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La Rendición Del Depredor

La Rendición Del Depredor

Status: En proceso
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

​"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."

NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

​Capítulo 4: Sangre en el pasillo (Perspectiva de Katherine)

​El cerrojo metálico sonó como una cuchillada al otro lado de la puerta. Me quedé allí parada, con la cara ardiéndome por la bofetada, el agua helada calándome los huesos y la bolsa de ropa apretada contra el pecho como si fuera el último trozo de madera en medio de un naufragio. No podía procesarlo. Siete años. Siete putos años tirados a la basura de la peor manera posible.

​Con la cara hinchada, el corazón destrozado y lo último de dignidad que me quedaba en el cuerpo, me levanté como pude del felpudo. La cabeza me daba vueltas, sentía las ideas flotando en las nubes, esbeltas y confusas por el shock. Caminé sin rumbo fijo por la vereda mojada, tropezando con mis propios pies. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que Antoni fuera capaz de algo así. No solo haberme traicionado en nuestra propia cama, sino haberme pegado, haberme escupido a la calle como a un perro y haberme cerrado la puerta en las narices.

​Una risa amarga, quebrada y casi fantasmal brotó de mi garganta, mezclándose con el sonido de la lluvia. Recordé nuestro primer beso, cuando teníamos dieciocho años y él me prometió el mundo entero; recordé las primeras veces que hicimos el amor en ese colchón viejo, creyendo que éramos invencibles. Qué estúpida había sido. El amor se había convertido en una celda y el carcelero acababa de tirar la llave.

​Un trueno ensordecedor retumbó tan cerca que el suelo vibró bajo mis suelas gastadas. El estruendo me sacó de golpe del trance, haciéndome dar cuenta de que llevaba varias cuadras caminando a ciegas, tiritando de frío. Alcé la vista. Entre la neblina y el agua que empañaba mis ojos, vi un letrero parpadeante con una luz fosforescente y descolorida que decía: Hotel Luna.

​Era uno de esos lugares de mala muerte donde nadie hace preguntas si pagas por adelantado y donde las sábanas huelen a humedad y a secretos sucios. No me importó. Lo único que quería era un rincón donde dejar de existir por unas horas.

​Entré encogida, arrastrando los pies. El recepcionista, un hombre con cara de aburrimiento crónico y olor a tabaco barato, me miró el pómulo amoratado y la ropa empapada sin inmutarse. Me cobró lo justo con los pocos billetes arrugados que logré sacar del fondo de mi abrigo y me dio una llave metálica con un llavero de plástico pesado.

​Llegué a la habitación, una ratonera con paredes de color dudoso y una cama escuálida. Me metí en la ducha apenas con ropa. El agua salía tibia, apenas un alivio mediocre para el frío que se me había metido hasta los huesos. Dejé que el agua caliente lavara el barro, las lágrimas y el rastro de esa bofetada, aunque sabía que por dentro ya estaba completamente sucia y destruida.

​Apagué la ducha, me secué con una toalla áspera y me tiré sobre la cama, queriendo apagar el cerebro para dormir y no despertar jamás. Pero la garganta se me secó de golpe. Tenía una sed abrasadora, de esas que queman el pecho.

​Me levanté a tientas en la oscuridad y giré la canilla del lavabo del baño. Lo único que salió fue un hilillo marrón, espeso y turbio que no se veía para nada tomable. Maldije en voz baja. Busqué a tientas en el bolsillo de mi abrigo tirado en el suelo y encontré unas pocas monedas sueltas. Recordé haber visto una máquina expendedora de bebidas en el pasillo, cerca de la recepción.

​Abrí la puerta de la habitación con sigilo y salí al pasillo angosto y mal iluminado. Apenas di unos pasos, mis ojos se encontraron con una escena que me heló la sangre.

​Un hombre venía tambaleándose desde el fondo del pasillo, apoyándose contra la pared con desesperación. Al principio pensé que estaba completamente borracho, una escena común en un hotel de esta calaña. Pero cuando estuvo a pocos metros de mí, las piernas le fallaron por completo y cayó pesadamente al suelo, estirando una mano para aferrarse con fuerza de mi tobillo.

​Solté un grito ahogado que me cortó la respiración. Miré hacia abajo y lo vi: sus manos estaban manchadas de un líquido espeso y oscuro que no era pintura. Era sangre. Su ropa estaba empapada y su respiración era un estertor ronco y desesperado.

​—Ayúdame... —murmuró él, con una voz rasposa que apenas era un soplo, levantando los ojos hacia mí.

​El pánico me explotó en el pecho como una bomba. Miré a ambos lados del pasillo vacío, con los ojos abiertos de par en par, sin saber qué hacer, sin entender que esa mano ensangrentada que se aferraba a mi pie acababa de arrastrarme al abismo definitivo.

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