Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 15
Una noche fresca envolvía las laderas de la sierra. En el porche delantero de la casa de nana Meche, Ramiro, Renata y Ariana charlaban relajados, disfrutando del aire nocturno. Rayan, que hacía rato estaba sentado junto a Ramiro, de pronto se colgó mimoso del brazo del oficial.
—Tío, ¿puedo quedarme a dormir en tu casa de campo? —suplicó Rayan, con los ojos brillantes.
Ramiro sonrió con calidez y le acarició la cabeza.
—¡Claro que sí! ¡Tú y Zayan se quedan a dormir en la casa del tío!
—¡Bieeen! —vitorearon Rayan y Zayan a la vez.
Ariana no pudo más que sacudir la cabeza ante la conducta de sus dos hijos. En efecto, cada vez que Ramiro y Renata venían de visita desde la ciudad, los gemelos se entusiasmaban y se morían de ganas de quedarse a dormir en la casa de campo de Ramiro.
Rayan tiró entonces de la mano de su madre.
—¡Mami, ven tú también! ¡Por una vez, quedémonos a dormir en la casa del tío Ramiro!
Ariana rió por lo bajo ante la insistencia de su hijo.
—Bueno, está bien, voy con ustedes... Da la casualidad de que mañana es sábado, así que no tengo tantas cosas que hacer.
De pronto, Larisa se asomó por la puerta del porche.
—¿Puedo ir yo también? —pidió, poniendo cara de esperanza.
Ramiro asintió enseguida, afable.
—Claro que sí, Larisa. ¡Y si se anima, que venga también nana Meche!
Nana Meche, que oyó su nombre desde el interior de la casa, intervino con una sonrisa para declinar.
—Vayan ustedes a quedarse. Yo mejor me quedo cuidando la casa.
Al final partieron todos en comitiva rumbo a la casa de campo de Ramiro, no muy lejos de la de nana Meche. Al llegar a aquella construcción imponente, de arquitectura moderna, Rayan y Zayan salieron disparados hacia el amplio jardín cubierto de pasto verde. Aunque Ramiro rara vez ocupaba la casa, siempre lucía impecable, pues él contrataba con regularidad un servicio de mantenimiento local.
Pero, tras la alegría de los gemelos, se escondía una misión secreta en sus cabezas. Aquella casa de campo era, justamente, la puerta de entrada para que Rayan y Zayan descifraran el enigma de quién era su verdadero padre.
Todo había comenzado unas dos semanas atrás, la última vez que se quedaron a dormir allí. Aquella vez, sin proponérselo, los gemelos oyeron al tío Ramiro hablando por teléfono con alguien, y lo escucharon decir que "un hombre llamado Edgar seguía buscando el paradero de Ariana". Aunque todo este tiempo habían conocido a su madre con el nombre de Azucena, al tío se le escapaba a menudo llamarla Ariana. Desde ese momento, la sospecha de los gemelos se había disparado con fuerza.
Sabían que en una de las habitaciones de la casa había un despacho especial con un potente equipo de cómputo que Ramiro usaba para redactar los informes de sus diversos casos policiales.
Rayan se acercó a Ramiro, que estaba de pie en la sala.
—Tío, ¿Zayan y yo podemos usar la computadora?
Ramiro sonrió, dispuesto a darles permiso, pero Ariana fulminó de inmediato con la mirada a sus dos hijos.
—Ya es de noche; ¡lo mejor es que se vayan a dormir y descansen! —los reprendió con firmeza.
—Ay, mami... ¡Mañana es fin de semana y no hay clases! ¿Verdad, Zay? —respondió Rayan, buscando el apoyo de su hermano.
Ramiro rió al ver aquel forcejeo entre madre e hijos.
—No pasa nada, Azucena... Aprovechemos que están aquí. ¡Vayan, vayan! Ya se saben la contraseña de la computadora del tío, ¿verdad?
—¡Claro que sí, tío! —contestó Rayan, entusiasmado. Sin perder un segundo, los gemelos salieron corriendo hacia el despacho de Ramiro.
Ariana dejó escapar un largo suspiro al ver desaparecer a sus hijos tras la puerta del pasillo, mientras Larisa y Renata se ocupaban de preparar los bocadillos y las bebidas en la cocina.
—Ramiro los consiente demasiado —refunfuñó Ariana en voz baja.
—No pasa nada, Ariana. Al fin y al cabo, no todos los días juegan con la computadora —le dijo Ramiro con suavidad, mirándola—. Ya es hora de que aprendan sobre el mundo de allá afuera. Aunque vivan en el pueblo, yo, al contrario, me siento muy orgulloso de los gemelos. Son niños sumamente geniales. Con una sola explicación entienden todo. Y cuando les enseñé de computadoras, no me llevó nada de tiempo: enseguida lo dominaron. Y da la casualidad de que además quiero regalarles algo.
—Eres demasiado bueno con los gemelos... —murmuró Ariana, apenada.
—No pasa nada, Azucena. A mí, al contrario, me hace feliz poder sacarles una sonrisa —respondió Ramiro con voz suave y ronca, mirándola hondamente a los ojos.
Bajo aquella mirada tan intensa y cálida, un leve rubor rosado se le asomó a las mejillas a Ariana. La mujer se apresuró a apartar la cara hacia otro lado para disimular su turbación.
La incomodidad entre Ramiro y Ariana se rompió de golpe cuando Renata y Larisa aparecieron desde la cocina. Las dos avanzaban cargando una bandeja con bocadillos calientes y tazas de café y té que despedían un aroma delicioso.
—¿Y los gemelos? —preguntó Larisa, ladeando la cabeza, buscando a Rayan y a Zayan, que no se veían por la sala.
Renata dejó las tazas sobre la mesa con una risita.
—Seguro están en el despacho de Ramiro. ¡Les encanta jugar ahí cuando se quedan a dormir en la casa de campo!
Mientras tanto, en el sereno despacho de Ramiro, Rayan y Zayan ya estaban sentaditos frente al monitor encendido, que brillaba con fuerza. Sus dedos se movían ágiles, navegando por el sistema.
—Hermano, ¿seguro que quieres buscar el nombre de Edgar en la computadora del tío? ¡Hay muchísima gente que se llama Edgar! —dijo Zayan, mirando a su hermano con expresión dubitativa.
—Tranquilo, Zayan. Estoy seguro de que podemos dar con ese tal Edgar —respondió Rayan, resuelto, sin apartar la vista de la pantalla—. Todo este tiempo mami nos ha ocultado lo de papá. Cada vez que le pregunto por él, se niega a explicarme nada. Y después de oír al tío Ramiro hablar con su amigo por teléfono aquella vez, me convencí todavía más de que ese Edgar es nuestro papá y está buscando a mami.
Zayan frunció sus cejas espesas.
—Pero... ¿por qué el tío Ramiro también nos oculta todo esto?
—Por eso mismo tenemos que averiguarlo nosotros, Zayan. Ni el tío Ramiro ni mami van a querer explicarnos nada sobre nuestro papá —respondió Rayan con firmeza.
Zayan asintió al fin, comprendiendo. Los dos niños genios se pusieron manos a la obra. Sus deditos danzaron sobre el teclado, haciendo una búsqueda a fondo del nombre "Edgar" en distintas bases de datos y en buscadores abiertos.
Cuando en la pantalla empezó a desfilar una lista de "Edgar" con sus fotos de perfil, los gemelos se pusieron a examinar cada imagen con cuidado, una por una.
—¡Estoy seguro de que nos vamos a parecer a nuestro verdadero papá, Zayan! —soltó Rayan.
—Sí, hermano. Sigamos buscando... Yo también me muero de curiosidad por saber cómo es nuestro papá —respondió Zayan, con la vista fija en la pantalla, sin pestañear.
Su exhaustiva búsqueda se detuvo por fin en el perfil de un hombre que encabezaba la lista: Edgar Alcázar, presidente ejecutivo de una empresa colosal, el Grupo Alcázar.
—Zayan, ¿viste la cara de este hombre? —susurró Rayan, sobresaltado, señalando la imagen de un hombre de traje impecable en la pantalla—. ¡Me parece que se parece a nosotros! La forma de la nariz y de las cejas son igualitas, ¿o no? Lo único es que nosotros tenemos los ojos redondos, como mami, y este hombre los tiene un poco rasgados.
Zayan acercó la cara a la pantalla.
—¡Eh, sí, hermano, es cierto! ¡Este hombre se parece muchísimo a nosotros! A ver, leamos artículos y publicaciones de él... Se llama Edgar Alcázar, ¿verdad?
Rayan asintió rápido. Hizo clic en un enlace que conducía al viejo rastro del presidente ejecutivo en redes sociales. Sus deditos seguían bajando por la pantalla, rastreando publicaciones de hacía años.
De pronto, el cursor de Rayan se detuvo en una publicación breve, escrita unos cinco años atrás:
Ariana... ¿dónde estás? ¡Tengo tantas ganas de verte!
El corazón de Rayan y el de Zayan dieron un vuelco al mismo tiempo. Aquella breve línea en la cuenta personal del hombre parecía ser la clave que respondía al gran enigma de sus vidas. Los gemelos quedaron convencidos al cien por ciento de que Edgar Alcázar no era otro que su padre, del que estaban separados.
Intentaron deslizar y bajar aún más por el muro de la cuenta, pero no hallaron ninguna otra publicación personal. Aquella vieja cuenta de redes sociales parecía llevar tiempo abandonada, sin que su dueño volviera a usarla.
¡Clic!
El pomo de la puerta del despacho giró desde afuera. Los pasos de Ramiro y de Ariana se oyeron acercarse, cada vez más cerca, al mismo tiempo.
Con un reflejo extraordinario, Rayan cambió veloz la pestaña del navegador, de la cuenta de Edgar a un sitio educativo para niños.
La puerta se abrió justo en el instante en que la pantalla mudó de imagen.
—¡Por poco nos descubren! —susurró Rayan, aliviado, frotándose el pecho.
A su lado, Zayan también soltó un largo suspiro y fingió concentrarse en el monitor, como si nada hubiera pasado.
Continuará...