Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 14: LA MÁSCARA DEL PROTETOR
—¿Buscabas algo en particular, Elena? —preguntó Gabriel.
Su voz era tan baja, pausada y calmada que resultaba profundamente amenazante en la penumbra del estudio. El eco de sus palabras pareció congelar el aire acumulado entre las cuatro paredes.
Elena cerró la pantalla del portátil con un movimiento rápido y seco, produciendo un chasquido que rompió el sofocante silencio. Intentó sostener la mirada del detective sin delatar el pánico visceral que le atenazaba la garganta y amenazaba con cortarle la respiración. Dio un paso involuntario hacia atrás, buscando espacio donde no lo había, e intentó disimular el temblor incontrolable de sus dedos cruzando los brazos sobre el pecho.
—Escuché una notificación del ordenador... Pensé que era un aviso de última hora sobre el caso —mintió, esforzándose por proyectar una voz firme, aunque la sequedad de su boca delataba su terror.
Gabriel caminó despacio hacia el escritorio. Sus pasos sobre el suelo de madera eran calculados, pesados y rítmicos. No miró la pantalla cerrada ni el equipo informático; mantuvo la vista fija en el rostro de Elena, analizando cada microexpresión de su rostro, cada parpadeo, dando un paso tras otro hasta acorralarla contra el borde rígido de la mesa de madera. La distancia entre ambos se redujo a la nada; el olor a tabaco frío, humedad y cuero impregnado en su gabardina envolvió a Elena por completo.
—La curaduría de arte enseña a ver los detalles que otros pasan por alto, a desenterrar secretos bajo capas de pintura vieja, ¿verdad? —dijo él, inclinándose levemente hacia ella, reduciendo aún más el espacio vital que los separaba—. Pero en el trabajo policial, meterse en los archivos confidenciales sin autorización no es una simple curiosidad académica. Se considera una interferencia directa en una causa judicial abierta por homicidio.
La presión en la estancia se volvió insoportable. Elena sintió que el margen para las evasivas se había agotado. Atrapada entre el detective y el escritorio, comprendió que fingir ignorancia no la salvaría.
—Sé lo de tu padre, Gabriel —soltó Elena de golpe, arriesgándolo todo y decidiendo jugar la peligrosa carta de la confrontación directa antes de que él la acorralara por completo en su red de mentiras.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto, aplastante. El ambiente se volvió tan denso que parecía imposible respirar. Gabriel no parpadeó ni una sola vez. La leve inclinación de su cuerpo se detuvo en seco y la línea recta de su mandíbula se tensó con violencia hasta volverse de piedra. La máscara de cordialidad institucional que había mantenido durante días se desintegró en un instante.
—¿Te lo dijo Damián en su pequeña y desesperada nota de rescate? —preguntó Gabriel, dibujando en los labios una sonrisa amarga, helada y carente de cualquier atisbo de calidez—. Ese muchacho cree que comprende cómo funciona el mundo real solo porque lleva el apellido Valdés y heredó una fortuna manchada de sangre. Mi padre no era un santo, Elena. Tuvo sus fallos, cometió sus errores. Pero Julián lo usó como un simple chivo expiatorio para lavar más de cinco millones de dólares de fondos ilegales y luego le tendió una trampa impecable para que la fiscalía lo arrestara en su propia casa, frente a toda la familia. Tres días después de ingresar en prisión preventiva, sin resistir la humillación, mi padre se ahorcó con su propia sábana en la solitaria de su celda.
Elena ahogó un escalofrío al escuchar el tono desprovisto de emoción con el que relataba la tragedia. La sombra del dolor antiguo se vislumbraba detrás de sus ojos grises, pero cubierta por un blindaje de resentimiento pulido durante años.
—¿Y por eso te hiciste cargo de la investigación de su muerte? —preguntó Elena, sintiendo el verdadero y aplastante peso de la confesión del detective—. ¿Te infiltraste en la comandancia y moviste todos tus hilos para cobrarte esa deuda de sangre?
—Hice todo lo estrictamente necesario para asegurarme de que la verdad saliera finalmente a la luz —respondió Gabriel con una frialdad matemática, dando un paso atrás para erguirse en toda su estatura—. Julián destruyó mi familia, arruinó nuestro apellido y convirtió a mi madre en una sombra. Pero yo soy un oficial de la ley, no un ejecutor nocturno. No maté a tu prometido, Elena. Sin embargo, tampoco voy a permitir que los Valdés vuelvan a salirse con la suya culpando a un fantasma o fabricando pruebas para librar a sus herederos.
En ese instante de máxima tensión, el tono chillón del teléfono de Gabriel comenzó a sonar desde la mesa del salón. El tono de llamada sonó tres veces, interrumpiendo el duelo táctico entre ambos. Gabriel no le quitó la vista de encima a Elena durante los dos primeros repiques; solo al tercero retiró la mirada, dio media vuelta con elegancia y caminó a paso rápido hacia el salón para contestar.
Elena escuchó desde el estudio la voz agitada y distorsionada del interlocutor al otro lado de la línea. Gabriel escuchó en absoluto silencio, sin interrumpir ni una sola vez durante treinta largos segundos. De pronto, Elena observó cómo la postura del detective se volvía completamente rígida y sus hombros se tensaban en una línea recta.
—¿Dónde lo encontraron exactamente? —preguntó Gabriel a la unidad de criminalística, con un tono súbitamente profesional y cortante—. Entendido. Mantengan el cordón de seguridad e impidan que la prensa se acerque. Vamos para allá inmediatamente.
Gabriel colgó el teléfono de golpe. Hubo una pausa deliberada antes de que se girara hacia el estudio y caminara de vuelta hacia Elena. Su rostro, ahora sumido en una serenidad impenetrable, no revelaba absolutamente nada de lo que acababa de escuchar.
—Prepara tus cosas sin perder un segundo —ordenó Gabriel, tomando sus llaves y la funda de su arma reglamentaria—. La unidad de rastreo e inspección ocular acaba de encontrar una prueba decisiva enterrada en los terrenos de la propiedad de Damián Valdés. Tienes que venir conmigo ahora mismo.