NovelToon NovelToon
Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Ocho mil pesos

Rodrigo tenía la pluma destapada sobre la primera hoja del estado de cuenta cuando Tomás tocó dos veces y entró sin esperar respuesta. Martes, diez de la mañana, piso treinta.

—Ingeniero. La señora Treviño.

—¿Qué quiere?

—Ha llamado cuatro veces desde las ocho. —Tomás consultó la tableta—. Como su número está bloqueado, me marca a mí. Pide dos cosas. Que la mensualidad de la señorita Daniela suba a ochenta mil, porque después de la humillación pública la niña necesita terapia y un carro mejor. Y que el seis de junio usted vaya a cenar a su casa. Con sus papás.

Rodrigo no levantó la vista.

—¿Terapia?

—Así lo dijo.

—Qué casualidad. —Pasó la hoja—. Hoy tocaba esto de todos modos.

Lo había apartado desde el día de la Facultad. Una mañana entera, sin juntas, para ver en qué se iba el dinero de su hija. La llamada de Gisela no cambiaba el plan. Solo le ponía fecha.

Tomás dejó la tableta sobre el escritorio y señaló con el dedo.

—Sesenta mil al mes, ingeniero, desde hace años. Entran a una cuenta a nombre de la señorita Daniela, pero la administra la señora Treviño desde que la niña era menor de edad. Nunca se cambió. La tarjeta adicional la trae… —hizo una pausa— quien la trae.

Rodrigo leyó los cargos. Spa en San Pedro. Spa en San Pedro. Una boutique de Calzada del Valle. Otra vez el spa. Una membresía. Ni una librería. Ni un libro.

Se quitó los lentes de lectura y se talló el puente de la nariz.

—A partir de junio, ocho mil.

Tomás no parpadeó.

—¿A la misma cuenta?

—A una cuenta nueva. Solo a nombre de Daniela. Que la abra ella, con su credencial, en persona. Tres mil son la pensión del convenio, mientras estudie. Cinco mil son porque yo quiero.

—¿La tarjeta adicional?

—Se cancela hoy.

—¿Y el Audi? La señora preguntaba por un carro mejor.

—El Audi es de la empresa. No se vende, no se cambia. Si no le alcanza para la gasolina, que lo regrese.

Tomás escribió sin comentar. Rodrigo tomó el teléfono fijo y marcó a la casa.

—Imelda.

—Mande, ingeniero.

—Si la señora Treviño se presenta en la casa, es visita. Se queda en el recibidor. No pasa a la sala, no pasa a la cocina, no espera en ningún otro lado.

—Entendido, ingeniero. ¿Y la niña?

—La niña entra cuando quiera. Su mamá no.

* * *

A Daniela le marcó él mismo. No a través de Tomás, no a través de Gisela.

—¿Papi? —Se oía música de fondo, una cafetería—. ¿Qué pasó? ¿Ya se te bajó el coraje?

—Escúchame bien, porque te lo voy a decir una vez. Desde junio te voy a depositar ocho mil al mes. A una cuenta tuya, que abres tú. La tarjeta adicional ya no existe.

Silencio. Luego la música se apagó, como si ella se hubiera tapado el otro oído.

—¿Ocho mil? O sea, ¿neta? Papi, con eso no pago ni…

—Tienes veintidós años. Te toca saber a dónde se va tu dinero.

—¡Es por la becada! ¡Todo esto es por ella!

—Es por tu estado de cuenta, Daniela. Léelo. Si encuentras algo tuyo, me avisas.

Colgó. La mano le quedó un momento sobre el auricular.

No era castigo. No era venganza contra Gisela, aunque Gisela lo iba a contar así. Era la primera vez en veintidós años que su hija iba a ver una cuenta con su nombre y saber, peso por peso, quién se la gastaba.

* * *

A las cuatro y media volvió a sonar el celular. Daniela. La voz le temblaba.

—Papi, la tarjeta no pasa. Mi mamá está en el spa, le cobraron el facial y quería renovar la membresía, y la señorita de la caja no la deja salir, y está encerrada en el baño porque le da pena, y…

—Esa tarjeta era tuya, Daniela.

—Sí, pero…

—¿Por qué la trae tu mamá?

Del otro lado no hubo nada. Ni la respiración.

Rodrigo esperó cinco segundos. Diez.

—Si quieres, págalo tú —dijo—. De tu dinero.

—Papi…

—De tu dinero.

Colgó. A los veinte minutos, Tomás asomó la cabeza por la puerta.

—Mil ochocientos cincuenta. Los pagó la señorita Daniela con lo que le quedaba en su cuenta de débito. —Hizo una pausa—. Y la señora Treviño me mandó un recado para usted. Textual: dile que ya sé que hay otra.

Rodrigo miró la ventana. Abajo, Valle Oriente brillaba bajo el sol de la tarde.

No había otra. Había una. Y todavía no le decía que sí.

—No le contestes.

* * *

El viernes en la noche, en el estudio de Casa Solana, Rodrigo escribió y borró el mismo mensaje cuatro veces.

El termo había ido y venido tres veces esa semana. Caldo de pollo, fideo seco, frijoles charros. Ella siempre devolvía el termo lavado y una foto del fondo vacío. Nada más. Ni una palabra de la carretera vieja.

Al quinto intento lo dejó así:

¿Me acompañas el viernes seis? Cumplo años. Es triste cenar solo a los cuarenta y siete.

Lo mandó y dejó el celular bocabajo sobre el escritorio, como si así fuera a llegar más rápido la respuesta. Se levantó. Se sirvió agua. Regresó.

Sí.

Dos letras. Rodrigo las miró hasta que se apagó la pantalla.

* * *

El lunes dos de junio Tomás entró al despacho con la cara muy seria. Demasiado seria.

—Ingeniero, le tengo que contar algo. Pero le pido que no me corra.

—Habla.

—Hoy a las nueve llamó al conmutador un detective privado. Exmilitar, muy formal. Quería confirmar la identidad de una clienta antes de aceptar el trabajo. —Tomás carraspeó—. Me preguntó: ¿Es cierto que la señora es esposa del ingeniero? Le dije: exesposa. Desde 2013.

Rodrigo dejó la pluma.

—¿Y el trabajo?

—Seguir a un magnate. Quinientos mil pesos, por adelantado. —A Tomás se le torció la boca—. Me contó que se lo dijo por teléfono a la señora, así, con esa cifra. Y que la señora le colgó sin despedirse.

Rodrigo se quedó un segundo quieto. Luego se echó para atrás en la silla y se rio. Una carcajada corta, ronca, que le salió de algún lugar que no usaba desde hacía mucho.

Tomás se permitió sonreír.

—Ya puedo respirar, ingeniero.

—Lárgate a trabajar.

* * *

El martes tres, a la una y diez, llegó un mensaje de ella: Ya salí del primer final. Creo que bien.

Rodrigo levantó el teléfono.

—Chuy. El gris. Pasas por una florería y por la caja que dejé en la entrada. A la residencia. Que se la den en recepción.

—Sí, ingeniero.

Rosas rojas. Y una caja de naranjas de Montemorelos, de las de jugo, con una tarjeta que había escrito a mano esa mañana, tres veces, hasta que le salió la letra derecha:

Para que huela a tu casa.

Esa noche, en el estudio, el celular vibró a las diez y cuarto. Era una foto: las rosas metidas en una botella de agua cortada a la mitad, sobre un escritorio de residencia, junto a un termo de acero y una pila de copias engrapadas. Atrás, la caja de naranjas abierta.

Debajo, el mensaje.

Es la primera vez en mi vida que alguien me regala flores. Las voy a secar.

Rodrigo lo leyó una vez. Otra. Una tercera, despacio, con los lentes puestos.

Veintidós años y nadie le había regalado una flor. Y a él nadie le había dado las gracias así, sin pedirle nada después, desde hacía mucho.

Iba a contestar cuando entró otro mensaje.

Faltan tres días, tío. Y no me preguntes qué te voy a regalar.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play