Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.
Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.
Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.
Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.
Y allí comprenden que nada era como les contaron.
Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.
Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.
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Capítulo 17 — Ana confiesa una parte
Ana pidió hablar con Aurelia a solas. La conversación ocurrió en una sala pequeña, lejos del consejo y del resto del equipo.
—No quiero que pienses que todo fue culpa tuya —dijo Ana.
Aurelia levantó la vista.
—Nunca he dicho que lo fuera.
Ana respiró profundamente.
—Hice cosas para separarte de los chicos.
—¿Qué cosas?
—Hice que pareciera que desconfiabas de ellos. Cambié algunas conversaciones. Les dije que estabas utilizando a Franco para ganar influencia.
Aurelia permaneció serena.
—¿Por qué?
Ana bajó la mirada.
—Porque tenía miedo de perderlos.
—Eso explica tu miedo. No explica tus decisiones.
—Lo sé.
—¿El karaoke también fue idea tuya?
Ana tardó demasiado en responder.
—Sí.
Aurelia sintió decepción, no sorpresa.
—¿Y quién pagó al hombre?
Ana guardó silencio.
—No fui yo directamente.
—¿Quién entonces?
—No puedo decirlo.
—¿Porque no quieres o porque tienes miedo?
Ana levantó los ojos.
—Las dos cosas.
Aurelia entendió que aquella confesión tenía un límite cuidadosamente elegido.
—No voy a obligarte a decir más ahora. Pero tampoco voy a olvidar lo que acabas de admitir.
Cuando salió de la sala, Franco esperaba en el pasillo.
—¿Quieres que entre?
—No.
—¿Qué dijo?
—Admitió que provocó algunas rupturas y que el karaoke fue preparado.
Franco asintió.
—¿Y el dinero?
—No quiso decir quién lo proporcionó.
—Entonces todavía hay otra persona.
Aurelia cerró la carpeta.
—O varias.
La confesión parcial de Ana ocurrió después de que Aurelia le concediera un espacio sin los demás presentes.
Ana habló durante varios minutos antes de llegar al punto central.
—No sé cómo empezó todo —dijo.
—Entonces empieza por lo que sí sabes.
Ana asintió.
—Yo provoqué rumores. Hice que pareciera que desconfiabas de los chicos. Les dije cosas que no había comprobado.
—¿Y el karaoke?
—Yo lo preparé.
Aurelia no reaccionó con triunfo.
—¿Quién te ayudó?
—No lo sé completamente.
—¿Entonces por qué seguías?
Ana miró al suelo.
—Porque cuando quería detenerme, alguien me recordaba que ya había dejado rastros.
Aurelia sintió que aquella frase podía ser importante.
—¿Te amenazaron?
Ana no respondió.
—Puedes decir que no quieres contestar —añadió Aurelia—. Pero no vuelvas a decir que no había otra opción.
Ana levantó la vista.
—Había otras opciones. Solo que no tuve valor para tomarlas.
Cuando Aurelia informó a Franco, él no celebró la confesión.
—Eso significa que puede existir coerción y responsabilidad al mismo tiempo.
—Sí.
—Entonces tendremos que demostrar qué parte corresponde a cada una.
Aurelia asintió.
La confesión no cerró el caso.
Lo volvió más humano y, precisamente por eso, más difícil de simplificar.
Después de la confesión, Ana pidió unos minutos más con Aurelia.
—¿Me odias?
Aurelia negó con la cabeza.
—No.
—¿Eso es peor?
—No. Solo significa que todavía puedo distinguir entre lo que hiciste y quién eres.
Ana lloró en silencio.
—Quiero arreglarlo.
—Empieza por no mentir cuando tengas miedo.
Ana asintió.
No hubo abrazo ni reconciliación. Solo una conversación en la que, por primera vez, ninguna de las dos necesitó convertir el dolor en una herramienta.
Después de la conversación, Aurelia pidió a Ana que se comprometiera a no destruir ni modificar ningún documento relacionado con la investigación.
—No quiero que esto se convierta en otro secreto.
Ana asintió.
—No destruiré nada.
—Y si recibes otra amenaza, la registrarás.
Ana dudó.
—¿Aunque te haga quedar mal?
—Aunque me haga quedar mal.
Ana la miró sorprendida.
Aurelia añadió:
—Si la verdad me perjudica, prefiero saberla.
Aquella respuesta cambió ligeramente la relación entre ambas. No había confianza todavía, pero sí una regla compartida.
Antes de marcharse, Ana preguntó:
—¿Qué pasará conmigo?
Aurelia respondió:
—Dependerá de lo que hagas a partir de ahora.
—¿Y si colaboro?
—Entonces podremos diferenciar tus decisiones de las de quienes te influenciaron.
Ana asintió.
Era la primera vez que escuchaba una salida que no consistía en ser perdonada o castigada de inmediato, sino en asumir responsabilidad y aportar información.
Ana salió de la sala con una instrucción clara: conservar todos los documentos y comunicar cualquier nuevo contacto relacionado con la red intermediaria.
Cuando Víctor la alcanzó, preguntó:
—¿Vas a hacerlo?
—Sí.
—Aunque eso pueda perjudicarte.
Ana tardó unos segundos.
—Quizá seguir ocultándolo sea peor.
Era una respuesta pequeña, pero significaba que por primera vez estaba considerando las consecuencias de sus decisiones antes de actuar.
No sintió que hubieran ganado.
Habían confirmado una parte de la verdad y, al mismo tiempo, habían demostrado que quedaba otra mitad fuera de su alcance.
La confesión de Ana cambió la manera en que Aurelia observaba cada nuevo movimiento. Ya no buscaba únicamente pruebas contra ella; intentaba distinguir entre las decisiones que Ana había tomado por iniciativa propia y las que alguien pudo haber provocado.
Franco la encontró revisando documentos después de la jornada.
—No necesitas quedarte hasta tan tarde.
—Tú tampoco.
—Eso no es una respuesta.
Aurelia levantó la mirada.
—Estoy intentando no cometer el mismo error que Ana: decidir algo antes de conocer toda la historia.
Franco se sentó frente a ella.
—Entonces no lo hagas sola.
Aurelia le tomó la mano por encima de la mesa.
—No pienso hacerlo.
El gesto fue sencillo, pero confirmó que la relación ya no era una posibilidad escondida. Aun así, decidieron mantenerla fuera de las decisiones formales.
Mientras revisaban los mensajes, apareció una frase de Ana que llamó la atención de ambos: mencionaba que «la persona de arriba» necesitaba que Aurelia desconfiara de Franco. No había nombre, pero sí una fecha. La fecha coincidía con una transferencia.
—Esto ya no es una impresión —dijo Aurelia.
—Todavía no es una prueba completa —respondió Franco.
Ella sonrió.
—Por eso te quiero aquí.
Franco la miró durante unos segundos.
—Y yo a ti.