Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Búsqueda.
Gabriele🖤
Los gritos me despiertan o quizás nunca llegué a dormir realmente. Después de ver partir a Nahela y a doña Edith, regresé a la casa de huéspedes con Alessandro y permanecimos esperando el amanecer como dos hombres sentados sobre un barril de pólvora.
Sabíamos que tarde o temprano todo explotaría y ahora estaba ocurriendo. Abro los ojos y miro la hora; es poco después del mediodía.
Demasiado tarde para que José Joaquín no hubiera descubierto ya la desaparición.
Un nuevo grito atraviesa la propiedad.
—¡Muévanse! —escucho la voz dura que ordena.
Intercambio una mirada con Alessandro.
—Comenzó —murmura.
Asiento.
—Vamos.
Nos vestimos rápidamente y salimos de la casa de huéspedes. El espectáculo que encontramos parece sacado de una película.
Empleados corriendo de un lado a otro, guardias armados revisando cada rincón de la hacienda, perros siendo guiados por hombres que intentan seguir algún rastro, vehículos entrando y saliendo. Órdenes. Gritos. Confusión. Caos.
Justo lo que esperaba encontrar y aun así debo fingir sorpresa.
José Joaquín está en medio de todo, su rostro está rojo de furia. Parece un hombre al borde de un infarto o al borde de matar a alguien.
Me acerco junto a Alessandro.
—¿Qué sucede? —pregunto con aparente preocupación—. ¿Hay algún problema? ¿Se están enfrentando a alguien?
José Joaquín gira la cabeza hacia mí.
—Mi hija desapareció.
Frunzo el ceño.
—¿Desapareció?
—¡Se fugó la muy estúpida!
La rabia en su voz es tan evidente que incluso varios empleados bajan la mirada.
—¿Cómo que se fugó? —pregunto—. Con toda la seguridad que tiene esta propiedad eso parece imposible.
—Pues ocurrió —maldice entre dientes—. Y se llevó a esa maldita anciana con ella.
—¿Su abuela? —pregunta Alessandro.
—No, a su nana.
Me llevo una mano a la barbilla como si estuviera analizando la situación.
—¿Cuándo fue la última vez que la vieron? —indago.
—Anoche, según Yadira estaba en su habitación. José Luis dice que la vio salir de la habitación de José Carlos.
—¿Y nadie vio nada más?
—¡Eso intento averiguar!
José Joaquín vuelve a girarse hacia los empleados.
—¡Busquen mejor, inútiles! Aquí habrá sangre hoy si Nahela no aparece.
Los hombres salen corriendo otra vez. Yo observo todo en silencio, mientras por dentro sé exactamente dónde está Nahela o mejor dicho, hacia donde se dirige. Sé que ya está lejos de esta hacienda, que cada minuto juega a nuestro favor. Pero mi rostro no refleja absolutamente nada.
—Tal vez esté con su prometido —sugiero.
José Joaquín niega inmediatamente.
—Ovidio pasó toda la noche con nosotros en su casa celebrando su despedida de soltero.
—Entonces quizá se fugó con alguien más...
—No —me interrumpe—. Ella no tiene a dónde ir. No tiene a nadie más que a nosotros, su familia. Y nadie de la ciudad la ayudaría, saben lo que les podría ocurrir si lo hicieran.
La seguridad con la que lo dice me hace comprender muchas cosas sobre la vida que Nahela llevaba aquí. Ni siquiera imagina que alguien la ayudaría, mucho menos un par de italianos que apenas conoce.
De pronto sus ojos se clavan en Alessandro y en mí.
—¿Ustedes están seguros que no la han visto?
Alessandro responde primero.
—Ni siquiera nos la han presentado.
—Sabemos que se llama Nahela porque usted la ha mencionado —agrego—. Pero no conocemos su rostro, ni cómo luce.
José Joaquín parece evaluarnos durante unos segundos hasta que finalmente asiente. La explicación resulta lógica.
Porque es verdad, nunca nos la presentó. Nunca aparecía durante las comidas. Nunca estaba cuando visitábamos la casa principal.
Solo nosotros sabemos la razón.
—Revisen la casa de huéspedes —ordena de pronto.
Varios empleados corren hacia nuestra residencia temporal. Mantengo la expresión tranquila porque sé que no encontrarán nada.
Las habitaciones son registradas. Los armarios. Los baños. Las terrazas.
Todo.
Y por supuesto regresan con las manos vacías.
—Nada, señor, no hay rastro de la señorita Nahela por ningún lado.
José Joaquín golpea una pared con el puño, la frustración comienza a consumirlo. Entonces Alessandro y yo decidimos unirnos a la búsqueda.
Tomamos nuestras armas, nuestros hombres hacen lo mismo y durante horas caminamos por terrenos que sabemos perfectamente que ya no esconden a nadie.
Bosques.
Playas.
Bodegas.
Senderos.
Acantilados.
Todo es revisado.
Todo.
Y no encuentran nada porque Nahela ya no está aquí. El tiempo sigue avanzando y pronto es la una. La una y media. Las dos de la tarde.
—Maldición, la boda es a las tres —gruñe José Joaquín furioso.
Cada vez parece más cerca de perder completamente el control.
—¡Encuéntrenla! Esa estúpida sabrá de mi cuando la tenga enfrente otra vez.
Su voz retumba por toda la propiedad.
—¡No puede haberse evaporado!
Es entonces un vehículo entra a toda velocidad y de el se baja José Carlos que acaba de regresar de Bogotá.
Sale confundido, observando el caos.
—¿Qué pasó aquí?
José Joaquín se acerca como un depredador.
—¿Dónde está tu hermana? —le pregunta.
El muchacho parpadea.
—¿Qué?
—¡¿Dónde está, Nahela?!
—No lo sé, papá.
—No me mientas.
—Acabo de llegar. Cuando me fuí Nahela quedó aquí en la casa.
—¡Tú ibas a ayudarla!
El rostro de José Carlos cambia y esa reacción no pasa desapercibida para nadie, mucho menos para su padre.
—Papá...
—¡Lo sabía!
El golpe llega antes de que el muchacho termine la frase. José Carlos tambalea y varias empleadas ahogan un grito.
—¡José Joaquín! —exclama Yadira.
—¡Tú cállate! Eres una inútil que no supo cuidar a mi hija.
Otro golpe y otro, José Carlos intenta explicar, Pero su padre sigue golpeándolo.
—¡Yo no hice nada¡.
—¡Mentira! —le patea las costillas.
—¡Me enviaste a Bogotá! ¿Cómo iba a ayudarla desde allá?
—¡Porque sospechaba de ti!
La tensión se vuelve insoportable. Yadira corre para interponerse.
—¡Basta, por favor!
Pero José Joaquín la aparta bruscamente, la mujer pierde el equilibrio y cae al suelo.
Por un segundo el patio entero queda en silencio. Mis manos se cierran involuntariamente porque no me gusta lo que estoy viendo.
No me gusta nada y doy un paso al frente.
—Señor Santacruz.
José Joaquín gira hacia mí, respira con dificultad, furioso.
—¿Qué?
—Entiendo que esté preocupado —digo con los dientes apretados.
—No entiendes nada. Si no encuentro a Nahela antes de las tres... esto...
—Tal vez no —le sostengo la mirada—. Pero golpear a su familia, en especial a una mujer no hará aparecer a su hija.
El silencio se vuelve pesado. José Joaquín aprieta la mandíbula y yo mantengo la calma porque sé que basta una chispa para que todo explote.
Y porque mientras él pierde el control... Nahela sigue alejándose cada vez más de su alcance.