n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 12
Capítulo 12. Sigue siendo una zorra
Lucía entró tomada del brazo de Adrián y vio a Beatriz, la madre de Nicolás, y a Natalia.
Bajo la mirada atónita de su antigua amiga, esbozó una sonrisa y se aferró un poco más al brazo de él, sin decir nada.
—¿Lucía? —La voz de Natalia tembló ligeramente.
Después de cinco años, algo en ella había cambiado. Su aspecto era el mismo, pero ahora tenía seguridad y orgullo.
Natalia vio con claridad el desafío en sus ojos. Aparecía del brazo de Adrián, ¡como si hubiera ganado!
Por un instante, perdió la calma.
Beatriz también reconoció a Lucía. ¡La zorra que había traicionado a su hijo cinco años atrás!
—Nicolás, ¿qué hace ella aquí? —preguntó, fulminándolo con la mirada.
Lucía respondió antes que él, sonriente.
—Señora Molina, vine a felicitar a Nicolás y a Natalia.
Natalia apretó los puños. La miraba con odio, sin pronunciar palabra.
Beatriz no pudo contenerse. Levantó la mano para llamar a los guardias y hacer que la echaran, pero Nicolás la detuvo. Le lanzó una mirada de advertencia.
—Mamá, está el abuelo.
Augusto observó sus extrañas expresiones y frunció el ceño.
—Por lo visto, todos la conocen.
Él era el único que acababa de conocerla.
Volvió a mirar a Adrián y a Lucía. ¿Su hijo llevaba tiempo con aquella mujer y él era el único que no lo sabía?
Beatriz apretó los dientes y se tragó la sorpresa y la rabia sin dejar de mirar a Lucía.
¿Cómo tenía la desvergüenza de volver?
Natalia terminó por recuperar la compostura y le dedicó una sonrisa falsa.
—¿Desde cuándo conoces al tío Adrián?
Él era quien mandaba en los Valdés. Si Lucía conseguía acercarse a él, estaban en problemas.
Lucía entendió perfectamente lo que le preocupaba.
También sonrió.
—Nos acabamos de conocer. Ah, por cierto, ahora es mi jefe. Esta noche soy su acompañante.
Natalia sintió un vuelco.
¿Su jefe? ¿Su acompañante?
¡Seguro que Lucía quería valerse de él para arruinar la fiesta!
—Nicolás, no me siento bien. ¿Me llevas a descansar un momento?
Tenía la cabeza revuelta. Necesitaba serenarse.
—¿Qué te pasa? —Él se acercó enseguida a sostenerla, preocupado.
—Será que aquí falta aire.
Natalia aprovechó para recostarse contra su pecho y miró a Lucía de reojo, con frialdad.
—Nicolás, llévala a descansar, rápido —apremió Beatriz.
Estaba todavía más inquieta que su hijo. Natalia llevaba en el vientre a su nieto.
Lucía los vio alejarse sin inmutarse.
¿Natalia quería mostrarle cuánto se preocupaba Nicolás por ella? ¿Creía que eso le haría daño?
Se equivocaba. Lo que Lucía había sentido por él había muerto cinco años atrás.
Después, Beatriz acompañó a Augusto a los asientos reservados para los invitados de honor. Sin que se notara, ordenó que vigilaran a Lucía.
En la elegante pista ya bailaban varias parejas. Lucía miró al hombre que seguía en silencio a su lado y tomó la iniciativa.
—Señor Valdés, ¿me concede este baile?
Ya que estaba allí, tendría que hacer algo para recordarles a Nicolás y a Natalia que no podían olvidarse de ella.
Adrián contempló su rostro radiante con interés. La observó con más intensidad. Le sujetó la muñeca y la llevó directamente a la pista.
Un instante después, Lucía estaba entre sus brazos, con una mano de él en la cintura.
—¿Sabes bailar? —preguntó, mirándola desde arriba.
Ella sintió calor en las orejas sin saber por qué. La cercanía de él la desconcertaba.
—Cla… claro.
—Entonces empezamos…
La hizo girar en cuanto terminó de hablar.
Lucía no estaba preparada. Al principio se dejó llevar, pero enseguida se adaptó y siguió sus pasos.
Bailaron un vals romántico al ritmo de la música. Poco a poco, las otras parejas se detuvieron, hasta que solo quedaron ellos en la pista.
Sin proponérselo, los invitados se fueron reuniendo alrededor para verlos bailar.
Unas mujeres conversaban en voz baja.
—¿De qué familia será la mujer que baila con el señor Valdés? Nunca la había visto.
—Qué bien bailan.
Cuando Nicolás ayudó a Natalia a regresar al salón, los dos los vieron en la pista. Se movían en perfecta armonía y formaban una pareja tan atractiva que los espectadores no dejaban de admirarlos.
Natalia clavó los ojos en Lucía, furiosa.
¡Era su fiesta! ¡Ella debía ser el centro de atención!
¡Y la maldita Lucía le estaba robando el protagonismo!
—Nicolás, mírala. ¡Sigue siendo una zorra! ¡Está seduciendo a tu tío!
Él también observaba a la pareja con los ojos encendidos de rabia.
—No es capaz de conseguirlo.
Pero los cuerpos de ambos se rozaban al bailar. La intimidad entre ellos era imposible de ignorar.
—Nicolás, échala, por favor.
Natalia no soportaba seguir viéndola.
Antes, la presencia de su abuelo lo había contenido. Ahora Nicolás también pensaba que Lucía no podía quedarse.
—No te preocupes. ¡Voy a hacer que desaparezca de aquí ahora mismo!
Lo dijo con dureza, sin apartar los ojos de ella, que parecía haberse olvidado de todo mientras bailaba.