Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
Capítulo 23: Esto no me lo quita nadie
A las ocho y un minuto, con la transferencia del día recién mandada, el celular le sonó en la mano. Olivia. En sábado.
—Perdón que le hable tan temprano, licenciado. —Olivia hablaba rápido, como cuando algo no le gustaba—. Su papá convocó a sesión extraordinaria del consejo. A las diez, por videollamada. El notario ya va para la sala de Santa Fe.
—¿Orden del día?
—Un solo punto. —Se le oyó pasar saliva—. Revocación del nombramiento y de los poderes del director general.
Adrián miró por la ventana del estudio. Allá abajo, en el jardín, los naranjos todavía tenían rocío.
—Mándame la liga, Olivia.
—Licenciado, ¿quiere que le avise al licenciado Bermúdez que…?
—No. Nada más la liga.
Colgó. En la escalera sonaron unos pies descalzos. Dulce bajó con una camisa de él que le llegaba a las rodillas y el pelo aplastado de un lado, bostezando.
—¿Qué junta tan temprano?
—Una aburrida.
Puso el celular bocabajo sobre el escritorio. Ella le robó el café, le dio un trago, hizo cara porque no tenía azúcar y se lo regresó.
* * *
A las diez en punto la pantalla se dividió en seis cuadros. En uno, su papá, sentado en la cama del Hospital La Cañada, con la cabeza todavía vendada de un lado y una cobija café hasta el pecho. En otro, la sala de consejo de la Torre Valdés: el licenciado Bermúdez con la vista clavada en la mesa, cuatro consejeros de corbata y, en la cabecera, un notario de lentes con una carpeta abierta y el sello a un lado.
—Estando presente el accionista mayoritario —leyó el notario—, se abre la sesión.
Su papá tomó la palabra. Tenía la voz ronca de la intubación, pero no le temblaba.
—Todos vieron los videos. Un gimnasio. Unas vencidas. —Se detuvo—. Unas orejas de conejo. El director general de este grupo anda en las tendencias como payaso, y eso tiene consecuencias. Propongo revocar su nombramiento y todos sus poderes, con efecto inmediato, y que el licenciado Bermúdez quede como encargado mientras el consejo decide.
Nadie discutió. Los consejeros fueron levantando la mano uno por uno, y el notario lo fue anotando. Bermúdez levantó la suya al último, sin alzar la vista.
—¿Algo que agregar, licenciado Valdés? —preguntó el notario.
Adrián se acercó al micrófono.
—Que conste en el acta que no me opongo.
Apagó la cámara y cerró la computadora. Ahí se quedó un rato, con las dos manos sobre la tapa.
A los diez minutos le llegó un mensaje de Bermúdez: Joven, aquí sigo para lo que necesite. Lo siento de verdad. Luego Olivia: comunicación iba a manejarlo como reestructuración interna. A las dos y diez, un SMS del banco: Su tarjeta corporativa ha sido cancelada. Para aclaraciones comuníquese a…
A las cinco Olivia le mandó una captura sin decir nada. #AdriánValdésDestituido, en el segundo lugar. Adrián abrió el primer comentario: Todo por la interesada. Qué pena, un hombre tan serio. Cerró la aplicación.
Dulce entró al estudio con dos vasos de agua de jamaica.
—¿Sigues con lo aburrido?
—Ya terminé.
—¿Y por qué tienes esa cara?
—Porque está muy dulce. —Le dio un trago al vaso—. Como tú.
Ella le aventó un cojín.
* * *
El domingo manejó él mismo a Querétaro. A Dulce le dijo que iba a ver a su papá, que era plática de ellos dos. Tres horas de carretera sin prender el radio.
En La Cañada, las puertas del elevador se abrieron en el cuarto piso y ahí estaban. Una señora de unos sesenta años, con un saco beige y la bolsa apretada contra el pecho. Junto a ella, un hombre de su edad, de su estatura, con las cejas pesadas y los ojos hundidos del sedán blanco del estacionamiento de San Rafael. Los dos lo vieron. La señora se puso pálida.
Adrián se hizo a un lado para dejarlos salir. En ese momento pasó una enfermera con una charola, y en la charola, dos tubos de ensayo con tapón morado. Alcanzó a leer las etiquetas. Uno decía Valdés Garza. El otro, Herrera Saucedo.
La puerta del cuarto de su papá se abrió. Salió don Beto con un termo en la mano y se quedó parado a media alfombra.
—Beto.
—Joven Adrián… —Don Beto miró a la señora, luego a él—. Es la señora Beatriz, joven. De… antes de su mamá.
El hombre de las cejas pesadas caminó hacia el elevador. Al pasar junto a Adrián se detuvo medio segundo y sonrió con la boca nada más.
—Mucho gusto, Adrián.
No dijo su nombre. Entró al elevador con la señora, y las puertas se cerraron.
* * *
Su papá estaba en una silla de ruedas junto a la ventana, con una cobija en las piernas y la cicatriz asomándose por debajo de la venda. Dieciséis días después de que le abrieran la cabeza, ya daba órdenes por videollamada.
—Ya los viste —dijo sin voltear.
—Vine a decirle en persona que no voy a pelear el acta.
—¿Ni eso? ¿Ni por tu puesto vas a pelear? —Su papá giró la silla con una mano—. Así eres. Todo te da igual menos lo que yo te prohíbo.
Adrián no contestó. Su papá se le quedó viendo un buen rato.
—Tengo otro hijo, Adrián. Él sí sabe obedecer. —Se acomodó la cobija—. Y te voy a decir algo: si esa muchacha se queda contigo sin empresa y sin tarjetas, entonces te creo. Entonces sí.
—No me va a costar nada, papá.
—Eso dices ahora.
—Eso digo.
Se dio la vuelta. En la puerta estaba Clara, con un termo de caldo en las manos y un vaso desechable encima. Ya no traía vendas, pero tenía las palmas llenas de marquitas rosadas. Lo miró a él y bajó la voz.
—Yo no se lo pedí.
Adrián asintió y salió. En el pasillo, don Beto le abrió paso sin decir nada, y la enfermera de la charola ya no estaba.
* * *
No durmió. Llegó a Bosques pasadas las once y se acostó sin prender la luz, junto a Dulce, que dormía de lado con una camisa de él. A las cinco y media se levantó y se sentó en el borde de la cama con el celular.
A las seis en punto abrió la aplicación de su banco personal. La cuenta de siempre, la que no era del grupo y que nadie en el consejo podía tocar. Veinte mil. En el concepto no tuvo que pensar.
Esto no me lo quita nadie.
Le dio enviar. Del otro lado de la cama, en el buró de ella, el celular vibró una vez. Dulce no se movió.
A las seis y media le entró una llamada de don Humberto. Adrián salió al balcón y cerró la puerta corrediza detrás de él. Hacía frío. Las luces de la ciudad todavía estaban prendidas allá abajo.
—Ya supe, Valdés —dijo don Humberto, sin saludar—. Tu papá es un terco y un necio, y te lo digo con todo el cariño que le tengo. Vente a Grupo Hinojosa. La dirección que quieras. Ponle nombre.
—Don Humberto…
—Y de paso me pagas el brazo de mi hijo, que no me habla desde el viernes. —Se rio con ganas—. Piénsalo. Pero piénsalo rápido, que a mí también me buscan los de la competencia.
Adrián se quedó viendo la ciudad un buen rato. Abajo, en el jardín, don Lupe ya estaba regando los naranjos.
—Si no me queda de otra, lo pienso, don Humberto.
—Eso es un sí con miedo. Me sirve.
Colgó. Adrián entró otra vez al cuarto. Dulce seguía hecha bolita en su camisa, respirando parejo. La cobija se le había resbalado del hombro. Él se la subió y, al acomodársela, le rozó la mano: tenía el borde de la sábana agarrado con el puño, apretado, los nudillos blancos.
Algo feo estaría soñando. Adrián se sentó en la orilla y le fue abriendo los dedos uno por uno, despacio, hasta que la mano de ella quedó en la suya.