FIRMÉ MI LIBERTAD
Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.
Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.
Una noche, Aymara decide desaparecer.
Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.
Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.
Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.
Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza
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Sam mueve sus piezas
En la ciudad que Bella había dejado atrás, Sam comenzó a comportarse como si la ausencia de Aymara fuera de una autorización.
Convocó reuniones.
Dio instrucciones a los proveedores.
Intervino en decisiones que antes no le correspondían exclusivamente.
Y permitió que algunos empleados comenzaran a tratarlo como si fuera la persona que tenía la última palabra.
Helena documentó cada movimiento.
—Está construyendo una apariencia de normalidad —le explicó a Bella por el teléfono seguro—. Si repite suficiente tiempo que vos no estás, espera que todos terminen aceptando que él ocupe tu lugar.
—Pero no lo ocupa.
—Legalmente no es tan sencillo como él quiere hacer creer. Y precisamente por eso tenemos que responder.
—Revocá lo que pueda usar.
—Lo haré donde sea posible. Lo demás tendremos que disputarlo.
Bella camino hacia la ventana del local.
—¿Ya empezó a buscarme?
Helena tardó demasiado en responder.
-Si.
Bella apretó el teléfono.
—¿Cómo?
—Personas. Contactos. Registros antiguos. No sabemos todavía hasta dónde está dispuesto a llegar.
Sam tenía fotografías de Aymara.
Conocía los vehículos que había utilizado antes.
Conocía amistades, lugares, restaurantes, hoteles, propiedades familiares.
Conocía la mujer que había sido su esposa.
Ese era precisamente el problema.
Buscaba a Aymara.
No, una Bella Monreal.
No tenía ese nombre.
No tenía Brumaluna.
No tenía una fotografía reciente que pudiera colocar junto a las antiguas y decir con certeza que estaba mirando a la misma mujer.
Todavía.
—Quiero saber si se acerca —dijo Bella.
—Te avisaré.
—Helena.
-¿Si?
—No voy a irme solamente porque empezó a buscar.
Hubo un pequeño silencio.
—Tu padre estaría orgulloso de escuchar eso.
Bella cierra los ojos.
—No hagas eso.
—Perdón.
—Todavía duele.
-Perder.
***
En Brumaluna, Bella continuó construyendo una rutina deliberadamente común.
Abría el local algunas horas.
Todavía experimentaba con lo que podía llegar a ser. Había colocado unas pocas cosas para vender y utilizaba buena parte del espacio para trabajar con la computadora, organizar sus asuntos y, algunas tardes, simplemente sentarse con Amy a hablar.
No había un oficio inventado.
No había un taller.
No había una empresa improvisada en pocas semanas.
Solo un espacio que empezaba a pertenecerle.
Amy pasaba antes o después de su turno en el supermercado.
Rodrigo apareció cuando terminaba en el hotel.
Y Lucía permanecía en recepción, viendo inevitablemente cómo Rodrigo empezaba a organizar parte de sus días alrededor de Bella.
Una tarde Lucía llegó al local con una caja.
—Esto terminó en el hotel.
Bella miró la etiqueta.
—Sí, es mía. Gracias.
Lucía dejó la caja sobre la mesa y recorrió el espacio con la mirada.
—Está quedando bonito.
—Todavía no sé qué está quedando.
Lucía sonrió.
—Eso también puede ser una idea.
Bella apoyó una mano sobre la caja.
—Rodrigo dijo que era tuya —añadió Lucía.
—Rodrigo revisa ahora mi correspondencia?
-No. El repartidor preguntó por Bella y Rodrigo sabe dónde encontrarte.
La frase era completamente inocente.
Aun así, Bella percibió algo detrás.
—Ya.
Lucía se dirigió hacia la puerta.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
No hubo pelea.
No hubo advertencia.
Ni una frase cruel disfrazada de cortesía.
Todavía no.
Solo dos mujeres que empezaban a comprender que Rodrigo ocupaba un lugar diferente en la vida de ambas.
***
Esa noche Rodrigo llegó con comida.
Bella abrió la puerta.
—¿Soborno?
—Cena.
—¿Qué querés?
-Contendiente.
—Sos sospechosamente sencillo.
Rodrigo dejó la bolsa sobre la mesa.
—Lucía vino hoy —dijo Bella.
—Trabaja conmigo. Es difícil que nunca aparezca.
—No me molestes que exista, Rodrigo.
Él levantó una ceja.
—Me alegro. Despedirla por existir sería complicado de justificar.
Bella soltó una carcajada.
—Idiota.
—Ah. Ya perdimos definitivamente la formalidad.
Bella lo miró.
—Hace rato.
Rodrigo sonrió.
Aquello era cierto.
El hombre que la había recibido aquella primera noche había mantenido una distancia cuidadosa.
El que ahora sacaba recipientes de comida sobre la mesa del local ya no necesitaba esconderse detrás de ella.
Bella tampoco.
Comieron.
Después, cuando el silencio se volvió cómodo, Bella preguntó:
— ¿Todavía quieres a Lucía?
Rodrigo dejó el tenedor.
No respondió inmediatamente.
—La quise.
—Eso ya me lo dijiste.
—Porque sigue siendo la respuesta.
Bella esperó.
—Hay personas que forman parte de tu historia aunque ya no quieras construir una vida con ellas —añadió Rodrigo—. Lucía es parte de la mía.
—¿Y yo?
Rodrigo la miró.
Bella se arrepintió inmediatamente de haber preguntado.
—Olvidalo.
-No.
Él estiró la mano sobre la mesa.
Bella permitió que tomara la suya.
—Vos sos algo que todavía está pasando.
Bella bajó la mirada hacia sus manos.
Aquello le gustó más de lo que quería admitir.
No una promesa.
No una declaración eterna.
Algo que estaba pasando.
Algo que ambos podían elegir mañana.
***
A cientos de kilómetros de allí, Sam recibió otro informe.
Nada.
Una antigua amistad no sabía dónde estaba Aymara.
Una propiedad relacionada con la familia estaba vacía.
Ninguno de los movimientos que habían logrado rastrear indicaba dónde vivían.
Las actuaciones relacionadas con la empresa demostraron una sola cosa:
Aymara no había renunciado.
Seguía allí, en alguna parte.
Sam cerró la carpeta.
—Busquen mejor.
Pero no sabía quién era Bella Monreal.
No sabía que Aymara dormía cerca de un lago.
No sabía que había comenzado a construir una vida con otro nombre.
Esa noche Bella cambió la contraseña del teléfono seguro y revisó con Helena las reglas que habían acordado: ningún documento de Aymara llegaría al local, ninguna llamada relacionada con la empresa se haría desde el hotel y ningún trámite revelaría la ciudad desde la que ella respondería. No era una garantía absoluta. Era disciplina.
Después guardó el aparato y subió el teléfono que usaba en Brumaluna. Había un mensaje de Amy preguntando si quería cenar y otro de Rodrigo que solo decía que había dejado pan en recepción. Dos vidas podrían caber en el mismo bolso, pensó. El verdadero desafío impediría que Sam encontrara el hilo que las unía.
Y, por ahora, tampoco sabía dónde buscarla.