Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 21: La Huida Estratégica
A las seis y quince de la mañana, la luz gélida del amanecer neoyorquino se filtraba por las persianas venecianas de la suite principal como una acusación formal.
Valeria Sterling no durmió. Llevaba cuarenta minutos frente al espejo del vestidor, colocándose los pendientes de perlas con una violencia metódica que amenazaba con desgarrarle los lóbulos. Se había enfundado en un traje sastre de lana fría color marfil: hombreras afiladas, falda tubo por debajo de la rodilla y una blusa de seda cerrada hasta el último botón del cuello con un broche victoriano de platino. El cabello estaba recogido en un moño bajo tan tirante que estiraba sus sienes.
Era un blindaje de alta costura. Una declaración jurada de que lo ocurrido a las tres y media de la madrugada en el sofá de la sala de estar no había sido más que un episodio psicótico inducido por la falta de glucosa y la histeria pediátrica.
Un error térmico, se repetía mientras se aplicaba una capa doble de corrector para borrar la sombra púrpura bajo sus ojos y el tono ligeramente hinchado de sus labios. Estaba vulnerable. La fiebre me bajó las defensas. Él se aprovechó del alivio de que Mateo no convulsionara. Es lo que hacen los tiburones: atacan cuando el agua está turbia.
Salió a la cocina con el paso marcial de un pelotón de fusilamiento, armada con su tableta corporativa y su termo de café negro sin azúcar.
El departamento contiguo ya estaba abierto. Y el enemigo ya había tomado posiciones.
Bastian estaba de pie junto a la cafetera italiana, de espaldas a ella. Se había duchado en su propio ático: vestía unos pantalones vaqueros oscuros de corte recto y una camisa de lino azul cobalto con las mangas enrolladas en los antebrazos, aún con el cabello húmedo peinado hacia atrás con los dedos. Emanaba ese aroma limpio a madera ahumada, vapor y colonia cara que hacía que a Valeria se le encogiera la boca del estómago.
Al escuchar el repiqueteo seco de los tacones, Bastian se giró lentamente. Llevaba dos tazas humeantes en las manos.
Sus ojos grises, oscuros como el acero pulido, la recorrieron desde la punta de los zapatos de aguja hasta el broche cerrado en su cuello. Una sombra de diversión perversa, lenta y condescendiente curvó las comisuras de sus labios.
—Vaya —murmuró Bastian, con esa voz barítona que sonaba a medianoche incluso bajo el sol de la mañana—. Pensé que las monjas de clausura no operaban en el distrito financiero.
Valeria no pestañeó. Se detuvo a dos metros de distancia, sosteniendo su tableta como un escudo balístico.
—Buenos días, señor Thorne. La temperatura de los niños se estabilizó en treinta y seis con seis a las cinco de la mañana. Miller ya está en camino para asumir el turno de reposo. Le agradezco formalmente su asistencia logística nocturna.
Bastian apoyó una de las tazas sobre la barra de mármol y dio un paso hacia ella, sin apartar la mirada de sus ojos.
—«Señor Thorne». «Asistencia logística». «Agradecimiento formal». —Bastian ladeó la cabeza, acortando la distancia con esa zancada felina que devoraba el espacio—. Qué fascinante ejercicio de amnesia selectiva, Valeria. Casi logras que me crea que no eras tú la que tenía los dedos enterrados en mi cabello hace tres horas, gimiendo contra mi boca como si el mundo fuera a terminarse.
A Valeria se le encendió el cuello bajo la seda marfil, pero apretó la mandíbula con una rigidez glacial.
—Anoche sufrimos una sobrecarga de estrés parental, Bastian. Estábamos exhaustos, la adrenalina nubló nuestro juicio y cruzamos una línea que bajo ninguna circunstancia volverá a cruzarse.
—¿Una línea?
—Una línea profesional y personal —disparó ella, dando medio paso atrás para evitar que el calor que emanaba de su cuerpo la desarmara de nuevo—. La estipulación de visitas es exclusivamente para el bienestar de los trillizos. Si pretendes utilizar la cercanía doméstica para intentar una seducción barata o desestabilizar mi posición en la junta directiva de Sterling Global, rescindiré el acuerdo unilateralmente y te veré en la corte de apelaciones.
Bastian soltó una carcajada baja, áspera y cargada de una sensualidad tan insolente que resonó en el techo de la cocina. Dejó la segunda taza en la encimera y avanzó hasta acorralarla contra el mueble de la despensa.
Apoyó la mano derecha a milímetros de la cintura de ella, inclinándose hasta que sus respiraciones volvieron a chocar en el aire frío de la mañana.
—Mírame a los ojos y dímelo otra vez, reina de hielo —susurró Bastian, bajando la voz a un registro gutural que le erizó cada terminación nerviosa a Valeria—. Dime que fue estrés. Dime que cuando mi boca estaba sobre la tuya estabas pensando en los balances de exportación.
—Fue una debilidad física —susurró ella, obligándose a sostenerle la mirada tormentosa aunque el corazón le golpeaba las costillas con desesperación—. Nada más.
Bastian levantó la mano izquierda. Con una lentitud exasperante, la yema de su pulgar rozó el labio inferior de Valeria, sintiendo el leve temblor que ella no pudo reprimir. Los ojos grises del magnate se oscurecieron con una intensidad salvaje.
—Puedes ponerte todos los trajes abrochados hasta la barbilla que quieras, Valeria. Puedes inventarte todas las auditorías del mundo. Pero los dos sabemos que tu cuerpo ya firmó el contrato. Y yo no devuelvo cargamentos.
Antes de que Valeria pudiera estrellarle la tableta en el pecho, unos pasos arrastrados rompieron el trance.
Emma apareció en el umbral de la cocina, envuelta en una manta de felpa amarilla con estampado de margaritas, arrastrando a su gato persa bajo el brazo. La niña se detuvo, parpadeó con los ojos entrecerrados por la modorra de la fiebre pasada y miró la postura de sus padres.
—Mamá parece una estatua de mármol de un cementerio francés —dictaminó Emma con voz gangosa por el resfriado—. Y tú estás demasiado cerca de su café, gigante. Si te mancha esa camisa azul, no pienso decorarla con brillantina. Hoy no tengo energía creativa.
Bastian retiró la mano del labio de Valeria con una parsimonia insultante, pero no retrocedió un solo centímetro al mirar a su hija.
—¿Cómo te sientes, princesa?
—Débil. Incomprendida por el clima otoñal. Y necesito panqueques con sirope importado de Canadá, no esa bazofia orgánica que mamá compra en el mercado verde.
Lucas y Mateo entraron un segundo después. Mateo se subió de un salto a la banqueta alta, aún en calzoncillos de superhéroes y con la toalla de cocina roja al cuello, mientras Lucas revisaba su tableta infantil con semblante analítico.
—Mi pulso cardíaco basal es de setenta y dos latidos por minuto —anunció Lucas, subiéndose las gafas—. La infección viral ha entrado en fase de remisión. Sin embargo, el coeficiente de tensión en esta habitación es un setenta por ciento superior a la media atmosférica. ¿Están negociando una reestructuración de la deuda soberana o mamá volvió a perder la paciencia con las cláusulas de navegación?
Valeria respiró hondo, apartó a Bastian de un empujón lateral que no lo movió ni un milímetro y rodeó la barra para servir jugo de naranja a sus hijos.
—Estamos perfectamente, Lucas. Su padre y yo simplemente estábamos revisando la agenda corporativa. Una agenda que, por cierto, me exige estar en la terminal de Newark a las nueve en punto.
—Cancela la terminal de Newark, Valeria —la voz de Bastian cortó el sonido del jugo cayendo en los vasos.
Valeria se detuvo, con la jarra de cristal en el aire. Se giró hacia él con los ojos entrecerrados.
—¿Perdón?
Bastian sacó un sobre de piel negra del bolsillo interior de su chaqueta, que descansaba sobre el respaldo de una silla, y lo arrojó sobre el mármol. El emblema dorado de la Prefectura Marítima del Mediterráneo y el sello de la Autoridad Portuaria de Mónaco brillaban en el lacre.
—El consorcio francés y la administración del puerto de Marsella acaban de impugnar las cuotas de atraque de nuestra fusión para el corredor sur —explicó Bastian con una frialdad ejecutiva que contrastaba de forma demoledora con la intimidad de hacía dos minutos—. El ministro de transporte francés exige una ratificación presencial de las dos partes titulares del contrato antes del viernes a medianoche. Si no estamos en la mesa en cuarenta y ocho horas, el bloqueo legal costará ciento veinte millones de euros en penalizaciones compartidas.
Valeria sintió que la sangre le hervía en las sienes.
—¿Presencial? ¿En Marsella? Eso es una maniobra de dilación de tus propios socios en Europa para ganar tiempo. Puedo enviar a mi equipo legal y a Julian con un poder notarial en videoconferencia.
—El poder notarial no es transferible bajo el código marítimo napoleónico, señorita Sterling —repuso Bastian con una sonrisa afilada que enseñó los dientes—. Exigen a los dos directores ejecutivos con derecho a voto. Tú y yo. En persona.
Valeria apretó los puños.
—No voy a dejar a mis hijos en Nueva York convalecientes de una gripe para cruzar el Atlántico contigo en un avión comercial. Ni lo sueñes.
Bastian dio dos pasos lentos hacia la mesa, apoyó las palmas sobre la madera y miró a los tres niños con una complicidad devastadora.
—¿Quién habló de un avión comercial? —preguntó Bastian, bajando la vista hacia Mateo—. El Aethelgard está amarrado en el puerto de Niza. Ciento diez metros de eslora, helipuerto privado, tres niveles de cubiertas de teca, chef ejecutivo francés las veinticuatro horas y un tobogán inflable de tres pisos que cae directamente al Mediterráneo desde la popa.
Mateo soltó un grito que casi fractura los ventanales del ático.
—¡¡UN TOBOGÁN DE TRES PISOS EN UN BARCO DE GUERRA!!
—El aire salino del Mediterráneo tiene una concentración de yodo que acelerará la desinflamación de los bronquios de Emma en un cuarenta por ciento —aportó Lucas, abriendo los ojos desorbitados tras sus gafas—. Además, el desplazamiento hidrodinámico de un yate de esa envergadura permite calibrar experimentos de boyamiento sin interferencias de marejada.
—¿Tiene vestidor privado con espejos iluminados para mis tiaras? —preguntó Emma, abandonando instantáneamente su papel de enferma terminal.
—Tiene una suite completa para ti, Emma —confirmó Bastian, antes de levantar la mirada hacia Valeria con un destello de victoria oscura y depredadora en las pupilas—. Despega en mi Gulfstream privado desde Teterboro a las cuatro de la tarde. Con Miller, con los niños y con todo tu equipo de auditoría si te hace sentir más segura, Valeria.
Valeria se quedó helada. Miró a sus tres hijos saltando en las banquetas, eufóricos por la promesa del océano, y luego clavó los ojos en el hombre que acababa de dinamitar su huida estratégica con un movimiento maestro de ajedrez geopolítico.
—Eres un demonio, Bastian Thorne —siseó ella en un susurro cargado de rencor ardiente.
Bastian se enderezó cuan largo era, se acomodó los puños de la camisa y le dedicó una inclinación de cabeza tan arrogante que a Valeria le temblaron los dedos de la furia... y de una anticipación salvaje que no pudo sofocar.
—Empaca ropa de verano, señorita Sterling —murmuró él al cruzar hacia su ático—. En la Costa Azul hace calor. Y te aseguro que tus trajes de lana no van a sobrevivir a la marea.