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FIRMÉ MI LIBERTAD

FIRMÉ MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:La Vida Después del Adiós / Mujer fuerte/hombre frágil / Pareja destinada / Divorcio
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

FIRMÉ MI LIBERTAD

Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.

Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.

Una noche, Aymara decide desaparecer.

Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.

Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.

Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.

Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un nombre que puede existir

El séptimo día amaneció despejado.

Bella había decidido marcharse.

Lo decidí mientras se cepillaba los dientes. Lo confirmará mientras cerraba la maleta. Lo repitió cuando bajó a pagar.

Entonces Rodrigo le entregó la cuenta sin intentar convencerla de nada.

Eso la irrito.

—No va a preguntar si me voy?

—Tiene la maleta.

—Podría estar cambiando de habitación.

—La doce es mejor que todas las demás.

Bella lo miró.

Rodrigo sonrió.

—¿Se va?

Ella abrió la boca.

No respondió.

Detrás de él, por la ventana, podía verse el lago. Amy cruzaba la calle cargando una caja. Un niño pasaba en bicicleta.

Su teléfono nuevo vibró.

Era su padre.

Bella se apartó.

-¿Papá?

No contestó él.

Una voz de mujer habló.

—¿Señora Aymara?

El mundo se volvió frío.

-Si.

—Mi nombre es Helena. Trabajo con su padre.

Bella se apoyó contra la pared.

—¿Qué pasó?

—Está en el hospital.

El resto de la conversación llegó fragmentado.

Dolor en el pecho.

Una reunión.

Ambulancia.

Estable.

Observación.

Bella ya estaba buscando las llaves del auto cuando Rodrigo apareció a su lado.

—¿Qué necesita?

—Nada.

—Bella.

—Mi papá está en un hospital.

La palabra papá quebró algo.

Rodrigo tomó la maleta que ella había dejado caer.

—¿Dónde?

—No puedo decirle.

Él.

No preguntó por qué.

—Entonces dígame qué sí puedo hacer.

Bella respiró.

— Necesito salir.

—Le abro el portón.

Eso hizo.

Sin preguntas.

Antes de subir al auto, Bella se volvió.

—La habitación…

—La resolvemos después.

—La casa rodante.

—Se queda aquí.

—No sé cuándo vuelvo.

Rodrigo sostuvo su mirada.

—Entonces cuando vuelva, va a estar aquí.

Bella condujo hasta Monteluz.

No fue más lejos.

Se detuvo en un estacionamiento y llamó de nueva a Helena.

Su padre estaba consciente.

Le permitieron hablar con él.

—No vengás —fueron sus primeras palabras.

Bella lloró de rabia.

—¿Estás loco?

—Posiblemente. Preguntale al cardiólogo.

-Papá.

—Estoy bien.

—Voy para allá.

—Y Sam está esperando que hagas exactamente eso.

Bella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Apareció en el hospital.

—¿Cómo sabe?

—Tu mamá.

Bella cierra los ojos.

—Por supuesto.

—Aymara, no vengás hoy.

—Eres mi papá.

—Y por eso te lo estoy pidiendo.

Ella apoyó la frente en el volante.

—No puedo hacer esto.

—Sí podés.

—Estoy escondida en un pueblo que encontré por accidente, usando un nombre que inventé frente a un desconocido.

Hubo silencio.

—¿Es un buen pueblo?

La pregunta fue tan absurda que Bella soltó una risa entre lágrimas.

-Si.

—Entonces quedará un día más.

-Papá…

—Mañana hablamos.

Su padre recibió el alta dos días después.

Al tercer día, Helena volvió a llamarla.

—Su padre quiere que nos veamos antes de que regreses.

Bella miró la carretera desde el estacionamiento. Había pasado dos noches cerca de Monteluz sin acercarse al hospital. Sam seguía rondando los lugares donde esperaba encontrar un aymara.

—¿Para qué?

—Para terminar algo que él dejó preparado hace tiempo.

Se encontraron en un despacho pequeño que Helena utilizaba fuera de la sede principal. No había placas en la puerta ni recepcionistas que pronunciaran apellidos.

Helena colocó una carpeta frente a ella.

En la portada decía: BELLA MONREAL.

Bella levantó la vista.

—Ese nombre me lo inventé.

—Lo elegiste —corrigió Helena—. Tu padre se encargó de que pudieras conservarlo.

Abrio la carpeta. Había una fotografía suya, una firma pendiente y un documento emitido bajo un régimen de identidad civil protegida.

—¿Es legal?

—Completamente. No estamos creando otra persona ni borrando a Aymara. Para el Estado, ambas identidades están vinculadas. Esa vinculación es reservada.

Bella pasó los dedos por el borde del documento.

— ¿Qué puedo hacer con esto?

—Vivir. Firmar contratos. Abrir una cuenta operativa. Servicios de registro. Comprar. Trabajar. Presentarte como Bella Monreal sin que cada trámite exponga a Aymara.

—¿Y mis cuentas?

—Lo que ya pertenece a Aymara sigue perteneciendo a Aymara: inversiones, participaciones, derechos y cuentas patrimoniales. Pero tu padre dejó fondos protegidos para vos. Desde esta estructura, Bella puede disponer de ellos sin que un comercio, un proveedor o una transferencia ordinaria revele su identidad de origen.

Bella la miró con desconfianza.

—¿El banco sabe?

—El sistema valida que Bella existe y que está autorizada. Un empleado común no recibe el expediente reservado. Nadie puede pedir el vínculo solo por curiosidad. Haría falta un procedimiento formal y una autoridad competente.

— ¿Cuánto dinero dejó disponible?

Helena no respondió con una cifra.

—Más del que necesitabas para huir. Menos del que algún día tendrás que aprender a administrar.

Bella sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué nunca me dijo nada?

—Porque quería darte una salida, no una razón para quedarte esperando que él te rescatara.

Helena giró la última hoja y señaló la línea inferior.

—Si quieres conservar ese nombre, firmá.

Durante años, Aymara había firmado documentos que Sam terminaba explicando, corrigiendo o apropiándose.

Esta vez leyó cada línea.

Después tomó el bolígrafo.

BELLA MONREAL.

Helena revisó la firma y cerró la carpeta.

—Ya está.

—¿Eso es todo?

—Para Bella, sí. Aymara todavía tiene asuntos que solo Aymara podrá firmar.

Bella guardó el documento.

No sentí que hubiera dejado de ser aymara.

Por primera vez sentí que también tenía derecho a ser Bella.

Bella no regresó a la ciudad.

Volvió a Brumaluna.

Rodrigo estaba en la entrada cuando llegó.

No corrió hacia ella.

No la abrazó.

Solo miró su cara y preguntó:

—¿Está vivo?

Bella bautizada.

-Si.

—Bien.

Ella se quedó frente a él.

—Gracias por cuidar la casa rodante.

—No fue difícil.

—Y por no preguntar.

Rodrigo la Actuación.

—Eso sí fue un poco más difícil.

Bella disimula.

Rodrigo estaba en la entrada cuando regresó.

—Pensé que quizás no regresaras —dijo.

Bella sostuvo la carpeta contra el pecho. Dentro estaba la prueba de que aquel nombre ya no era una improvisación.

—Yo también.

Rodrigo tomó una de sus bolsas sin pedir explicaciones.

—¿Te quedas?

Bella miró el lago, el hotel y la calle que apenas empezaba a reconocer.

—Siete días más.

Rodrigo irritante. —Entonces mañana te cobro el desayuno.

Aquella tarde firmó la extensión de su hospedaje: BELLA MONREAL.

Esta vez la firma no era una mentira. Era una identidad legal, protegida y suya. Aymara seguía existiendo en los lugares donde debía existir. Pero en Brumaluna, para Rodrigo, para Amy y para cualquiera que preguntara, ella era Bella Monreal.

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