NovelToon NovelToon
Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:35
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: Todo lo recuerdo

Lo primero que vio al abrir los ojos fue la cobija. La delgada, la del brazo del sillón, puesta encima de ella hasta los hombros. Ella no se había tapado.

Lo segundo fue la maleta de cartón. Seguía en el piso, junto a la ofrenda, pero cerrada, con el broche oxidado puesto. Ella no la había cerrado.

Eran las 6:50. El sillón todavía tenía el hueco de otro cuerpo del lado de la pared. Ximena buscó el celular entre los cojines y encontró el mensaje de las 6:10.

Soñé que te cubría de la lluvia.

Lo leyó tres veces. Luego se tapó la cara con la cobija, que olía un poco a él, y se quedó así.

Podía dar hora y media sobre Sor Juana sin una nota, con fechas y con los nombres de los virreyes. Y anoche, cuando la mano de él encontró piel debajo del suéter, se le había borrado todo. No el deseo; ese había estado ahí, tan claro que la asustó.

Se le fue el piso.

Y en lugar del piso apareció un patio en Atlixco. Una noche de aguacero, ella con nueve años del lado de afuera de la tienda, tocando la puerta con los nudillos hasta que dejó de sentirlos. Nadie abrió hasta la mañana.

Ximena se destapó la cara y miró el techo.

No les tenía miedo a los hombres. Había tirado a Emilio al piso de un hotel sin que le temblara el pulso. Le tenía miedo a esto: a acostumbrarse, a querer, y a que un día la puerta volviera a cerrarse por dentro.

Y anoche, cuando dijo para, también lo estaba midiendo. Si se iba a desesperar. Si iba a soltar el aire como quien hace un favor.

No lo soltó. Se quedó. Cerró la maleta.

Escribió, borró, escribió.

Tengo clase a las doce. Si quieres café, ven en la tarde.

La respuesta llegó antes de que dejara el celular.

A las siete. Llevo algo.

A las siete en punto sonó el timbre, y cuando Ximena abrió, Leonardo no venía solo.

Detrás de él subía don Chema con una bolsa en cada mano, y detrás de don Chema, Salcedo, con dos más. En el descanso de la escalera esperaban otras, de papel grueso, sin un solo logotipo a la vista.

—Buenas noches, maestra. —Don Chema levantó un poco las bolsas—. ¿Dónde se lo dejo?

Ximena miró a Leonardo. Leonardo miró el pasillo.

—En el vestidor, don Chema. La puerta de junto al baño.

—¿Y tú cómo sabes cuál es mi vestidor?

—Tu casa tiene cuatro puertas, Xime.

Hicieron tres viajes. Ella se quedó en la entrada con los brazos cruzados, viendo pasar las bolsas como quien ve pasar un desfile que no pidió.

Salcedo subió al último, con una bolsa abrazada contra el pecho y la cara de siempre, la de un hombre que podría estar cargando papeles del consejo.

—Doctora Oropeza. —Se la entregó a ella, no a Leonardo—. El señor pidió que no hubiera ninguna etiqueta con precio.

—Gracias, licenciado.

—Con permiso.

Bajó. Don Chema detrás, con un buenas noches, maestra que casi no se oyó. La puerta de abajo sonó y luego nada.

Ximena dejó la bolsa sobre la mesa sin abrirla.

—¿Qué es esto, Leo? —No descruzó los brazos—. No me gusta deberle nada a nadie.

—No me debes nada. —Él se sentó en el brazo del sillón, donde siempre dejaba el saco—. Ábrelo y luego me regañas.

El vestidor era un cuartito angosto entre la recámara y el baño, y ahora tenía bolsas alineadas contra la pared como alumnos esperando calificación. Ximena abrió la primera caja. Antes de quitar el papel de china ya sabía qué era.

Una bolsa café. Nada del otro mundo.

Se quedó con ella en las manos.

—El año pasado, en París —dijo él desde la puerta—. Siete minutos frente al aparador.

—Yo me la iba a regalar. Cuando tuviera la plaza.

—Cuando tengas la plaza, te compras otra. Esta es por los siete minutos.

La siguiente era una tote de piel. Ximena la reconoció por el olor antes que por la forma.

—Antara —dijo él—. Te la colgaste, te viste en el espejo y la regresaste.

—Demasiado para una profesora —repitió ella, bajito.

—No para esta.

Una caja chica: una pulsera de trébol, delgadita. Se la puso contra la muñeca sin abrocharla. Le quedaba con su tono de piel. Exactamente como había dicho aquella noche por teléfono, medio dormida, pensando que decía una tontería.

Un tubo blanco. Crema de manos. Lo destapó y lo olió. Nada.

—¿Sin olor?

—En la cena de Vallejo se te sentó al lado una señora con mucho perfume. Estornudaste dos veces y te tapaste con la servilleta.

Ximena lo miró. Él ni parpadeó.

Un estuche largo, de madera. Adentro, tres plumas fuente, y en el capuchón de cada una, grabadas en letra chiquita, sus iniciales.

—Muerdes el capuchón cuando algo te emociona —dijo él—. En la clase de las monjas coronadas lo mordiste cuatro veces. Estas aguantan más.

Se le escapó una risa. La risa se le atoró a medio camino y se le volvió otra cosa en la garganta.

—¿Cómo sabías? —Tuvo que aclararse la voz—. Todo esto. ¿Cómo…?

—Me lo dijiste tú. —Lo dijo sencillo, como quien da una dirección—. Todo lo recuerdo.

Ximena se sentó en el banquito del vestidor, con el estuche abierto en las rodillas. Ninguna de esas cosas la había pedido. Todas las había dicho una vez, de pasada, a las once de la noche, sin pensar que alguien las guardaba. No era un hombre enseñándole su dinero.

Era un hombre enseñándole que la había oído.

Quedaba una bolsa. La más grande.

Adentro había un abrigo largo, color camel, de una lana tan suave que se le hundieron los dedos.

—Ese no me lo dijiste —dijo él—. Ese lo vi. En Vallejo, cuando te ibas, bajo la lámpara de la entrada. Los puños.

Ximena volteó hacia el gancho detrás de la puerta. Ahí colgaba su abrigo de siempre, con las bolitas de pelusa en la orilla de las mangas. Nunca se le había ocurrido que alguien se fijara en eso.

Se puso el nuevo. Frente al espejo le quedaba largo hasta media pantorrilla y le cerraba justo en los hombros. Leonardo se acercó por detrás. Ella vio en el espejo cómo levantaba la mano hacia su cintura y la detenía a un centímetro de la tela. No la tocó.

La dejó ahí, en el aire, sosteniendo nada.

—Te queda —dijo.

Ella no se movió. Dejó que la mano se quedara flotando.

De vuelta en la sala, él abrió el portafolio que había subido él mismo y sacó un sobre de papel kraft.

—Esto no cabía en el vestidor.

Ximena lo abrió en la mesa. Era un documento de varias hojas, con el membrete de una notaría de Polanco y la palabra proyecto en una esquina. Escritura de compraventa. Leyó la dirección dos veces: calle Higuera, este número, este dúplex.

Y en el renglón del comprador, con todas sus letras: Ximena Oropeza Rangel.

—Leo.

—El dueño ya lo quería vender. —Habló rápido, como quien rinde un informe antes de que lo interrumpan—. El agente se acordaba de ti. Dice que cuando viniste a verlo mediste con el celular cuántas horas le pegaba el sol al balcón, y que dijiste que querías sembrar hortensias.

—Eso ni me acordaba que lo había dicho.

—Él sí. Ya está pagado. Los impuestos ya están calculados y cubiertos. Solo falta tu firma. En la notaría nos esperan el miércoles a las diez. —Ella abrió la boca y él siguió—. Si no firmas, sigo siendo tu casero y te subo la renta.

Ximena soltó una risa que salió mojada. No dijo que no. Dobló las hojas por sus mismos dobleces y las regresó al sobre con el cuidado con que se guardan los documentos en un archivo.

Luego se levantó, le echó los brazos al cuello y se colgó de él.

—Dicen que donde un hombre pone su dinero, ahí pone el amor.

—Te quiero mucho. —Lo dijo contra su pelo—. Pero si te casas conmigo, te querría más.

Ella lo empujó con las dos manos en el pecho, sin fuerza.

—Todavía no termino de disfrutar mi soltería. Ni siquiera terminamos de ser novios.

—Entonces me voy a portar muy bien mientras la disfrutas.

Se sentaron en el sillón. El mismo. Ella con el sobre en el regazo, él con el brazo en el respaldo, sin tocarla del todo.

—¿Por qué tanto? —preguntó ella.

Leonardo tardó en contestar. La miró como la había mirado anoche, cuando ella le preguntó si no era suficiente.

—Porque tú y yo nos parecemos. Ninguno de los dos se siente seguro. Y quiero que al menos esto sí lo tengas.

Una puerta que se cerraba por dentro. Una puerta que era suya. Ximena apretó el sobre contra el estómago.

—Contigo me siento en tierra firme —dijo. Y lo dijo mirándolo, para que no pudiera pensar que era por la casa.

Él le quitó el sobre de las manos, lo puso en la mesa y le tomó la mano. Se quedaron así un rato, sin hablar, con el camel todavía puesto.

Después, mientras ella hacía café, él se paró frente al librero. Ximena lo vio pasar el dedo por los lomos sin tocarlos, igual que la mano en el espejo.

—La primera noche que entré aquí —dijo sin voltear—, lo que más me llamó la atención fueron estas.

Las etiquetas. Tiras de papel escritas a mano, pegadas en algunos lomos. Favorito. Releído tres veces. En un libro delgado, casi escondido entre dos gordos, la última: Para noches sin sueño.

Él puso el dedo encima. El nombre en el lomo era Aurelia Castañón.

—El jueves hay una subasta. —Se volvió a mirarla—. Aurelia Castañón. Sé que la lees.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play