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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1: Ve y acúsame con mi papá

—Soy Daniela Solana. Mi papá es Rodrigo Solana, el hombre más rico de Monterrey.

Maite se sacó el audífono antes de que la voz llegara a lo demás. Lo demás se lo sabía de memoria.

Estaba sentada en la orilla de un sillón de piel gris, en el piso treinta de Torre Solana, con la espalda tan derecha que ya le dolía. Eran las ocho menos cinco. Jeans rectos, tenis blancos de lona, la cola de caballo bien alta. Alta, para que se viera que no se dejaba.

Tenía el estómago vacío. Para llegar a las ocho en punto había salido de la residencia de la UCN cuando todavía estaba oscuro y había tomado dos camiones; el desayuno se quedó en la parada. Lo que le quedaba en la cuenta tenía que alcanzarle hasta el viernes, día de pago en la cafetería. Y era su segundo día de regla: un peso sordo abajo del ombligo, como un puño que no terminaba de abrirse.

Nadie entraba a ese piso sin cita. Ella había conseguido la suya el viernes, después de tres horas parada afuera de Cintermex, en la banqueta del foro industrial, hasta que un hombre de traje salió a contestar una llamada. Tomás Leal, el asistente. Maite le puso diez segundos del audio en la oreja, sin decir su nombre. Él la miró a ella, luego al celular, y colgó su llamada.

—Lunes, ocho de la mañana. Diez minutos.

Esa mañana el mismo Tomás había bajado por ella al lobby, le había conseguido un gafete de visitante y la había subido en un elevador que no se detenía en ningún otro piso. A la altura del quince le preguntó si ya había desayunado.

—Sí —mintió ella.

Él asintió como quien no se lo cree y no volvió a abrir la boca.

La recepcionista le dejó un vaso de agua en la mesita de centro. Maite dio las gracias y no lo tocó. No quería deberle nada a nadie en ese edificio. Ni un vaso de agua.

Abrió la nota del celular donde llevaba todo. La llamaba la bitácora. No la leyó completa; nunca podía. Nada más bajó el dedo, despacio, como quien repasa una lista de compras.

Agosto: la becada.

19 de octubre, 2:14 a.m.: mensajes desde mi celular que yo no mandé.

11 de noviembre: queja a la Facultad. Piensa en tu beca.

Diciembre: empiezo a grabar todo.

14 de marzo: la charola.

Esa no necesitaba leerla. El arroz en los tenis. Los frijoles escurriendo por la pata de la mesa. Un comedor lleno, y nadie que se levantara.

Bloqueó la pantalla. En el fondo apareció el naranjo que su papá sembró en el patio, cargado de flores blancas. Lo miró un segundo más de lo necesario y guardó el celular en la bolsa del pantalón.

A las ocho y veinte se abrieron las puertas del elevador privado.

Tomás salió primero. Detrás venía un hombre alto, de traje gris, sin corbata, con el cuello de la camisa abierto. Tenía un poco de blanco en las sienes y nada más. Caminaba sin prisa y sin mirar el celular.

¿Ese era el papá? Parecía el hermano mayor de Daniela.

Maite se puso de pie.

—Señorita Guzmán. —No le tendió la mano. La voz era baja, sin adorno—. Tiene diez minutos.

—Me sobran ocho.

Tomás señaló el sillón. Ella no se sentó. El señor Solana tampoco; se quedó de pie frente a la mesita, con las manos a los lados, mirándola como se mira un documento antes de firmarlo.

Maite sacó el celular, subió el volumen hasta el tope y lo puso sobre el vidrio, entre los dos.

El primer audio empezaba con ruido de comedor: charolas, sillas, alguien pidiendo tortillas. Luego un golpe seco de plástico contra el piso, cubiertos brincando, un plato que no se rompió porque era de melamina. Risas. Muchas. Y encima de las risas, muy cerca del micrófono, una voz de muchacha que se estaba divirtiendo.

—Soy Daniela Solana —decía la voz—. Mi papá es Rodrigo Solana, el hombre más rico de Monterrey. ¿Te duele? Ve y acúsame con mi papá. Sus abogados convierten lo negro en blanco.

Maite no miró el celular. Lo miró a él.

El segundo audio era corto. Una risa aguda, de silbato, que era la de Karla. Y otra vez Daniela, arrastrando las palabras:

—Ay, la becada ranchera ya va a llorar.

En esa palabra, ranchera, la mano derecha del señor Solana se cerró. Nada más eso. No dijo nada. No la interrumpió. No miró el reloj.

El audio se acabó. En la recepción se oía el aire acondicionado.

—Aquí estoy, señor Solana —dijo Maite—. Vine a acusarla.

Tomás bajó los ojos a la alfombra. El señor Solana siguió mirando el celular apagado, como si todavía estuviera hablando.

—¿Quién más estaba? —preguntó.

—Karla Mireles y Fernanda Quiroga, en la misma mesa. Y el comedor lleno. —Maite apoyó los dedos en el respaldo del sillón—. Nadie se levantó.

No esperó a que le preguntara lo demás. Lo había ensayado en los dos camiones.

—Nunca me gustó el novio de su hija. Él me buscó y le dije que no. Después aparecieron mensajes desde mi celular que yo no escribí. —Tragó saliva—. Y el video del motel no soy yo. Esa noche yo cerré la cafetería a las once. Hay tickets con mi número de empleada y está la cámara de la caja.

—¿Lo dijo en la Facultad?

—En noviembre metí una queja. Con fechas. Me dijeron que no lo hiciera más grande.

—¿Quién le dijo?

—El director. Que pensara en mi beca. —Se encogió de hombros—. Pensé en mi beca. Por eso estoy aquí y no en la Fiscalía.

—No vine a pedirle dinero —siguió—. Vine a pedirle que su hija me deje en paz. Si me vuelve a tocar, voy a la Fiscalía y subo todo. Los audios, los mensajes, el video. Todo.

Él levantó por fin la vista del celular.

—¿Desde cuándo?

—Desde agosto. Dos semestres.

—¿Por qué no vino antes?

—Porque usted no le da citas a las becadas.

Tomás hizo un ruido chiquito con la garganta, algo entre tos y susto. El señor Solana no se movió. Maite sostuvo la mirada; tenía los ojos oscuros, cansados, y no parpadeaba mucho.

Le zumbó un oído. Ella apretó el respaldo del sillón, como si nada, y esperó a que se le pasara.

—Quiero una copia de todo —dijo él.

—La copia, sí. El original se queda conmigo.

Tomás le dictó un número. Ella mandó por WhatsApp los dos audios, las capturas de los mensajes, la bitácora completa. Vio aparecer las dos palomitas grises y luego las azules. Guardó el celular en la mano, apretado.

Él miró los dedos de ella, blancos sobre la piel gris del respaldo. Luego le miró la cara.

—Siéntese, señorita Guzmán.

—Estoy bien así.

—Voy a revisar todo —dijo el señor Solana.

Eso fue lo único que dijo.

Maite esperó un segundo más. Una pregunta, una disculpa, un ya no va a volver a pasar. Nada. Él había vuelto a clavar los ojos en el celular de ella, que seguía en su mano, como si todavía se oyera la risa.

Asintió. Voy a revisar todo. En noviembre, en la Facultad, también le habían dicho que iban a revisar todo. Así hablaba la gente de dinero cuando ya había decidido no hacer nada: bonito, educado, sin fecha. Perro no come perro.

Bueno. Ya lo sabía antes de subir. Por eso había grabado desde diciembre.

—Gracias por su tiempo, señor Solana.

Se dio la vuelta hacia el elevador.

El piso se ladeó.

Primero fue un zumbido en los oídos, como cuando el camión se mete a un túnel. Después la luz de la recepción se puso blanca por las orillas y luego gris. Sintió frío en las manos y calor en la cara, las dos cosas al mismo tiempo, y el puño de abajo del ombligo se abrió de golpe en un dolor que le dobló las rodillas.

Chin, pensó. Aquí no.

El celular se le resbaló de los dedos. Lo oyó rebotar en la alfombra. Algo, el golpe o su propia mano al caer, tocó la pantalla, y el ruido del comedor volvió a empezar desde el principio: las charolas, las sillas, las risas.

No llegó al piso.

Unos brazos la agarraron antes, uno por la espalda y otro por debajo de las rodillas, firmes, sin titubear, como si alguien hubiera estado esperando exactamente eso. Olía a camisa limpia y a algo amaderado. La cabeza se le fue contra un hombro.

—Tomás, la camioneta. Ya.

La voz sonaba arriba de ella y al mismo tiempo muy lejos. Pasos rápidos. Una puerta. La recepcionista diciendo algo que no entendió.

Luego, más bajo, casi para él solo:

—No pesa nada.

Maite quiso decir que sí pesaba, que llevaba desde agosto cargando con todo, que la bajara. No le salió la voz. Tenía los ojos abiertos y no veía.

Lo último que oyó fue a Daniela, desde la alfombra, riéndose:

—Ve y acúsame con mi papá.

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