Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Vete.
Isabella se despertó a las diez de la mañana en la cama de Pietro Valero.
No sabía dónde estaba por un segundo. Olía a leña, a lana gorda, a perfume de hombre caro. Vio la chimenea prendida, la ventana con nieve, el viñedo blanco. Y vio suéter beige en el piso, al lado del abrigo negro de él.
Se levantó de golpe. Se puso el suéter. Bajó descalza las escaleras de piedra.
Pietro estaba en la cocina, hablando por teléfono en italiano, muy serio, con una copa de café en la mano. Vestido ya, con un suéter negro de cuello alto, pantalón oscuro, botas de campo. Cuando la vio bajar, colgó.
—Buongiorno — dijo, y su mirada inquietante se suavizó un segundo —. Dormiste cuatro horas. Tienes que comer.
—Tengo que irme a mi casa — dijo Isabella, con el pelo rizado todo desordenado —. Mi casa...
—Tu casa está bien. Carlo llevó leña. — la interrumpió —. Desayuna acá.
Isabella no discutió. Tenía hambre. Se sentó. Pietro le puso pan, miel, café, queso.
Luego Pietro la acompaño a su casa, aunque no quería dejarla ir, pero ella se lo pidió.
Justo cuando iban a sentarse en aquel mueble. Tres golpes fuertes, de mujer.
Pietro frunció el ceño.
Abrió. Eran tres mujeres del pueblo. La panadera, la dueña de la enoteca y una vieja con velo negro que Isabella había visto en la iglesia. Las tres con cara de funeral.
—Signor Valero, con permiso — dijo la panadera, entrando sin permiso, mirando a Isabella detrás de Pietro, con el pelo desordenado, con el abrigo de él en la silla —. Venimos hablar con ella.
Pietro se cruzó de brazos.
Isabella se puso delante e Pietro.
—¿Por mí?
La vieja del velo negro habló, con voz temblorosa:
—Niña, tú no eres de acá. Tú eres extranjera. Muy bella, sí, pero no sabes. Tienes que irte. Tienes que irte de Montalcino antes de que sea tarde.
—¿Por qué? — preguntó Isabella.
La dueña de la enoteca se acercó, le agarró la mano como si fuera su madre.
—Porque Pietro Valero es peligroso. Es muy respetado, sí, pero es peligroso. Su esposa... Francesca... no se cayó del caballo. Todos sabemos que fue por él. Porque él la volvió loca. Porque él es, es celoso, es... — miró a Pietro con miedo —. Es un hombre que no deja ir.
Cuando tiene algo bello, lo encierra. Como su vino. Lo encierra en la bodega hasta que se hace viejo y ya no sirve. Así hizo con Francesca. La encerró en esta villa.
Isabella sintió frío.
La panadera siguió:
—Niña, Carlo nos dijo que estabas en la bodega con él. Encerrada. Eso es lo que hace. Encierra.
En invierno encerró a una chica de Siena en la bodega por dos días porque no quería que se fuera. La policía tuvo que venir. Vete, niña. No te quedes. Porque si te quedas, no te vas a poder ir nunca más. Te lo decimos porque eres joven y bella y no queremos verte muerta como Francesca.
Isabella miró a Pietro. Esperaba que él gritara, que las echara, que dijera que era mentira.
Pietro no hizo nada. Se quedó apoyado en la pared, mirando el piso. Con esa mirada inquietante que atemorizaba a todos. No se defendió. Como si todo lo que decían fuera verdad. O como si estuviera cansado de defenderse.
—Es verdad — dijo al fin, en voz baja, mirando a Isabella —. Todo lo que dicen es verdad.
Pero yo no ecerré a esa chica de Siena ella se metió a mi casa, no quiso salir y fui yo quien llamó a la policía para que la sacaran, aveces los chismes de pueblo se extienden como pólvora sin saber el desastre que causarán.
Y lo que es verdad, yo tenía 20 años, era un idiota. Mi esposa sí se tiró del caballo porque no me soportaba. Soy posesivo. Soy celoso. Soy peligroso. No sé amar. Solo sé poseer. Te lo dije anoche en la bodega. No te mentí. Ahora ellas te lo dicen para que te vayas. Tienen razón. Vete.
El silencio en la cocina fue horrible.
Isabella tenía la mano todavía agarrada por la dueña de la enoteca. Tenía a las tres mujeres mirándola con pena. Tenía a Pietro diciéndole "vete" después de haberle calentado los pies a las seis de la mañana.
Y entonces Isabella, la escritora de 26 años, muy bella, que había llegado con una maleta porque quería sentir algo que la asustara, hizo lo que ninguna mujer de Montalcino había hecho en 40 años con Pietro Valero.
Se soltó de la mano de la mujer. Caminó hasta Pietro...
—Ustedes no lo conocen — dijo, mirando a las tres mujeres, pero hablándole a él —. Ustedes solo saben lo que cuentan. Yo estuve encerrada con él seis horas en una bodega a menos cinco grados. ¿Y saben qué hizo? Me dio su abrigo. Me contó su desgracia. No me tocó sin permiso. ¿Eso es ser peligroso? Si eso es peligroso, yo quiero ese peligro.
Se dio la vuelta y miró a Pietro a los ojos grises.
—Tú me dijiste anoche que querías que me quedara todo el invierno. ¿Todavía quieres?
Pietro la miró, sorprendido. Nadie nunca le había contestado así delante del pueblo.
—Sí — dijo.
—Entonces me quedo — dijo Isabella —. Y si me quieres encerrar en tu bodega, enciérrame. Pero con vino. Con mucho vino del 79. Porque peligroso es lo que yo vine buscando a Italia. Yo no vine buscando un novio bueno que me lleve a tomar helado. Vine buscando un amor que me dé miedo. Y tú me das miedo. Y me gusta.
Las tres mujeres se santiguaron.
—Niña, estás loca — susurró la vieja del velo —. Estás loca como el.
—No — dijo Isabella, agarrando la mano de Pietro delante de todas —. Estoy cuerda. Hay diferencia. Investigar es de policías, observar es de hombres que quieren algo, y quedarse es de mujeres que no tienen miedo.
Pietro, por primera vez en cuatro años, delante de su pueblo, sonrió. No una sonrisa corta, peligrosa. Una sonrisa grande, de chico.
—Váyanse — les dijo a las tres mujeres, sin soltar la mano de Isabella —. Ella se queda. Y si alguien la molesta, se las ve conmigo. Como siempre.
Las tres mujeres se fueron, murmurando, santiguándose, corriendo por la nieve a contarle a todo Montalcino que la extranjera de pelo rizado estaba loca y se había quedado con Valero.
Cuando se cerró la puerta, Pietro agarró a Isabella de la cintura y la levantó sobre la mesa de roble.
—Me acabas de defender delante de todo mi pueblo — dijo, con voz ronca, con esa posesión que ahora ya era amor —. Nadie nunca me defendió.
—Me acabas de decir que me vaya y no me fui — dijo ella —. Nadie nunca se había quedado.
Se besaron en la cocina, con el pan frío en la mesa, con el café derramado, con la puerta todavía abierta entrando nieve.
Afuera, Montalcino entero ya sabía: la escritora limeña no se iba. Se quedaba con el hombre peligroso. Con el dueño del vino. Con el hombre de la mirada que atemoriza a todos, menos a ella.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭