Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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La única que no bajaba la mirada
A las dos en punto, Aria estaba frente a la puerta del despacho de Dante Vassari.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos.
Después golpeó.
—Adelante.
La voz grave al otro lado hizo que enderezara la espalda.
Entró.
Dante estaba de pie junto a los enormes ventanales, con el teléfono en una mano y la mirada perdida sobre la ciudad.
No se giró inmediatamente.
—Cierra la puerta.
Aria obedeció.
—Siéntate.
Ella caminó hasta la silla frente al escritorio y tomó asiento.
Dante terminó la llamada antes de prestarle atención.
Entonces la miró.
Por primera vez, de verdad.
Era joven.
Mucho más joven que él.
Una becaria que llevaba menos de un día en su empresa y que, aun así, ya había conseguido que un informe terminara sobre su escritorio.
Dante dejó el teléfono.
—Aria Moretti.
—Sí.
—Primer día.
—Sí.
—Y ya encontraste un error en uno de nuestros proyectos.
—Sí.
Dante entrecerró los ojos.
—¿Siempre respondes así?
Aria frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Con tanta seguridad.
Ella pensó un instante.
—No estoy segura de todo.
—Entonces, ¿por qué estás tan segura de que mi equipo cometió un error?
—Porque revisé los números.
Dante guardó silencio.
Aquella respuesta era sencilla.
Sin arrogancia.
Sin intención de desafiarlo.
Y precisamente por eso resultaba más irritante.
Aria no estaba intentando demostrarle nada.
Simplemente creía tener razón.
Dante estaba acostumbrado a otra clase de personas.
Personas que elegían cuidadosamente sus palabras delante de él.
Personas que evitaban sostenerle la mirada.
Personas que asentían incluso antes de escuchar una propuesta completa.
Aria no hacía ninguna de esas cosas.
Lo miraba directamente.
Sin miedo.
Como si estuviera hablando con cualquier otro hombre.
—¿Sabes quién soy? —preguntó.
—Sí.
—¿Y no te intimida?
Aria ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Debería?
La mandíbula de Dante se tensó.
—Soy el dueño de esta empresa.
—Lo sé.
—Podría despedirte ahora mismo.
—También lo sé.
—Y aun así sigues hablando con esa seguridad.
Aria sostuvo su mirada.
—Solo estoy respondiendo a sus preguntas.
Dante la observó unos segundos.
Era irritante.
Mucho.
Pero había algo más que no terminaba de comprender.
Aquella mujer no estaba intentando provocarlo.
Ni siquiera parecía consciente de que estaba haciendo algo que otros jamás se atreverían a hacer.
Simplemente no le tenía miedo.
Y eso era nuevo.
Dante apartó la mirada.
—Explícame el error.
Aria se levantó con el informe en las manos y se acercó al escritorio.
Se inclinó sobre los documentos.
—Aquí.
Señaló una de las cifras.
—Están calculando el crecimiento utilizando una proyección demasiado optimista. Si se mantiene este escenario, los resultados parecerán excelentes sobre el papel, pero cuando se produzca la caída del segundo trimestre…
Dante se acercó al informe.
—¿Cuánto cambia?
—Depende del escenario.
—Dame el peor.
Aria levantó la mirada.
—Podrían perder casi veinte millones en cinco años.
Dante tomó el documento.
Revisó los cálculos.
Una vez.
Dos.
Ella tenía razón.
—¿Cómo lo encontraste?
—Comparé las cifras con los informes del año anterior.
—Eso no forma parte de tus funciones.
—Lo sé.
Dante levantó los ojos.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Aria se encogió de hombros.
—Porque estaba revisándolo y no me pareció correcto dejarlo pasar.
Otra respuesta sencilla.
Dante volvió a mirar el informe.
Era exactamente el tipo de persona que podía convertirse en un problema.
No porque fuera incompetente.
Todo lo contrario.
Porque era competente y todavía no parecía entender cuándo debía quedarse callada.
—¿Siempre cuestionas las decisiones de tus superiores?
Aria lo pensó.
—Cuando creo que están equivocadas.
—Eso puede traerte problemas.
—Probablemente.
Dante alzó una ceja.
—¿Y no te preocupa?
—Claro que sí.
Aquella respuesta lo sorprendió.
Aria sonrió apenas.
—Pero preocuparme no significa que vaya a fingir que algo está bien.
Dante se quedó mirándola.
Por alguna razón, esa frase se quedó en su cabeza.
Había algo en ella.
No era solamente su aspecto.
Era la seguridad tranquila con la que defendía sus ideas.
La manera en que podía estar frente a él sin intentar impresionarlo.
Y, aunque no quería admitirlo, había algo atractivo en aquella determinación.
Dante apartó la mirada antes de quedarse observándola más de la cuenta.
—Está bien.
Aria parpadeó.
—¿Está bien?
—Tienes razón.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de ella.
—Me alegra que lo reconozca.
Dante levantó lentamente la mirada.
—No confundas que te dé la razón con que tengas permiso para cuestionar cada decisión que tome.
La sonrisa de Aria desapareció.
—No lo haré.
—Bien.
—Pero si encuentro otro error…
Dante la miró fijamente.
Aria sostuvo su mirada.
—Lo señalaré.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Dante sintió una extraña presión en el pecho.
No era su lobo.
No exactamente.
Era irritación.
Eso debía ser.
—Puedes retirarte.
Aria recogió los documentos.
—Gracias.
Caminó hasta la puerta.
—Moretti.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Quiero el análisis completo antes de las seis.
Aria asintió.
—Lo tendrá.
—Y quiero que lo hagas tú.
Ella pareció sorprendida.
—¿Yo?
—Encontraste el problema. Quiero ver qué solución propones.
Por primera vez, Dante vio algo diferente en sus ojos.
No miedo.
No nervios.
Entusiasmo.
—De acuerdo.
Salió.
La puerta se cerró.
Dante permaneció unos segundos mirando el lugar donde había estado.
Después bajó la vista hacia el informe.
Aquella becaria era insolente.
Demasiado directa.
Demasiado segura.
Y definitivamente demasiado dispuesta a decirle cuando estaba equivocado.
Debería haberle resultado únicamente molesta.
Pero no podía negar que había algo en ella que había despertado su curiosidad.
Dante se recostó en su silla.
—Aria Moretti…
Pronunció su nombre en voz baja.
Entonces apareció nuevamente aquella pequeña irritación que llevaba años acompañándolo.
Su falta de olfato.
Por un instante se preguntó cómo olería ella.
El pensamiento apareció tan rápido que lo descartó inmediatamente.
No tenía importancia.
No podía tenerla.
Ella era una becaria.
Él era su jefe.
Y aquella relación debía mantenerse estrictamente profesional.
Al menos, eso era lo que Dante pensaba.
Porque todavía no sabía que, a partir de ese día, iba a empezar a buscarla con la mirada cada vez que entrara en una sala.
Y tampoco sabía que, por primera vez en muchos años, había alguien capaz de desafiar su autoridad sin siquiera levantar la voz.