes los botones de mi blusa. El corazón seguía golpeándome contra las costillas, no solo por la intensidad de lo que acababa de pasar, sino por el riesgo inminente de que en cualquier segundo Noah llegara con su papel de hermano protector.

Axel me ayudó a bajar del granito frío, sus manos apoyadas firmemente en mi cintura con un toque que todavía quemaba a través de la tela. Me dio la vuelta con suavidad y ajustó el cuello de mi camisa, dedicándome una última sonrisa de medio lado, esa mezcla perfecta de suficiencia y complicidad que solo él sabía manejar.

—Respira, reina —murmuró en un tono apenas audible, rozando con sus nudillos mi mejilla sonrojada—. Tienes cara de haber descubierto un complot internacional.

—Cierra la boca y vístete bien tú —le devolví el susurro con una risa nerviosa, acomodándome la falda y dándole un leve empujón en el pecho—. Si Noah nota un solo rastro de desorden en ti, nos matará a los dos antes de que podamos explicarle nada.

Axel se acomodó la chaqueta con total tranquilidad, como si no acabáramos de cruzar la línea más peligrosa posible bajo el mismo techo que mi sobreprotector hermano.

En ese preciso instante, el murmullo de voces proveniente del pasillo principal nos puso en alerta. Los pasos se acercaban.

—Ya vienen —le advertí con los ojos abiertos de par en par, señalando la puerta de vaivén.

Sin perder un segundo, Axel se apartó hacia el rincón opuesto de la cocina, fingiendo examinar una alacena con la mayor naturalidad del mundo, mientras yo me apresuraba a tomar una taza limpia y abrir la llave de la cafetera para simular que simplemente estábamos preparando café.

La puerta de vaivén se abrió con un leve chirrido.

Noah apareció en el umbral, con los papeles de los que había estado hablando Laila todavía en la mano y el ceño ligeramente menos fruncido que antes. Detrás de él, mi amiga asomó la cabeza con una sonrisa sutil y triunfante que delataba que había cumplido su misión a la perfección.

—Vaya, al fin se dignan a aparecer —dijo Noah, cruzándose de brazos de inmediato al vernos a ambos en la cocina. Su mirada escrutadora barrió el espacio, deteniéndose primero en mi rostro acalorado y luego en la postura relajada de Axel—. ¿De qué tanto hablaban que les tomó media hora encerrados aquí?

Tragué saliva, sintiendo que el calor me subía de nuevo al cuello, pero mantuve la compostura mientras llenaba la taza con café caliente.

—De nada importante, Noah. Solo estábamos poniéndonos al día —respondí con la voz más neutra que pude encontrar, cruzando una mirada rápida y cómplice con Axel, quien se giró con una sonrisa cínica pintada en los labios—. Ya sabes cómo nos ponemos cuando nos juntamos.

Noah arqueó una ceja, claramente insatisfecho con la explicación y con esa extraña tensión que todavía flotaba en el aire de la habitación. Pero antes de que pudiera empezar con su interrogatorio de hermano mayor celoso, Laila se adelantó y le dio un suave toque en el hombro, distrayéndolo de nuevo con una gracia natural envidiable.

—Déjalos en paz, Noah. Vuelve conmigo a la habitación, todavía nos queda pendiente revisar la última cláusula de los contratos —intervino Laila con esa dulce persuasión que desarmaba por completo a mi hermano.

Noah miró a Laila, luego a mí, y finalmente a Axel con una expresión de advertencia silenciosa, antes de ceder por completo ante ella.

—Esto no se ha acabado —murmuró mi hermano con voz grave antes de dejarse guiar otra vez por el pasillo.

En cuanto volvieron a desaparecer, Axel soltó una carcajada baja y divertida, acercándose lo suficiente para susurrarme al oído antes de despedirse:

—Tienes la mejor cómplice del mundo, reina. Pero la próxima vez... buscaremos un lugar con cerrojo.

La puerta principal apenas se había cerrado tras la partida de Axel y el silencio había vuelto a instalarse en la mansión, cuando el teléfono sobre mi tocador comenzó a vibrar con insistencia. El nombre que parpadeaba en la pantalla hizo que el nudo en mi estómago se aflojara por fin: Ojitos de Euro.

Mi hermano Fabián, a quien registré de esa manera ya que era quien más cumplía mis caprichos materiales, y para mí a veces solía ser un cajero automático portátil.

Me deslicé hacia mi habitación con seguro, cerrando la puerta con pestillo antes de aceptar la videollamada. A los pocos segundos, la imagen de su rostro apareció en alta definición, enmarcada por la elegante y sobria decoración de una habitación de hotel en Italia, con la penumbra de la noche europea filtrándose a través de los ventanales.

—Por fin contestas, pequeña —saludó Fabián con esa media sonrisa cálida que siempre lograba calmarme un poco, aunque sus facciones delataban el cansancio acumulado de los viajes de negocios—. Estaba a punto de mandar a un escuadrón a buscarte hasta Nueva York.

Me dejé caer de espaldas sobre las sábanas de mi cama, exhalando un suspiro largo y pesado mientras acomodaba el teléfono frente a mí.

—No exageres, Fabián... Aunque con lo intenso que anda Noah últimamente, tal vez no te vendría mal un refuerzo —bufé, pasando una mano por mi cabello y recordando las últimas horas—. Mi hermano está imposible. Me tiene vigilada, no me deja moverme un centímetro sin escolta y actúa como si fuera una niña de cristal. Lo adoro tanto a él como a ti, pero a veces su sobreprotección asfixia.

Fabián soltó una carcajada suave, un sonido familiar y reconfortante que resonó a través de los altavoces.

—Ya conoces a Noah. Desde lo de nuestros padres, su instinto de protección se convirtió en obsesión. Pero te aseguro que lo hace porque le importas, aunque su forma de demostrarlo sea insoportable —respondió, acomodándose la camisa frente a la cámara—. Yo también te extraño, Natalia. Desearía estar allá para sacarte de esa jaula de oro y llevarte a cenar lejos de tanta tensión.

—Ojalá pudiera teletransportarme ahora mismo a Italia contigo —le confesé con sinceridad, sintiendo una punzada de nostalgia al verlo a través de la pantalla—. Allá al menos el aire se siente distinto... ¿Cómo va todo por allá? ¿Ya terminaste con los pendientes de la empresa?

—Prácticamente. Solo me quedan un par de reuniones mañana por la mañana y estaré de regreso antes de que te des cuenta... —comenzó a decir Fabián, pero de pronto su atención pareció desviarse ligeramente hacia un punto fuera del encuadre de la cámara—. Un segundo, déjame ver...

Mientras Fabián giraba un poco el teléfono para alcanzar algo en la mesita de noche, el ángulo de la videollamada cambió por completo. En ese breve instante, el reflejo del gran espejo ubicado al fondo de su habitación de hotel capturó un movimiento.

Mi respiración se cortó de golpe.

Sentada en el borde de la cama de Fabián, vistiendo únicamente una bata de seda ligera y con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, había una mujer de una belleza despampanante, de rasgos delicados y una sonrisa sutil que parecía dirigida directamente hacia mi hermano.

El mundo a mi alrededor pareció detenerse por un segundo. El calor que había sentido momentos antes se transformó en un hielo punzante que me recorrió toda la columna vertebral.

—¿Natalia? ¿Sigues ahí? —la voz de Fabián volvió a centrarse en la pantalla, con un tono de ligera confusión al notar mi repentino silencio—. Te preguntaba si preferías que te lleve algún detalle a mi regreso...

Mis ojos se quedaron fijos en la pantalla, incapaces de apartarse del reflejo de aquella mujer que, con total naturalidad, se ponía de pie al fondo de la habitación y caminaba fuera del campo visual. Las palabras se me ahogaron en la garganta, y el pecho comenzó a latirme con una mezcla de sorpresa, incredulidad y una rabia sorda que amenazaba con desbordarse.

El aire pareció volverse de plomo dentro de mi habitación. Mis dedos se aferraron al borde del teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, mientras mi mente intentaba procesar lo que acababa de reflejarse en aquel espejo al fondo de la lujosa suite en Italia. Una mujer hermosa, con una bata de seda y una tranquilidad pasmosa, moviéndose en la habitación de Fabián como si estuviera en su propia casa.

Y él, del otro lado de la línea, seguía hablando con esa voz calmada y familiar, completamente ajeno al terremoto que acababa de provocar a miles de kilómetros de distancia.

—¿Natalia? ¿Me estás escuchando? —preguntó Fabián, frunciendo ligeramente el ceño frente a la cámara y acomodándose el cuello de la camisa—. Te decía que lo más seguro es que regrese la próxima semana...

—Sí... te estoy escuchando, Fabián —interrumpí con una voz tan gélida y cortante que hizo que él se detuviera de inmediato.

El tono seco que usé lo descolocó por completo. Vi cómo sus ojos se estrechaban en la pantalla, intentando leer detrás de mis expresiones mientras yo trataba, sin mucho éxito, de mantener la máscara de indiferencia. Una punzada de celos ardientes y viscerales me quemaba por dentro, mezclándose con la rabia de sentir que mientras yo aquí me moría de ansiedad, de encierro y de extrañarlo, él parecía muy bien acompañado.

—¿Pasa algo? —inquirió, bajando el tono de voz, con un matiz repentino de precaución—. Tienes una cara... Ocurrió algo con Noah, ¿verdad?

—No, con Noah todo está perfectamente bajo control —espeté, cruzándome de brazos frente a la cámara y levantando una ceja con una mezcla de sarcasmo y amargura—. Lo que no me cuadra es tu definición de «reuniones de negocios», Fabián. Porque se ve que en las suites de los hoteles italianos las juntas directivas ahora exigen código de vestimenta de seda y... digamos que compañía muy exclusiva al fondo.

Fabián parpadeó un par de veces, visiblemente desconcertado por mi comentario, antes de que la comprensión cruzara fugazmente por sus facciones.

—Espera... ¿De qué estás hablando? —respondió, ladeando la cabeza con genuina confusión—. ¿Qué compañía? Estoy completamente solo en la habitación, Natalia. Acabo de terminar una llamada con los proveedores de la constructora y...

—Ah, ¿sí? ¿Solo? —lo interrumpí con una risa corta, seca y sin gracia, sintiendo que la sangre me hervía en las venas—. Qué curioso, porque tu espejo panorámico de cuerpo entero no parece opinar lo mismo. A menos que ahora los fantasmas en Europa usen batas de diseñador y caminen con tanta seguridad por tus pasillos.

Del otro lado de la pantalla, el rostro de Fabián palideció un segundo antes de que se girara abruptamente hacia su izquierda, mirando con los ojos muy abiertos hacia la zona del baño y la cama que la cámara no lograba capturar por completo.

El silencio que se instaló entre los dos fue absoluto, y en ese preciso instante supe, con toda certeza, que mis ojos no me habían engañado.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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