A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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capítulo 19: Entre silencios y mentiras
El domingo amaneció tranquilo.
Después de una semana llena de trabajo y de una noche que ninguno de los dos lograba sacar de su cabeza, ambos intentaban convencerse de que todo seguía exactamente igual.
O, al menos, eso querían creer.
Valentina
Me desperté cerca de las nueve de la mañana.
Preparé el desayuno y, mientras terminaba de servir el café, escuché que llamaban a la puerta.
—¡Buenos días, Vale! —saludó Juliana al entrar con una gran sonrisa.
—Buenos días, Juli. ¿Cómo amaneciste? —pregunté devolviéndole la sonrisa.
—Súper bien.
Se dejó caer en el sofá con expresión relajada.
—Ese hombre me encanta. Y lo mejor es que no hay ningún compromiso. ¿Sabes qué es lo mejor, Vale? Tener a alguien con quien pasarla bien y ya, sin complicaciones.
Me quedé pensativa.
Quizá tenía razón.
—Juli, hice desayuno. Ven.
—¡Claro! Pero primero cuéntame... ¿cómo te terminó de ir anoche con el hermoso de Alessandro?
Solté una carcajada.
—Eres terrible, Juli. ¿Cómo se te ocurrió mandarme con él?
—Solo te estaba echando una manito para que despertaras un poquito.
—Déjate de locuras.
Las dos reímos.
—Bueno, Vale, ahora sí. Cuéntame qué pasó.
Le conté todo lo ocurrido en la discoteca: cómo terminamos bailando juntos, el beso y todo lo que hablamos. Evidentemente, ella no había visto nada esa noche.
Cuando terminé, abrió los ojos de par en par.
—¿¡Qué se besaron!? ¿Y le dijiste todo eso? ¡Eres terrible!
Me reí mientras seguía desayunando.
—Pero, hablando en serio... ¿qué te pareció ese beso?
Suspiré antes de responder.
—No te voy a negar que besa demasiado bien. Es guapo, interesante y tiene muchísimo encanto... pero también es un engreído. Está acostumbrado a que todas las mujeres estén detrás de él, y sé que lo que más le molesta es que yo no sea una de esas. Por eso ahora anda detrás de mí.
Juliana sonrió divertida.
—Me encanta esto. Y me encanta que lo hayas besado.
Negué con una sonrisa.
—Eso no es todo. Cuando me dejó en el edificio, me preguntó si no iba a despedirme. Me acerqué para darle un beso en la mejilla, pero me giró la cara... y terminó besándome otra vez.
—¿¡Quééé!?
—Sí... y yo se lo correspondí.
Juliana soltó una carcajada.
—No lo puedo creer. El mujeriego Alessandro De Lucca detrás de ti.
—Claro, Juli. Justamente por eso. Como no le hago caso, ahora quiere demostrar que puede conquistarme.
—Me encanta, amiga. Hazte la difícil.
Volvió a reír y luego preguntó con más seriedad:
—Pero dime... ¿cómo te sientes?
Bajé la mirada.
—La verdad... me gusta este juego. Alessandro es un hombre muy simpático, atractivo y bastante varonil... pero al mismo tiempo me siento mal por Dani.
—¿Por qué?
—Siento que lo estoy traicionando.
Juliana tomó mi mano.
—Mira, Vale. Si Dani hubiera sido un buen novio, yo sería la primera en decirte que eso está mal. Pero sabes todo lo que te hizo. Te engañó varias veces y aun así tuvo el descaro de pedir otra oportunidad. No te sientas culpable. Además, ¿quién te asegura lo que estará haciendo en Medellín?
Guardé silencio.
—No seas bobita. Si te gusta este juego con tu jefe, disfrútalo. Y si algún día pasa algo más... que sea porque tú quieres, no por remordimiento. Eso sí, no te enamores de Alessandro. Ese hombre no es de una sola mujer.
Sonreí.
—Eso lo tengo clarísimo. Pero tampoco voy a demostrarle interés. Eso es exactamente lo que él espera.
—Así me gusta. Lo más rico es tener con quién pasar el rato sin meter el corazón. Créeme, sé muy bien de lo que hablo.
Las dos reímos.
Después recogimos la cocina y cada una se fue a su habitación para descansar un rato.
Cada cierto tiempo mi mirada se desviaba hacia el celular.
Negué con la cabeza.
No esperaba ningún mensaje.
Y mucho menos de él.
Aunque, para mi sorpresa...
No había escrito absolutamente nada.
—Mejor así.
Era lo más conveniente.
No necesitaba complicarme la vida con un hombre como Alessandro De Lucca.
Tomé el celular y lo puse en silencio para dejar de revisarlo cada cinco minutos.
Alrededor del mediodía, después de almorzar, vi la pantalla iluminarse.
Era una videollamada de Dani.
Me fui a mi habitación antes de contestar.
—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?
—Hola, amor. Bien, ¿y tú?
—Muy bien. Cuéntame, ¿cómo te terminó de ir anoche?
En ese instante regresaron a mi mente los besos de Alessandro, su boca sobre la mía, sus palabras al oído y la forma en que rodeaba mi cintura mientras bailábamos.
—¿Amor? ¿Qué pasó?
Parpadeé rápidamente.
—Perdón. Escuché un ruido y pensé que Isa me estaba llamando.
—Ah... ya me habías asustado.
Sonreí con nerviosismo.
—Anoche todo estuvo bien. Salimos, bailamos un rato y luego regresamos a casa.
—Qué bueno, mi amor. Me alegra que te estés divirtiendo. ¿Y ahora qué haces?
—Nada... aquí en el apartamento.
Hablamos un rato más.
Dani estuvo tan cariñoso como siempre desde que intentaba recuperar mi confianza.
Cuando colgué, me quedé sentada en la cama con el celular entre las manos.
Por primera vez...
Me pregunté si estaba haciendo bien al ocultarle la verdad.
Alessandro
Estaba sentado en el balcón de mi penthouse con una taza de café.
Por primera vez en muchos años no tenía ganas de salir ni de buscar compañía.
Solo podía pensar en una mujer.
Marco había llegado temprano y apareció con una sonrisa burlona.
—¿Todavía pensando en Valentina?
Lo miré de reojo.
—No empieces.
Se dejó caer frente a mí.
—Entonces... ¿ya ganaste la apuesta?
Solté una risa.
—Todavía no.
—¿Y ese beso?
—Fue un avance.
Marco arqueó una ceja.
—¿Un avance? Porque, según lo que vi, esa mujer sigue tratándote como si fueras un hombre cualquiera.
Apoyé la espalda en el sillón.
—Ese es precisamente el problema.
Nunca había tenido que esforzarme para llamar la atención de una mujer.
Con Valentina era diferente.
Mientras más distante se mostraba...
Más ganas tenía de conquistarla.
Marco sonrió con picardía.
—Ten cuidado.
—¿Por qué?
—Porque empezaste diciendo que todo era por una apuesta... y ahora te veo demasiado interesado.
Negué con seguridad.
—No confundas las cosas.
Solo quiero ganar.
No estoy enamorado de ella.
Marco soltó una carcajada.
—Eso dicen todos antes de caer.
Lo ignoré.
No.
Todo seguía bajo control.
Solo debía seguir insistiendo hasta que Valentina terminara interesándose en mí.
Y cuando eso ocurriera...
La apuesta sería mía.
Pasé toda la tarde pensando en escribirle.
Tomaba el celular.
Desbloqueaba la pantalla.
Abría su chat.
Y volvía a cerrarlo.
No quería parecer desesperado.
Finalmente sonreí.
—Si ella quiere hacerse la indiferente... yo tendré que ser más inteligente.
Guardé el teléfono.
No iba a rendirme.
Valentina podía seguir ignorándome todo lo que quisiera.
Tarde o temprano lograría que dejara de verme solo como su jefe.
Y cuando eso ocurriera...
Ella misma buscaría otro beso.
En ese momento el celular comenzó a sonar.
Sonreí por un instante, creyendo que era Valentina.
Pero al mirar la pantalla vi otro nombre.
Bianca.
Suspiré antes de aceptar la videollamada.
—Hola.
—¿Solo "hola", Alessandro? Llevamos días sin hablar. No contestas mis llamadas ni mis mensajes. ¿Tan ocupado estás con otras mujeres?
Respiré hondo.
—Bianca, por favor. He estado trabajando. Salió una nueva campaña y apenas he tenido tiempo para descansar.
Ella cruzó los brazos.
—Ah, pero para salir con cualquier mujer sí tienes tiempo. ¿Crees que no vi las noticias donde aparecías cenando con esa tal Laura?
—Fue una comida de negocios, nada más. Ya sabes cómo funcionan los medios. Cualquier cosa la convierten en un escándalo.
Bianca guardó silencio unos segundos.
—¿Dónde estás?
Le mostré el penthouse con la cámara.
—Aquí, trabajando.
—¿Solo?
—Completamente solo.
—¿Y cuándo vuelves a Milán?
—Todavía no lo sé. Hay varias campañas que debo organizar aquí y me tomará un tiempo.
Ella bajó un poco la mirada.
—Te extraño.
—Pronto estaré allá.
Ni yo mismo soné convencido.
—Bueno, Bianca, hablamos después. Quiero adelantar algo de trabajo para mañana.
Ella suspiró.
—Por favor, Alessandro... no te pierdas. Te amo.
Me envió un beso antes de terminar la llamada.
La pantalla quedó en negro.
Suspiré profundamente.
Todo aquello era parte del precio que debía pagar para convertirme, algún día, en el único dueño del imperio De Lucca.
Sin embargo, por primera vez...
La ambición comenzaba a enfrentarse con algo mucho más peligroso.
Una mujer que, sin proponérselo, estaba cambiando las reglas de su propio juego.