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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 19

Capítulo 19: Nadie contrata a una muda

En la fiesta del Grito de la casona Iturralde, Mercedes levantó la copa a las once en punto y brindó por su hijo, por su salud y por la familia. A Paloma, que estaba parada a medio metro de Alejandro, no la miró ni una vez. Paloma no se ofendió. En la bolsa, doblado con cuidado dentro de un sobre de la SEP, traía el primer papel de su vida que llevaba impreso su nombre completo sin que nadie hubiera firmado por ella: su certificado de bachillerato.

Habían pasado tres meses desde la gala. Todo México sabía ya que Alejandro Iturralde caminaba, y él entraba caminando a la Torre todos los días. Al día siguiente de la gala le había instalado en el celular una aplicación de emergencia que con un solo botón mandaba su ubicación, reproducía en voz alta una frase de auxilio y empezaba a grabar; ella le había escrito *Exagerado* en el pizarrón y él no la había quitado. El dieciocho de junio fue al Ministerio Público a declarar por lo del callejón. El intérprete de lengua de señas que le prometieron nunca llegó, y en lugar de pedir otra fecha, Paloma contestó todo a mano durante cuarenta minutos. El Cicatriz ya estaba vinculado a proceso y seguía sin decir quién lo había mandado.

Lo demás había sido suyo. Terminó el curso de LSM en Seña y Voz y estudió para el examen del CENEVAL. Genaro, el chofer, le enseñó a manejar el Romeo por las calles de la privada y por el Periférico vacío de los domingos, y en agosto salió sola por primera vez. Para inscribirse al examen, Alejandro la acompañó al módulo del INE a sacar una credencial nueva, porque la original seguía en el cajón de su padre. Y en julio, después de un requerimiento de pago del área jurídica de Grupo Iturralde, Carmina había devuelto en tres pagos los doscientos ochenta mil pesos que había cargado a la cuenta de él. Tuvo que vender dos bolsas para hacerlo.

* * *

Esa noche, en Bosque Alto, Paloma le extendió el certificado sobre el pecho a Alejandro, que estaba acostado leyendo, y le puso el pizarrón al lado.

*Es mío. Nadie firmó por mí.*

Él entendió de inmediato. La última vez que ella había firmado algo importante, lo hizo creyendo que era un trámite para su hermana. Alejandro se sentó, leyó el certificado de arriba abajo, con sello y folio, y le tomó una foto. Un minuto después, Paloma vio que la había puesto de fondo de pantalla. Le arrebató el celular para quitarla, y él lo levantó por encima de la cabeza hasta que ella se rindió de risa.

Al día siguiente salió a buscar trabajo. Tenía un certificado, una credencial y un pizarrón, y creyó que con eso bastaba.

En un supermercado junto a Galerías, el supervisor de piso le leyó la solicitud y le preguntó, muy serio, cómo iba a contestar el radio. En una empresa de limpieza de la colonia Del Valle, la recepcionista la hizo esperar y luego volteó hacia su compañera, sin bajar la voz.

—Pobrecita. Ni para trapear sirve si no puede avisar.

Paloma escribió en el pizarrón y se lo puso delante de los ojos.

*Oigo perfectamente. Usted también debería escucharse.*

La recepcionista se puso roja. Tampoco la contrataron. Paloma salió a la banqueta y se sentó en la orilla de una jardinera de Insurgentes, con el sol encima y la carpeta de solicitudes en las rodillas, después de la tercera negativa del día. Pensó en mandarle un mensaje a Alejandro. No lo hizo. Si él llamaba a alguien, la contratarían por él, y ella quería que la contrataran por ella.

Un claxon sonó dos veces. Una camioneta llena de cajas de mezcal se orilló frente a la jardinera, y Kike se asomó por la ventanilla.

—¿Y tú qué haces aquí, sentada como gato sin dueño?

Ella le enseñó la carpeta. Kike se bajó, leyó las solicitudes una por una y luego leyó el pizarrón, donde ella le había escrito lo que le dijeron en cada lugar. Se rascó la nuca.

—Ven a Época. Aprendiz de barra, de una a ocho, y pago los sábados. —Kike ya estaba pensando en voz alta—. Los clientes piden en una tableta, tú contestas en la tableta. Y a mí me hablas de tú, güey, aquí nadie es licenciado.

Paloma lo miró un segundo. Luego borró el pizarrón y escribió, con tú.

*¿Cuándo empiezo? Te debo una, Kike.*

* * *

Empezó el martes veintidós, con camisa blanca y un chaleco negro con hilo dorado que le quedaba un poco grande. Andy, el bartender, le enseñó a medir con el jigger sin derramar, a cortar los limones en cuartos parejos y a leer una comanda en la tableta sin hacer esperar al cliente. A media tarde, Alejandro llegó y se sentó en la esquina de la barra. Pidió un agua mineral y se pasó dos horas mirando con cara de pocos amigos cómo Andy le acomodaba a Paloma los dedos alrededor de la coctelera.

El sábado, Kike le dio un sobre: mil ochocientos noventa pesos y las propinas de la semana. Paloma lo contó dos veces en la bodega. En la tarde cruzó a una panadería de Polanco, compró una bolsa de conchas y se la puso a Alejandro enfrente, en la barra, con el pizarrón.

*Invito yo.*

—Están muy dulces —dijo él, y se comió tres.

Esa misma noche entró Carmina. Ya no tenía la tarjeta adicional de Alejandro, así que pagó su propio mezcal en la barra y se sentó junto a él, pegada a su hombro. A la segunda copa fingía que ya estaba borracha.

—Mis papás me obligaron a no casarme contigo, Alejandro. —Carmina le puso la mano en el brazo—. Tú sabes que yo sí quería.

Paloma se quedó quieta detrás de la barra, con un limón a medio cortar. Alejandro retiró el brazo sin mirar a Carmina.

—No te casaste porque no quisiste. Ella sí se presentó.

Carmina se puso pálida, luego roja. Se dio la vuelta en el banco, perdió el equilibrio a propósito y se fue de lado hacia el piso. Paloma soltó el cuchillo y salió de la barra a sostenerla, por puro reflejo, porque era su hermana. Carmina recuperó el equilibrio en el acto y le dio un manotazo en el pecho que la hizo retroceder dos pasos.

—No me toques.

Kike ya estaba ahí, con dos guardias.

—Sáquenla. —Kike levantó la voz para que lo oyera todo el bar—. Carmina Linares no vuelve a entrar a Época. Ni pagando.

Las mesas estallaron en risas y chiflidos. Alguien grabó a Carmina saliendo entre los dos guardias, con el bolso colgando y la cara descompuesta. En la puerta, Carmina se detuvo junto a un hombre de traje gris que bebía solo al final de la barra. Le dijo algo al oído y señaló a Paloma con la barbilla. Paloma intentó leerle los labios, pero Carmina estaba de perfil y la luz era mala. Solo alcanzó a ver que el hombre sonreía.

* * *

A las once, el hombre de traje gris seguía en el mismo banco. Traía un reloj muy caro y no había dejado de mirarla desde que Carmina se fue. Cuando Kike pasó a cobrarle, él no sacó la cartera.

—¿A qué hora sale la muchacha?

—Aquí las chicas no se van con los clientes —dijo Kike.

El hombre solo sonrió. Dejó un billete de quinientos, metió una tarjeta de presentación debajo del portavasos y se fue. Paloma esperó a que saliera para levantarlo. La tarjeta decía *Lic. Jacinto Robles, Solaris Energía*. Le dio la vuelta al portavasos. Atrás, con pluma, había una frase escrita con letra de hombre.

*Mina dice que eres muy amable.*

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