"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 20: Promesas y miradas que queman (Perspectiva mixta)
Regrese a la habitación con el corazón completamente revuelto. En tan solo una semana, había recibido más atención, cuidado y respeto en esa casa que en los siete años enteros que había malgastado al lado de Antoni. Pero había otro factor latente, uno que me asustaba tanto como me seducía: la forma en que mi jefe me miraba.
Aquellos ojos oscuros me examinaban con una intensidad feroz, como si pudieran despejarme de la ropa y leerme los pensamientos más ocultos. A veces, me veía obligada a desviar la mirada, aterrorizada de sentirse completamente desnuda e indefensa frente a él. Lo peor de todo era lo que ocurría en la oscuridad de la recámara: por las noches, mi mente me traicionaba. Soñaba con sus manos firmes, con su voz ronca susurrándome al oído, con el calor de su cuerpo marcado por las cicatrices. Me regañaba a mí misma en voz baja, sacudiendo la cabeza para ahuyentar esos pensamientos prohibidos, recordándome que él era mi jefe, el dueño de este imperio de navios, y yo simplemente la empleada que cuidaba de su sobrino.
A la mañana siguiente, después de un desayuno compartido con el pequeño Leo en el comedor soleado, respire hondo y decidi abordar un tema delicado. Me incliné sobre la mesa y le hable al niño con total suavidad:
—Leo... quería contarte algo. Mañana... me ausentaré por unas horas. Tengo que ir a visitar a mi mamá y a mi hermana, pero te prometo que volveré antes de que anochezca, y te traeré un pequeño obsequio.
Leo, que se había acostumbrado tanto a mi presencia que la idea de no verma lo ponía a la defensiva, me miró con desconfianza. Cruzó los brazos pequeñitos sobre el pecho y frunció el ceño con dramatismo infantil. Tuve que contener una sonrisa al verlo asi de tierno.
—No te creo... —murmuró el niño con seriedad—. Si no vuelves, te juro que no te hablaré nunca más en mi vida.
Solté una risa cristalina, enternecida por su ocurrencia, y le tendi la mano con el dedo meñique estirado.
—Trato hecho. Te doy mi palabra de honor. Hagamos la promesa del meñique.
Leo me miró un segundo, evaluando la sinceridad en mis ojos marrones, hasta que estiró su manita y entrelazó su pequeño meñique con el de ella, sellando el pacto.
El resto del día transcurrió entre risas y juegos. Pasamos horas en el jardín bajo el sol templado de la mañana, corriendo entre los rosales y jugando a las escondidas, con el niño soltando carcajadas que llenaban de vida cada rincón de la mansión.
Cuando llegó la hora de la cena, con la presencia imponente de Matteo presidiendo la cabecera de la mesa, aproveche el momento en que Clara se retiraba a la cocina para levantar la vista hacia su jefe.
《Matteo 》
—Señor Montenegro... quería comentarle que mañana por la mañana me gustaría tomar mi día libre para ir a visitar a mi familia —dijo Katherine, manteniendo la voz firme aunque sintiendo el peso de mi mirada fija en ella.
Corte un trozo de carne con calma, la observé un instante procesando la información y asinti con la cabeza sin apartar los ojos de su rostro.
—De acuerdo. Dime a qué hora exacta deseas salir, y el chofer estará listo en la puerta para llevarte y traerte de regreso con total seguridad.
—A las diez de la mañana estaría bien... muchas gracias —respondió ella con una sonrisa tímida, bajando nuevamente la vista hacia su plato.
Al otro lado de la mesa, la observé en silencio, sintiendo una mezcla de orgullo por verla recuperar su vida y la repentina, posesiva inquietud de saber que, por unas horas, ella saldría de los muros blindados de mi mansión. Pero confiaba en mis hombres. Ella era mia, aunque todavía ella no lo supiera.