Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Picnic a La Luz De La Luna.
Finales de mayo. En Montalcino la primavera ya era verano.
El viñedo de los Valero estaba verde perfecto. Las uvas chiquitas empezaban a crecer. A las 9 de la noche todavía hacía calor, pero con viento fresco de cipreses. Y había luna llena. Una luna grande, amarilla, que iluminaba todo el valle como si fuera de día.
Pietro había tenido la idea en la tarde:
—Hoy no cocinamos en la villa — dijo —. Hoy hacemos picnic en el viñedo. Como cuando éramos novios en enero y te llevaba vino en termo.
Isabella se rió. Estaba en su mesa de roble, terminando su novela. Ya le faltaban solo dos páginas. Llevaba un vestido blanco corto, simple, con tirantes, y estaba descalza como siempre en la villa.
—¿Picnic a esta hora? — dijo.
—A la luz de la luna — dijo Pietro —. Solo tú y yo. Con manta, pan, queso, Brunello y tus delicias dulces que ya le gustan hasta a mi padre.
A las 10 de la noche bajaron caminando por el caminito de tierra que cruza el viñedo. Pietro llevaba una manta grande a cuadros rojos y una canasta de mimbre. Isabella llevaba dos copas y una vela, ella animada como una niña pequeña y él sonriendo como si mirara lo más bello del mundo, su mujer.
Se sentaron en el medio del viñedo. Donde se ve todo Montalcino iluminado abajo y la luna arriba. Donde nadie los ve. Donde solo se escuchan grillos y viento entre las hojas.
Pusieron la manta. Abrieron el vino. Comieron pan de Martha, queso pecorino de la zona, aceitunas. Isabella se recostó en la manta, mirando la luna, con la cabeza en las piernas de Pietro.
—Pietro, ¿te acuerdas cuando llegué en enero y pensé que tú eras el hombre más serio y aburrido del mundo? — dijo riéndose, feliz.
—Y tú pensaste que eras la peruana perdida que iba a volver a Lima en unos meses — dijo él, acariciándole el pelo rizado —. Y mira. Mayo. Y sigues acá. Con vestido blanco. En mi viñedo. Sonriendo.
Los dos sonreían. De esos que sonríen sin motivo. Solo porque están felices. Porque ya no hay LaBeouf, no hay Donata, no hay disparos. Solo luna, vino y ellos.
Isabella se incorporó para servirse más vino. Y de repente se paró. Rápido.
—Ay — dijo.
Se llevó la mano a la cabeza. Se mareó un poquito. La luna le dio vueltas un segundo.
Pietro la agarró al instante del brazo, asustado. Todavía con el trauma de la bala y de la capilla.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó, amor? — dijo, con voz de pánico —. ¿Te mareaste?
—Sí, un poquito — dijo Isabella, sentándose otra vez en la manta, riéndose —. Me dio un mareo leve. Así de la nada. Debe ser el vino. O el calor.
Pero Pietro no se rió. La miró. Serio. Con ojos grandes. Con esa mirada de Valero que calcula todo.
—Isabella — dijo bajito —. ¿Cuándo te vino la última vez?
Isabella se quedó quieta. Con la copa de vino en la mano, a medio camino. Mirando la luna.
No se acordaba. Con todo el drama de abril, de la trampa, del cumpleaños, no se había dado cuenta. Se puso la mano en la panza, plana todavía, bajo el vestido blanco.
—Pietro... — susurró —. Creo que... creo que hace casi dos meses que no...
Se miraron. Los dos. En medio del viñedo. Con la manta roja. Con la luna llena encima. Con las copas de Brunello a medio tomar.
Pietro dejó su copa. Le agarró las dos manos. Con cuidado. Con amor posesivo, celoso, pero ahora con algo más. Con miedo y felicidad a la vez.
—¿Será? — dijo él, con voz temblando por primera vez en meses —. ¿Será un embarazo acaso? ¿Isabella? ¿Será que...?
Isabella se mareó otra vez, pero de emoción. Se rió y lloró al mismo tiempo. Feliz.
—No sé — dijo —. Pero si es... si es...
—Si es, es un Valero — dijo Pietro, interrumpiéndola, besándole la frente, la panza todavía plana por encima del vestido, con lágrimas en los ojos que nunca nadie en Montalcino le había visto —. Si es, es tuyo y mío. Y va a nacer acá, en este viñedo, bajo esta luna. Y va a tener tu pelo rizado, amor. Te lo juro que va a tener tu pelo rizado.
Se quedaron abrazados en la manta, bajo la luna llena, sin comer más, sin tomar más vino, solo sonriendo felices, con ella un poco mareada, con él agarrándole la panza como si ya hubiera algo ahí.
Y la luna, desde arriba, iluminaba el viñedo de los Valero y a la pareja que por fin, después de huir de Lima, de balas, de trampas y de celos, había encontrado su final feliz.
Pero también su comienzo.
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Mañana a las 8 van a la farmacia de Montalcino a comprar la prueba, con Franco esperando afuera en la camioneta, rezando.
Ellos más nerviosos que no sabían como reaccionar, su amor estaba seguro, y con un bebé sería aún más perfecto.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭