Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Jaula de oro
Paloma no le dijo nada del mensaje. Alejandro se enteró por Fermín el lunes en la noche: la señora había pedido que la llevaran el martes temprano al Auditorio Reforma, a un ensayo de Seña y Voz. Así que el martes a las once canceló una junta, se subió a la Suburban y le dijo a Fermín que pasaban por ahí de camino a la Torre. No pasaban por ahí. Fermín no hizo ningún comentario.
El salón de ensayos estaba lleno: unos veinte alumnos, sordos y oyentes, de pie sobre la duela, y una coreógrafa marcando los tiempos con palmadas en el piso. Fermín empujó la silla hasta la última fila y Alejandro se quedó ahí, con las manos sobre los descansabrazos, como cualquier marido que viene a recoger a su esposa. Paloma estaba en la segunda fila. Todavía no lo había visto.
Gabriel Solórzano se paró al frente y lo dijo en voz alta y en señas al mismo tiempo, para que lo entendieran todos.
—Paloma va a encabezar la coreografía.
Los oyentes aplaudieron. Los sordos levantaron las manos y las agitaron en el aire, y el salón entero se llenó de manos abiertas. Paloma se puso roja y, en lugar de mirar a Gabriel, volteó hacia atrás, hacia la última fila, buscando los ojos de Alejandro como quien pide permiso. Él no hizo ningún gesto. No supo qué gesto hacer.
Gabriel lo acompañó hasta la puerta, como buen anfitrión. En el pasillo se inclinó hacia la silla y bajó la voz.
—Tiene un canario en una jaula de oro, Iturralde. Tarde o temprano va a querer cantar para alguien.
Alejandro sabía que hablaba del pájaro. También sabía que Solórzano sabía perfectamente que ella no podía cantar, y que por eso lo había dicho. No le contestó. Le hizo una seña a Fermín para que empujara.
* * *
En la Suburban, Paloma se sentó a su lado con el pizarrón en las piernas y los ojos todavía brillantes. Alejandro miró hacia adelante.
—No quiero a mi esposa en un escenario para que la vean con lástima.
Ella giró la cara hacia la ventana tan rápido que el pelo le tapó el perfil. No escribió nada en todo el camino.
Alejandro entendió tarde lo que había oído ella: no lástima, sino escóndete. Y no lo corrigió, porque la otra razón no se la podía decir. Hacía seis semanas había escuchado a su tío en una grabación diciendo que, si el sobrino seguía en la silla, el consejo le daba la dirección en junio. Pero el consejo era solo la mitad de la guerra. La otra mitad se libraba dentro de la Casa, entre hombres que sabían que Paloma era la mujer del jefe y podían convertirla en un mensaje. Una esposa arriba de un escenario, con su nombre en los carteles, era una esposa que cualquiera podía encontrar.
No era por Solórzano. Eso se dijo.
* * *
Esa noche fue al cuarto de huéspedes en la silla, porque Xio dormía en el cuarto de servicio y Nana todavía andaba por la cocina. Paloma lo esperaba de pie. Le puso en la mano una hoja doblada en cuatro, escrita con su letra bonita y derecha.
*Divorciémonos. Déjame ir.*
Alejandro la leyó una vez. Luego rompió la hoja por la mitad, y otra vez, y dejó caer los pedazos sobre la alfombra.
—¿Una muda quiere buscarse otro? ¿A quién? ¿A Gabriel?
Lo supo en cuanto lo dijo. Ella no se movió, pero algo en su cara se cerró, como una puerta. De todas las cosas que podía haberle dicho, había escogido la única que decían los invitados de la boda.
Paloma no agarró el pizarrón. Le tomó la mano derecha, se la abrió sobre la rodilla y le escribió en la palma con el índice, letra por letra, apretando fuerte.
*¿POR QUÉ FINGES?*
No preguntaba por Gabriel. Preguntaba por la silla. Alejandro sintió cada letra en la mano y pensó en la tableta de Ulises, en la voz de su tío en esa cama de hotel, en lo poco que tardaría alguien en hacerle daño a ella si supiera lo que ella sabía. Mientras menos entendiera, más segura estaba. Retiró la mano y escogió lo más frío que tenía.
—Porque me conviene. Y a ti te quiero obediente y callada.
Paloma agarró el pizarrón del buró. Escribió tan fuerte que el plumón rechinó contra la superficie, y se lo puso delante de los ojos, tan cerca que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para leerlo.
*NO SOY TU MASCOTA. Quiero trabajar.*
Alejandro dio vuelta a la silla y salió. En el pasillo, con la puerta cerrada a su espalda, se levantó y se recargó en la pared. La pierna le dolía. No se volvió a sentar en mucho rato.
* * *
El miércoles, la sala del consejo de administración, en el último piso de la Torre, tenía nueve consejeros, dos secretarias y una jarra de café que nadie tocó. Su padre presidía desde la cabecera. Su tío Fausto presentó el último punto del orden del día con la sonrisa de siempre: un contrato para remodelar un edificio municipal en Pachuca, rentable, rápido, con buenas relaciones en el gobierno del estado. Dos consejeros asintieron antes de que terminara.
—Señor presidente —dijo Alejandro desde su silla—. Antes de votar, me gustaría que el consejo viera la lista de compras.
Ulises proyectó una tabla en la pantalla. Del lado izquierdo, el presupuesto que Fausto le pedía al consejo, calculado como obra de lujo: porcelanato importado a mil ochocientos pesos el metro, cancelería de aluminio arquitectónico, acabados de hotel. Del lado derecho, las órdenes de compra que ya habían salido a proveedores, con materiales de vivienda de interés social: loseta de ciento noventa pesos, aluminio de línea económica. La diferencia, partida por partida, era de casi diez veces.
Nadie dijo nada durante varios segundos. Ignacio se quitó los lentes y miró a su hermano, y a Alejandro esa mirada le bastó para saber que su padre ya había decidido.
—El proyecto regresa a revisión. Siguiente punto.
Los consejeros se cruzaron miradas alrededor de la mesa. Fausto recogió sus papeles sin prisa, alineó las hojas golpeándolas contra la mesa y le sonrió a su sobrino. Tenía los nudillos blancos.
—Qué buen ojo tienes, sobrino. Se ve que descansar te sienta.
A la salida, mientras Fermín lo empujaba hacia el elevador, Alejandro alcanzó a oír a dos consejeros en el pasillo, sin molestarse en bajar la voz.
—El sobrino le ganó otra.
* * *
A las seis y media esperaba a Fermín en la Suburban, en el sótano dos de la Torre, con la ventanilla abierta un par de dedos. Fermín había subido por unos documentos. El estacionamiento estaba casi vacío y cada ruido rebotaba en las columnas de concreto.
Dos lugares más allá, de espaldas a él, Fausto hablaba por teléfono junto a su camioneta. No lo había visto; la Suburban tenía los vidrios polarizados y el motor apagado. Alejandro no oyó casi nada de la conversación, solo el tono, bajo y tranquilo, el mismo con que su tío pedía más café en las juntas. Fausto abrió la puerta de su camioneta, y justo antes de subirse, el eco del sótano le trajo completa la última frase.
—…que no llegue a la gala.