Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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El problema de Dante
Dante Vassari no era un hombre celoso.
Al menos, eso se repetía mientras observaba el informe que llevaba diez minutos sin leer.
No era celoso. No le interesaba con quién salía su empleada, a quién sonreía ni quién tenía el privilegio de hacerla reír en mitad de la jornada laboral.
Era un hombre ocupado. Tenía una empresa que dirigir, negocios que supervisar y enemigos que vigilar.
No tenía tiempo para pensar en Aria Moretti.
Su teléfono vibró.
Asunto: actualización del proyecto internacional.
El mensaje era de Aria.
Dante lo abrió inmediatamente.
Se quedó mirando la pantalla.
Era un informe de trabajo.
Por supuesto que era un informe de trabajo.
—Patético —murmuró, dejándolo sobre el escritorio.
—¿Dijo algo, señor? —preguntó Luca, su mano derecha, desde la puerta.
Dante levantó la mirada.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
Luca entró sin inmutarse. Llevaba años trabajando para él y había aprendido a reconocer cuándo su jefe estaba de mal humor.
Últimamente, eso ocurría con demasiada frecuencia.
—Tengo varias cosas que hacer. Pero ninguna tan interesante como descubrir por qué llevas toda la mañana mirando hacia el escritorio de la señorita Moretti.
Dante cerró la computadora.
—¿Quieres conservar tu empleo?
—Muchísimo.
—Entonces trabaja.
Luca sonrió.
—Como ordene, jefe.
Antes de salir, añadió:
—Por cierto, el viernes tengo entendido que ella tiene una cita.
Dante levantó la cabeza tan rápido que Luca tuvo que disimular una sonrisa.
—¿Y a mí qué me importa?
—Nada. Solo pensé que querrías saberlo.
—Fuera.
Luca obedeció, riéndose por lo bajo.
Dante se quedó solo, con una certeza desagradable: sus hombres estaban empezando a notar algo que él se negaba a reconocer.
Y no pensaba permitir que aquello se convirtiera en un espectáculo.
...⸻...
A la hora del almuerzo, Dante encontró a Aria en la cafetería de la empresa.
Estaba sentada junto a Mateo, compartiendo unas papas fritas mientras discutían sobre una película.
Dante se detuvo en la entrada.
Mateo dijo algo.
Aria se rio.
Otra vez.
El lobo de Dante se removió bajo su piel.
No nos gusta.
—No te pregunté —pensó él.
Él quiere acercarse a ella.
Dante observó cómo Mateo le quitaba una papa del plato y Aria le golpeaba la mano, divertida.
Una estupidez.
Una escena completamente insignificante.
Entonces, ¿por qué le daban ganas de separar aquella mano de la de ella?
—Señor Vassari.
Dante giró la cabeza. Uno de los directores acababa de acercarse para hablarle de una reunión.
—¿Podemos revisar los contratos esta tarde?
—Sí. A las cuatro.
El director asintió y se marchó.
Cuando Dante volvió a mirar hacia la mesa, Aria ya se había levantado.
Ella lo descubrió observándola.
Le dedicó una sonrisa descarada y levantó su vaso de agua a modo de saludo.
Dante no respondió.
Aria sonrió todavía más.
Aquella mujer estaba disfrutando de algo.
Y él sospechaba que sabía exactamente de qué.
...⸻...
—Señorita Moretti, a mi despacho.
Aria levantó la cabeza al escuchar la voz de Dante desde la puerta de su departamento.
Miró la hora.
Faltaban veinte minutos para terminar la jornada.
—¿Hice algo malo?
—Lo sabrás cuando llegues.
—Qué misterioso. ¿También vas a vendarme los ojos?
Dante la miró sin expresión.
—Cinco minutos, Aria.
Ella tomó su carpeta y lo siguió.
Al entrar, encontró sobre el escritorio los documentos del proyecto internacional.
—¿Qué ocurre?
—Necesito que revises estas cifras.
Aria dejó la carpeta que llevaba.
—¿Las cifras que revisé ayer?
—Hay una actualización.
Ella examinó las hojas. No tardó en darse cuenta de que los cambios eran mínimos.
Levantó la mirada lentamente.
—¿Me hiciste venir por esto?
—¿Hay algún problema con el informe?
—No. El problema es que podrías haberme enviado un correo.
Dante guardó silencio.
Aria entrecerró los ojos.
—Un correo electrónico. Esa herramienta maravillosa que permite comunicarse sin obligar a una persona a cruzar tres pasillos.
—¿Terminaste?
—No. Estoy intentando comprender por qué mi jefe me llama a su despacho por algo que podría resolverse en treinta segundos.
Dante se apoyó en el borde del escritorio.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando alguien se comporta de forma extraña.
Sus miradas se encontraron.
Por un instante, ninguno habló.
Aria recordó la conversación con sus padres. No debía hablar de su pasado con Dante. Aquella advertencia seguía molestándola, sobre todo porque no entendía su motivo.
Pero no pensaba preguntarle nada todavía.
En cambio, sonrió.
—Aunque, si querías verme, podías decirlo.
Dante se quedó inmóvil.
—No quería verte.
—Claro.
—Te llamé por trabajo.
—Por supuesto.
—Moretti.
—Vassari.
Él se pasó una mano por la mandíbula.
—Eres insoportable.
—Y, aun así, aquí estás, dedicándome tu valioso tiempo.
Aria recogió los documentos y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia él.
—Por cierto, el viernes tengo una cita. Así que, si vuelves a necesitar que revise un informe a última hora, procura avisarme antes.
Dante sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.
—No recuerdo haberte preguntado por tus planes.
—No lo hiciste. Pero parecías muy interesado en mi agenda últimamente.
Ella salió antes de que pudiera responder.
Dante permaneció inmóvil, con los dedos apretados contra el escritorio.
No queremos que vaya.
El lobo habló con una claridad que lo hizo fruncir el ceño.
—No decides con quién sale —murmuró Dante.
Entonces haz que se quede.
—No voy a controlar su vida.
El lobo guardó silencio.
Dante miró la puerta por la que Aria acababa de desaparecer.
No tenía derecho a reclamarle nada.
No eran pareja. Ni siquiera se habían besado.
Y, sin embargo, la idea de verla marcharse con otro hombre le provocaba una irritación que no podía resolver con una orden ni con una amenaza.
Por primera vez en muchos años, Dante Vassari tenía un problema que no podía comprar, despedir ni intimidar para que desapareciera.
Y su nombre era Aria Moretti.