Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
Capítulo 14: Todos mis secretos
Ximena se tapó la boca. No sirvió: la risa se le salió entre los dedos.
Era la tercera vez que el barro se le venía abajo a Leonardo. Giraba en el torno, subía un poco, se ladeaba como borracho y se desplomaba en una masa gris.
Él se quedó mirándolo con las manos abiertas en el aire, muy serio, como si el barro le debiera una explicación.
—Mis alumnos de primer semestre lo hacen mejor.
—¿Me enseñas, maestra?
Lo dijo sin levantar la vista. Ella dejó su propia pieza, se limpió en el delantal y se sentó en el banquito junto al suyo. Le puso las manos encima de las de él.
Tenía las manos más grandes que las suyas, y el barro las volvía resbalosas y tibias. Ella apretó un poco. El torno zumbaba.
—No lo aprietes. Nomás acompáñalo. Si lo fuerzas, se cae.
—¿Como tú?
—Cállate y sube.
Subieron juntos. El barro obedeció. Ximena sentía el pulso de él en los nudillos, o el suyo, ya no sabía, y se concentró muchísimo en la pared de la pieza para no pensar en eso.
Ella terminó una taza chica, derecha, que iba a pintar de azul, estilo talavera. Él terminó un cuenco chueco, grueso por fuera, con el borde irregular. Por dentro lo había alisado con el pulgar hasta dejarlo liso como una piedra de río.
—Se parece a ti —dijo, girándolo—. Por fuera, serio. Por dentro, suave.
—Yo no soy seria.
—Si tú eres el cuenco —siguió él, como si no la hubiera oído—, yo soy el que viene a servirse todos los días.
Ximena le aventó una bolita de barro. Le dio en el pecho.
La ceramista, una mujer de pelo blanco que en dos horas había dicho seis palabras, recogió las piezas.
—¿El cuenco sin esmalte? ¿Seguro?
—Así —dijo Leonardo.
—Dos semanas.
Esa semana armó la ofrenda en la sala, como cada año. La foto de sus papás en el parque, él con el brazo sobre los hombros de ella. Cempasúchil. Pan de muerto. Un platito de mole de olla, porque era lo que su papá pedía cada domingo.
El pasador de carey de su mamá, el único que se había salvado.
El 2 de noviembre en la mañana fue con la tía y el tío a llevarles flores. La tía limpió el vidrio de la foto de la tumba con su pañuelo, frotando fuerte.
—Tu mamá era rete coqueta, mija. No le vamos a dejar el vidrio sucio.
El tío cargó las cubetas sin decir nada, como siempre.
A mediodía le llegó un mensaje:
Hoy como con mi papá en Lomas. Luego te escribo.
A las 22:40 sonó la cerradura.
Ximena estaba sentada en el piso junto a la ofrenda, prendiendo una veladora nueva. Se volteó. Leonardo cerró la puerta detrás de él con la llave de emergencia todavía en la mano.
—Pasaba por aquí.
—Venías de la casa de tu papá en Lomas. —Apagó el cerillo de un soplido—. Lomas está al poniente, tu casa en Chimalistac, y yo más allá. No pasabas por aquí.
Él no lo negó. Se quitó el saco, lo dejó en el brazo del sillón y se quedó parado frente a la ofrenda.
Mucho rato. Con las manos en los bolsillos, mirando la foto.
—Caminaban agarrados de la mano —dijo ella, sin que él preguntara—. Siempre. Hasta en el súper. Y se peleaban por servirse uno al otro; mi mamá le quitaba el cucharón, él se lo quitaba a ella, y la sopa se enfriaba. Mi papá le tomaba fotos a todo. A ella, sobre todo. —Se abrazó las rodillas—. Decía: comer, tener techo y que alguien te espere en casa: eso es suerte.
Leonardo no contestó. Se sentó en el piso junto a ella, con las piernas largas estorbando entre la mesita y la ofrenda.
—Yo sí creo que el amor existe —dijo Ximena—. Nomás me equivoqué de persona.
Se levantó antes de pensarlo. Fue al cuarto, se agachó junto al clóset y sacó la maleta.
Era de cartón duro, color vino, con las esquinas raspadas. El broche estaba oxidado y todavía tenía pegada una etiqueta descolorida de la central de autobuses. La arrastró hasta la sala y la puso entre los dos.
—Era de mi abuela Toña.
El broche se resistió. Luego cedió con un chasquido.
Adentro había trece cuadernos. De todos tamaños: uno de rayas con un unicornio en la portada, otros de pasta dura, uno forrado con papel de regalo. Uno tenía las esquinas negras, quemadas, y olía todavía a algo viejo y dulce.
—Empecé a los diez. —Tocó el quemado con la punta del dedo—. Este lo quise quemar a los dieciséis. Me arrepentí a la mitad.
—¿Qué hay aquí?
—Todos mis secretos.
Él estiró la mano. Ella cerró la maleta con las dos palmas.
—No. Perdón. Es muy mío.
Leonardo retiró la mano despacio. No dijo nada. Solo se le apagó algo en los ojos, un poco, como una lámpara a la que le bajan la perilla.
Ximena aguantó tres segundos. Abrió la maleta, sacó el cuaderno del unicornio y se lo puso en las manos.
Él lo abrió con cuidado, como si fuera a romperse. Leyó en silencio una página. Luego otra, en voz baja, moviendo apenas los labios, hasta que se trabó.
—Oco… Ocote…
—Ocotelulco. —Ella se rio—. Se te atoró en la ele.
—Ocotelulco —repitió él, obediente. Pasó el pulgar por las letras redondas, de niña—. Esto huele a tierra.
—Es papel.
—No. Lo que escribiste. —Levantó la vista—. Todavía te acuerdas de cómo se siente la tierra caliente.
A Ximena se le cerró la garganta. Tardó en poder hablar.
—Pasaba los veranos con ella. En Tlaxcala. Andaba descalza todo el día, y en la tarde el piso de tierra de la cocina estaba tibio, y yo me acostaba ahí mientras ella echaba tortillas. —Se encogió de hombros—. Ya no existe esa casa.
Leonardo cerró el cuaderno y se lo devolvió.
—A mí me crió Nana Chabela. —Lo dijo mirando la veladora—. Mis papás se separaron cuando yo tenía seis, y los dos tenían muchas cosas que hacer. Ella era chiquita, con las manos ásperas. Le ponía demasiada sal a todo. Cuando me daba fiebre, se quedaba sentada toda la noche en una silla junto a mi cama, sin dormir. —Hizo una pausa—. Cada noviembre me llevaba a su pueblo, en Veracruz. Me dejaba meterme al lodo, agarrar ranas, contar estrellas en el techo. —Se le torció la boca—. ¿Suena a niño rico quejándose?
—Suena a niño.
Él la miró un momento largo.
—¿Y ella tenía familia allá? —preguntó Ximena.
—Todo el pueblo era su familia. —Leonardo tomó el cuaderno quemado y le pasó el dedo por la orilla negra—. ¿Por qué lo quisiste quemar?
Ella se lo contó. Una tarde, a los dieciséis, un coraje, un cerillo. Él escuchó sin interrumpir. De Nana Chabela no volvió a decir nada.
—Oye. —Señaló la ofrenda con la barbilla—. ¿Quieres ponerla aquí? A tu Nana. Hay lugar.
Leonardo se quedó callado. Tanto que ella pensó que había dicho algo malo. La veladora parpadeó.
—El año que entra —dijo por fin—. Hoy no traje su foto.
Ximena guardó los cuadernos uno por uno. Él la ayudó con el último, el del unicornio, y se lo dio con las dos manos.
—Te juro que de aquí no sale nada. —Tenía la voz baja, sin adornos—. Son los secretos de una niña. Y el alma de la mujer que quiero.
Ella bajó la tapa. No cerró el broche.
—Siempre le tuve miedo a la cercanía. —No lo miró—. A que alguien supiera demasiado. Y contigo… contigo no me aguanto las ganas de contarte.
Leonardo le quitó un mechón de la cara y se lo puso detrás de la oreja.
—Gracias por dejarme entrar.
Y se acercó.